Mi padre tenía una nutrida cantidad de libros en nuestra casa al sur de Huancayo. Yo crecí en ese contexto espiritual. Muchos años después, el comienzo de Celebración de la novela, de Miguel Gutiérrez, hizo que recordara aquellos momentos de descubrimiento lector. Nunca he imaginado una casa sin libros. Las infinitas puertas de la biblioteca son formas tangibles de moldear la ternura, la imaginación y el diálogo con otros tiempos. Mario Vargas Llosa escribió un hermoso artículo llamado La patria portátil, en donde hace homenaje a un crítico literario alemán. Leído en la primera juventud, esa imagen del libro hizo que pronunciara: entonces la patria verdadera viaja fragmentada conmigo al lugar que desee.
Cuando llegué a Cañete, costa central de Perú, en cuanto gané mi primer sueldo, adquirí mis primeros libros; desde entonces, son mi escudo y mi espada. Lector compulsivo, nunca sentí el peso de ser estudiante de pedagogía; por lo contrario, el fervor lector (hasta rima), fue el soporte, la viga ante la tormenta.
Una de las mejores metáforas sobre la patria biblioteca la puso Alberto Escobar, La partida inconclusa. Quizá a ello se deba esa pasión por la adquisición de libros. Siempre habrá libros pendientes. Ese goce de insatisfacción por el devenir está siempre intacto.
También es un homenaje a ti, lectora esencial: Chicoyita.




Deja una respuesta