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Trujillo Beat

Luciana (Parte I: No hay tierra sin cielo). Por Valery Bazán

Luciana estudiaba Negocios Internacionales en una universidad privada dirigida a la clase alta mexicana en la capital de ese país.

Cuando tenía veinticuatro años su vida estaba casi definida, lograda por decirlo menos, la esperaba un magnífico y prometedor empleo como gerenta de recursos humanos en una gigantesca empresa multinacional, y le esperaba también un novio, con el que llevaba cinco años, la esperaba para casarse tan pronto terminen la carrera. La inercia de la vida la había llevado a ese punto de supuesta estabilidad. Los padres de Luciana y de su novio se llevaban de maravillas, todo estaba convenido, oleado y sacramentado. Habían comprado una hermosa casa en las afueras del Distrito Federal que habían comenzado a amueblar con ilusión. Hasta ese momento el corazón de Luciana no había experimentado el dolor del infierno ni la gloria del cielo, era una mujer contenta en la tierra.

Un par de meses antes de recibir su licenciatura conoció, por intermedio de su mejor amiga Sandra, a Paul. Las dos acababan de salir de clases, camino al aparcamiento del campus atestado de Audis y BMWs, cuando Sandra levantó la mano para saludar a un compañero, Luciana giró con inocencia y sin curiosidad, mientras Paul se acercaba a saludar a Sandra. el tiempo se detuvo, un inmenso fulgor en la visión de Luciana la pausó por completo. Sintió su cuerpo como si fuera un trapo inerte y no habló de inmediato para no balbucear estupidez alguna. Luciana, te presento a Paul, y este se acercó a besar la mejilla de Luciana sin que ella pueda emitir de su boca nada más que un simple hola. Los ojos de Paul la hundieron por completo. Algo en sus centros se había conmovido hasta el extremo, sintió que los ojos de Paul eran algo que nunca antes había conocido… y no sabía si escapar o quedarse allí mirándolo para siempre. El saludo y la charla entre Paul y Sandra fue breve pero definitivo. La vida suele cambiar en un instante, sin que uno se dé cuenta, fue un vuelco eterno del que Luciana y Paul no escaparían, un volver eterno a esos ojos que la desnudaban y la volvían a arropar por completo. Era algo furtivo y traicionero… como el amor.

Paul, hijo adorado de una familia con abolengo y un apellido respetado incluso en los juzgados más altos de México no fue inmune a ese abatimiento del alma de Luciana. Comenzó a frecuentar a Sandra sólo para encontrar a Luciana, por mirarla, por tenerla delante a ratitos mientras charlaba en una fingida conversación con Sandra y lanzaba sinceras ojeadas a Luciana, que era toda un nervio andante, temblaba más que un girasol movido por ventarrones desconocidos del sur. Los encuentros eran cada vez más seguidos e intensos entre los ojos de ambos. Una tarde que Sandra no fue a clases Luciana no tuvo escapatoria, en el fondo ella no quería tener escapatoria. Paul acudió a verlas pero solo encontró a Luciana.

Caminaron rumbo al mismo aparcamiento donde se conocieron, charlaban de cualquier cosa sabiendo que ese momento llegaría, era inevitable. Al momento de despedirse con un beso y justo antes de que Luciana suba a su Audi color plata rocío, Paul la tomó de la cintura y la tomó hacía sí, la besó. Luciana se dejó llevar, el universo entero era nada, no había gente en el planeta en ese instante, sólo la sensación de no querer morir nunca, el deseo de hacer eterno ese momento.

Totalmente alucinada, Luciana miró a Paul, subió al coche y manejó sin destino alguno, su destino acababa de besarla y ella lo sabía.

Al llegar a casa se encontró más sola que nunca. Su madre la miró con extrañeza y le dijo que nunca la había visto con ese semblante, no es nada mamá, respondió Luciana y caminó rauda a encerrarse en su habitación. Los siguientes cinco meses fueron difíciles, romper con su novio y hacer entender a sus padres que lo que parecía felicidad no era más que una vida sosa con sonrisas de rutina, la hicieron adquirir una fortaleza nunca antes conocida por ella. Paul la esperaba, como espera el sol por la luna cada fin del atardecer, con la paciencia de un anciano y la esperanza de un
niño. Después de cada huracán siempre llega la calma, siempre arriba la verdad del hoy y el todo por conseguir.

Luciana se graduó, entró a trabajar para la empresa de telefonía móvil multinacional que la contrató antes de que ella culmine sus estudios debido a sus altas calificaciones académicas y se casó con Paul, el amor de su vida, que para entonces ya ejercía de abogado en el reconocido estudio jurídico de sus padres.

De inmediato se pusieron a la búsqueda de un hijo que nunca llegaría. Después de dos años de infructuosos intentos, acudieron al más prestigioso médico de México, un milagroso especialista que habría hecho quedar embarazada a la misma Virgen María de José sin contacto alguno, sin espíritus santos, sin más remedio que la ciencia que él manejaba diestramente. Pero no, el útero de Luciana era un desierto sin arena, ella no podía concebir de ninguna forma, por ningún método, por nada del mundo. Todo el dinero del mundo no podía contra la sequedad de su matriz.

Al llegar a casa Luciana rompió todo lo que estaba a su paso, sentía que una piedra se le había atascado en la garganta y su dolor era la mayor de las injusticias. Paul intentaba abrazarla mientras ella lo rechazaba por sentirse una mujer inútil, por estar incompleta para él, por no poder darle un hijo. Varias noches Paul lloraba sentado con la frente pegada a la puerta de la habitación de Luciana mientras ella, sedada por poderosos tranquilizantes, dormía para escapar de la realidad, para calmar la pena, para no mirar a los ojos de Paul, esos ojos que la llenaban con cada mirada y que ella no podía llenar de alegría con la llegada de un bebé. El milagro de la vida no estaba en las manos de Luciana como sí lo estaba para millones de mujeres, y pensar en eso la abatía.

Pasaron treinta días con sus treinta noches para que Luciana salga del todo de la habitación. Salió con las maletas hechas y los ojos sin brillo. Había hablado con la empresa donde trabajaba y solicitó un cambió de lugar de trabajo lejos, muy lejos de México, no se lo negaron, era la mejor gerente de recursos humanos de toda la región. Al asomarse a la sala donde yacía Paul se despidió él, le pidió perdón por no poderle hacer padre, le suplicó le perdone más aún la ausencia que estaba a punto de generar con su partida. Unas horas después la esperaba un avión con destino a Frankfurt, lugar a donde la habían destinado y adonde pensaba ir para reconstruirse y calmar sus heridas. No tenía mayor dolor que el de no poder hacer feliz al amor de su vida.

Paul la llevó al aeropuerto, totalmente impotente la abrazó mientras las manos le temblaban y el alma se le iba con ella, luego miró cómo pasaba hacia el control de migraciones y unos minutos después, con los ojos bañados en lágrimas, se quedó aferrado con las manos abiertas al cristal mirando cómo el avión de Lufthansa despegaba hacia el otro lado del mar. No sabía qué hacer ni adónde mirar. Nunca aprendió a vivir sin Luciana, sabía que aprendería a vivir con su ausencia. No hay tierra sin cielo.

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