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Mi primera experiencia con el cuento estadounidense. Por César Chambergo
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Mi primera experiencia con el cuento estadounidense. Por César Chambergo

Había terminado la secundaria cuando empecé a trabajar ayudando a mi padre en la playa de Puerto Fiel, en Cañete. Cierto día del verano de 1997, me enviaron a pintar una casa cerca del acantilado. Empecé a guardar los objetos que adornaban la sala; entre ellos estaba el libro El hombre que corrompió Hadleyburg, de Mark Twain. Como disponía de tres días para pintar y había calculado que podría terminar en uno y medio, me puse a leer. Llegó la noche y el maletín que dejó el visitante en el hotel aún retumbaba en mi memoria. La solapa del libro contenía títulos de autores clásicos como Washington Irving y Edgar Allan Poe y también de quienes eran novedad para mí: Ambrose Bierce, Nathaniel Hawthorne.

En el invierno de aquel año, mientras padecía las inclemencias de las orillas del mar, un señor me pidió que pintara su casa. Creo que tuve mucha suerte porque aquel tipo tenía una pequeña pero nutrida biblioteca. Allí leí Una rosa para Emily, de William Faulkner. Esa lectura significó muchísimo en mi comprensión del universo sureño; fue la puerta a su novelística.

De Edgar Allan Poe se ha escrito muchísimo. En esta ocasión obviaré apuntes que tengo sobre él.

El factor psicológico y la geografía son dos aspectos que los caracterizan. Ambrose Bierce en Un suceso en el puente del riachuelo del búho, los trabaja de forma magistral.

En el final de la adolescencia leí El corazón del parque, de Flannery  O’Connor, notable escritora del sur profundo.

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