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Elmo Bazán y Valery Bazán
Trujillo Beat

«Yo tuve un padre árbol», por Elmo Bazán Rodríguez

Si dicen Elmo Bazán, todos recuerdan a ese hombre solidario, de mármol moreno, que fuiste. Yo recuerdo tu corazón noble, dentro de tu estructura de roble.

– «Y qué opina usted de los viajes espaciales», pregunta el periodista Raúl Burzaco. – «Todo viaje es espacial ¿no?», responde Jorge Luis Borges. Pa’, Elmo Bazán, fuiste un pillo. Cuando fuiste a registros públicos, rompiste el acuerdo con mi madre de ponerme de nombre Ángel, y me pusiste el tuyo, seguido de mi segundo nombre, Valery.

El nombre marca para toda la vida, con sus colores y grises. Como todo. Y yo, desde que nací, tenía poco de ángel.

Te gustaba leer, quizás por eso me gusta escribir. Me hice hincha del equipo del pueblo por un banderín aliancista tuyo que colgaba en la sala. Nunca me impusiste ni intentaste convencerme de amar a la blanquiazul. Sí me enseñaste a respetar a los rivales en el deporte. Luego de cada enfrentamiento, la amistad y el compañerismo nos vuelven a la realidad. Los partidos duran 90 minutos, los amigos, los verdaderos, duran para siempre.

Fue cerca de los enormes árboles de la plazuela El Recreo donde fui inmensamente feliz. Me llevabas de la mano, junto a mi madre y mis hermanos, a la heladería La Selecta, del jirón Pizarro. No me preguntabas qué sabor deseaba porque siempre pedía lúcuma y chocolate. Y caminar por ese jirón, juntos, los cinco, es la postal que mi cerebro guarda como una foto eterna. Era inevitable que te detengas cada 50 metros a saludar a alguien, el karate te dio muchos alumnos, amistades y colegas.

Si La Selecta no estaba abierta, íbamos a El Chileno. El Frito del domingo era la gloria. En esos lugares nacieron los mejores sabores de mi infancia.

Disfrutabas tus anécdotas de cuando vivías en Santiago de Chile, de tu viaje a Paraguay para ese torneo sudamericano de Karate, de las enseñanzas de tus padres en Miravalles, tu pueblito de Cajamarca, a donde una vez fui en un viaje que requirió de tramos en bus, camión y caballo. Donde llamaban a las vacas por su nombre y los perros, a quienes lanzaban un silbido, para que ayuden a guardarlas. Temías viajar en avión, por ello nunca quisiste salir del Perú a Europa.

A los 4 años entré al dojo. «El niño está caprichoso», espetó mi madre. «Quizás ya es hora de que entrene», respondiste, y al día siguiente ya estaba aprendiendo las 5 defensas frente al espejo en la academia. Fui tu alumno desde los 4 hasta los 18 años. Asistimos a varios torneos nacionales en Lima, con la Selección de Karate del Dojo Mass Oyama. Tu huella y la de tus alumnos pasó por los coliseos de los colegios Champagnat de Miraflores, San Antonio de Barranco y San Agustín de San Isidro, diversos escenarios deportivos donde se realizaban esos infatigables campeonatos.

Karatecas y maestros de todo el país acudían al llamado de tu sensei Masatoshi Oshiro Oshiro, hombre bajito, delgado, de mirada apacible, pero invencible en el combate. Te legó su estilo, el karate Seigiu Ryu, con matices de judo y una búsqueda constante del equilibrio y la solidez en la base de los desplazamientos.

También llega el recuerdo del maestro José Ishikawa Nemoto, cuya familia te quería como un miembro más, allí en la cuadra 10 de la avenida Ejército, en esa quinta de aire ochentero hermoso. Un sensei a quien le rendiste respeto siempre.

