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Guillermo Salvador Saldarriaga
Trujillo Beat

«Ecos palpitantes», crónica trujillana de Guillermo Salvador Saldarriaga

En esta ocasión, Guillermo Salvador Saldarriaga narra la historia de una fiel y metálica compañera. Se la presentó su padre y lo acompaña cada noche en su cuarto.

«Las palabras se suman tan cercanas hacia uno, ellas nunca desesperan. Son virtudes para quienes las emplean, son refugio para quienes las aman». Guillermo Salvador Saldarriaga

La madrugada sigue su curso a medida que toco este teclado. Teclado de una laptop, mi laptop, que sobrevive en las circunstancias del tiempo. El pequeño aire fresco entra sigilosamente en mi habitación. Los minutos danzan junto a mí. Se me escapan de las manos. Atropellan mi corazón. Es un acto inefable.

Miro de nuevo el teclado, casi la mitad de las letras ya no funcionan; debo conectar un teclado externo para escribir. Escribir y avanzar. Avanzar es un acto estoico. Me siento estrambótico. Las palabras revolotean. Sigo. La clavícula me duele, he dormido mal. Desde mi ventana, en el pasadizo donde se tiende la ropa y donde merodea mi gata, ya despierta, un resquicio de luz se filtra: 06:00 a.m.

Siete años de una existencia peculiar compartimos la laptop y yo. A veces creo que se ha forjado entre nosotros algo así como una relación furtiva, casi como de amantes. Ella sobre mi escritorio, mirándome, esperando que hablemos, aunque sea con el sonido del teclado. La miro. Me miro. La claridad del pasadizo se vuelve intensa. Las líneas del sol amenazan incesantemente.

El sueño se ha extinguido. Como nunca me he despertado tan temprano en un fin de semana. Mis dedos tocan de nuevo cada parte del teclado. Las letras apenas si se distinguen. Siento una corriente eléctrica en las manos que me mueve a seguir escribiendo. Escribo. La verdad que desde los dieciocho o diecinueve años he decidido escribir y ahora escribo. El canto de unos pájaros se asoma en mi techo. Escribo. Escribo. El silencio de un momento a otro surge, me acompaña. Lo cierto es que amo el silencio. El silencio de los parques, de la orilla, de la noche. El mutismo de mi propia habitación reflejada diariamente. La armonía que comparte ese mismo silencio, silencio único, con la complicidad que existe entre mi laptop y yo.

Sí, mi laptop y yo. Grata compañía. Suerte de contribución que ha hecho de mí alguien que escribe, pero que no se considera escritor y ni creo que nunca se convierta en uno.

Veo de nuevo mi laptop. Con detenimiento la ausculto: Corei 3, color crema, de una conocida marca que ya no fabrica computadoras en la actualidad. Te has quedado en el tiempo dirá alguien cuando lea estas líneas. Sí, si me he quedado en el tiempo, en los recuerdos. La suma de recuerdos son parte de mi existencia, me avivan, me cohíben, me desentierran, me aman.

Uno de ellos resalta en mi mente: la tarde de verano cuando mi padre compró la laptop. Asistí con él a la tienda, pese a una terquedad inmadura por no querer ir. Cuando llegamos, la expectativa nos colmaba. Los nervios parecían imponerse, algo que por fortuna no ocurrió. Luego de preguntar cada precio, elegimos la más accesible a nuestra economía. Mi padre la miró. Me miró. Nos miramos. Pagó al contado con una sonrisa triunfante. Sabía bien que aquel acto, estoico, por cierto, no había sido en vano. De igual forma, sabía bien de la necesidad de adquirir ese objeto, de la importancia y utilidad en esos años para un estudiante de Comunicaciones el obtener un artefacto como este para desarrollar sus trabajos.

No olvidaré nunca su ímpetu y esfuerzo indesmayable por comprar esta laptop.

Hoy se cumplen dos años de su deceso, y la anécdota de la tienda es uno de los recuerdos más vivos que tengo.

Hoy la laptop reposa sobre el escritorio rodeada de varios libros, papeles y otros objetos que se suman como eco del desorden de alguien como yo.

Guillermo Francisco Salvador Saldarriaga, el último afrancesado.

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