La novela La caverna (José Saramago, 2000), narra la historia de un alfarero y de su hija en un proceso de decadencia comercial pues el sistema de producción industrial ha empezado a reemplazar los objetos de alfarería por elementos de plástico, vidrio y metal. El Centro Comercial, metáfora del capitalismo más salvaje, parece decirle: muere, ya no necesito de ti. Cipriano Algor y su hija Marta deben reinventarse para no caer en la desgracia.
El destino sombrío que tienen las humanidades parecen encontrar en esta novela su diagnóstico más preciso.
La literatura y su naturaleza no escapan de este clima. Julio Ortega escribió hace unos veinte años un artículo titulado La literatura como voto de pobreza. Allí reflexiona sobre el papel de la ficción en la sociedad. Si bien el título tiene un viento de desesperanza, existe en el ensayo un hálito de resistencia cultural de la palabra escrita.
Enseñar literatura ya es un privilegio en estas circunstancias. En cierta forma quienes estamos inmersos en el campo de las humanidades somos Cipriano Algor. Y ese privilegio se está terminando porque ya no existe la literatura como curso en los colegios. Los pocos espacios para enseñar se reducen a libros mediocres: autoayuda, literatura light. Para un adolescente actual ya no existen García Márquez, Antón Chéjov o Edgar Allan Poe. Han destruido el placer por la imaginación.
En el texto de Julio Ortega, los estudiantes de literatura saben que en muchas ocasiones tendrán sueldos miserables, pero se niegan a abandonarla pues alguien debe quedarse a sostener la viga de la ficción literaria, pues sin ellos (nosotros), el valor cultural de la palabra se vendría de menos a peor.
La literatura es faro y bastión. Siempre habrá un espacio en su corazón para quienes optaron por no amoldarse a las construcciones sociales y decidieron encender la antorcha y alumbrar el camino.
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