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Un libro, para saber que vivo
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Un libro, para saber que vivo. Por César Chambergo Rojas

La frase se le atribuye a John Milton pero nos identifica a quienes, desde una edad muy temprana, fuimos privilegiados de llegar a lo que Vargas Llosa llamaba La patria portátil.

En efecto, la única pregunta que nunca podré responder es a qué edad aprendí a leer. Cuando mamá Mercedes me matriculó en la educación inicial yo solía leer Los cuentos del tío Lino, de Andrés Zevallos.

En casa nunca faltaron los libros. Recuerdo mis primeras lecturas de los cuentos edificantes de Liev Tolstoi a tal punto que muchas me las sabía de memoria.

Una noche, después de una jornada de fiesta, mis padres y sus invitados llegaron a la casa. Victor, mi viejo, me despertó y me hizo declamar un poema. Acto seguido uno de mis tíos puso unas monedas en mi mano y me abrazó. Ese hecho, de poca importancia en el tiempo, reveló que la poesía, la palabra en su oralidad, era (es) un modo de afirmarse y que se puede vivir desde el arte en todas sus formas.

Cuando dejé el valle del Mantaro y llegué al desierto, al valle y al mar de Cerro Azul, tenía un solo patrimonio: mis lecturas. Es lo que me sostiene, desde el pago de las cuentas hasta el soporte espiritual en tiempos oscuros. La literatura es mi balsa de salvación. Roberto Bolaño decía que la literatura podrá salvarnos. En estos días he recordado tal expresión cuyo contexto es la escritura de los capítulos finales su última novela 2666, pues sabía que su muerte estaba cerca.

Parafraseando a Cormac McCarthy, la literatura no es para cobardes; quizá por eso mucha gente no accede a las páginas de una ficción; tienen miedo a la libertad.

Es una semana libresca, un tiempo apropiado para reafirmar que Cervantes sigue latiendo en nosotros.

Por: César Chambergo Rojas

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