Además de las mañanas de domingo con helado de lúcuma, llevo en mi mente la época del dojo en esa misma avenida Ejército, fruto de tu amistad con la familia Pinillos Bocanegra, bellas personas y entrañables amigos. Solía entrenar fuerte, de 4:00 pm. a 5:30 pm., siempre me decías que debía hacer honor al cinturón negro que obtuve. Luego de clase, me quedaba afuera conociendo a la muchachada, jugando con ellos y enamorándome de una chica cada semana. Aunque ahora sólo recuerdo a Gala, cuando paso por esa calle y veo a alguno de ellos, entrecierran los ojos y me reconocen. «Hola, eres el hijo del profe». Al terminar el horario de 6:00 pm. a 7:30 pm. volvíamos a casa. El dojo era una extensión de mi casa, forma parte de los más importantes días de mi vida.

Te debes acordar de nuestras discusiones durante mi adolescencia, donde, como la etimología de este término lo dice, uno adolece de identidad y, por buscar la suya, arremete contra todo, incluso contra la sabiduría y experiencia de los padres. Si decías coca cola, yo decía pepsi. Buscaba atacar el lado reverso de tus argumentos. Ya lo decía Wilde «Uno no es lo suficientemente joven para saberlo todo». Y yo no sabía un carajo de nada pero allí estaba para debatir. Por ello creo que esta es mi primera vida, porque la estoy viviendo sin saberes previos, así lo siento.

No sé si la reencarnación existe. Pero cuando te fuiste, este abril -sí, ¡damn!, siempre abril es así conmigo- un saltamontes se quedó 3 días en la puerta de casa y durante una semana llegaba un gorrión a mi balcón. Me miraba y comenzaba su sutil sinfonía. Luego se iba, sin más, sin despedirse, como te fuiste tú. Porque cuando se ama a alguien, uno tiene el derecho a no despedirse.

Cuando te fuiste, nosotros, tus ramas más cercanas, Alan, Paola y yo, así como tu tierra, mi madre Flor, tuvimos 40 días, no de luto, sí de paz. Nos hemos pasado, en las comidas y desayunos, abrazando tu recuerdo y tu vida. Tuviste 3 hijos, pero te desvelabas por los alumnos que necesitaban el apoyo de un segundo padre. Y aunque en ese entonces nos incomodaba porque no lo entendíamos, ahora nos damos cuenta que era tu vocación. Hasta los últimos días, te tomabas el tiempo necesario para escribirle a quien lo necesitase, para animarle, sacudirle, y recordarle que la vida es un mar de oportunidades, más que un mar donde a veces creemos ahogarnos.

Porque eso fuiste, deja paz quien fue paz. Lo mismo ha sucedido con tus alumnos, los que te respetaban de verdad, los que te honraban en vida, lo vienen haciendo ahora, en el dojo, ese al que mirabas desde tu lecho en tu último suspiro, como toda raíz que se enorgullece de su tronco vital.

Por si fuese poco, como todo árbol, plantaste raíces en un solo lugar, engrosaste el tronco y la mayoría de tus ramas. Pero estas iban por donde querían, disponían de cierta autonomía. Muchas de tus ramas siguen verdes, robustas, abrazan el cielo; otras, dicen que nacieron de ti, pero no hacen más que marchitarse y caerán en la tierra del ego.

Pa’, ya no estás, y aunque tenía pendiente una carta de despedida, no puedo hacerla. Cómo despedirme si la necedad humana hace que entendamos algunas de las cosas que nos dejan aquellos a quienes amamos con el alma, cuando estos ya se han ido. Al final Benjamin Button va a tener razón. Whatever. No te has ido, estás de viaje.

El día que supe que emprendiste ese viaje espacial, subí a mi habitación. Me arrodillé al igual que hacíamos al terminar la clase y te agradecí, mi maestro, por la práctica de 45 años que me regalaste. Ahora me toca aprender sin ti, con tu recuerdo. Sensei ryu.

Elmo Valery Bazán Rodríguez

  • P.D.- Mica y yo te agradecemos por la mejor práctica de nuestras vidas.

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