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«Sutil resonancia», crónica trujillana de Guillermo Salvador Saldarriaga

El comunicador Guillermo Salvador Saldarriaga sigue su serie de relatos con otra crónica trujillana de tinte testimonial. Esta vez con un personaje inesperado.

Desperté antes de la hora prevista sin que nada me inquietara. La noche seguía su curso, tenaz, inexorable; no podía evitarlo.

Bostezos, la cara lavada, el primer bocado de un durazno y el rítmico eco del teclado eran la sumatoria cotidiana que se imponía en este instante, un instante en medio del aire fresco del otoño que había nacido de nuevo durante este año.

Iba por el segundo bocado mientras leía frente al monitor.  Las palabras formaban una simetría singular y contagiante, tal cual me lo había imaginado durante varias semanas entre sueños.

Sonreí.

Estaba a punto de tener la lengua limpia y empezar con el tercer bocado.  Esa conjunción extraña se suprimió por algo que de un momento a otro quebrantaba mis sentidos: una sombra furtiva se perfilaba por el pasadizo rosáceo donde se tendía la ropa emitiendo un breve maullido.

Me levanté. La miré desde la ventana.  Ella pareció darse cuenta de ello porque alzó la cabeza.  Me miró. Nos miramos. Su rostro pequeño y frágil, casi como de una niña, adornado de un pelaje níveo, castaño y gris, estaba allí reflejando el sosiego y la ternura que soliviantaba en algo el vacío del alma humana.  Sus ojos grandes como discos dorados armonizaban la madrugada que aún no perecía, me recordaron a los gatos de mi abuela, quienes se suspendían en los muebles retozando sutilmente durante mi niñez.

Estaba en ello, cuando de un momento a otro, Minina se estiró.  En medio de sus ronroneos, bostezó.  Movía los bigotes blancuzcos y extensos. Su cola grande y frondosa bailoteaba rozando los muros del pasadizo. Jugueteaba sobre el piso, estirándose de nuevo.  En otro instante empezó a dar vueltas, mirando de un lado a otro.

Pronto se calmó.

Me miró. Los destellos de sus ojos se fijaron en el cielo como clamando algo. En ello, 05: 45 a.m. los petirrojos surgieron, cantaron, lo cierto es que siempre habían estado allí, sobre mi techo, sin embargo, ahora la melodía se había vuelto más intensa como una orquesta. Minina los miraba, maullando como increpándolos. Era una escena singular que me hizo sonreír.

La sonrisa duró más de lo previsto, no era muy común en mí ya que soy poco de sonreír. Minina advirtió ello, luego observó detenidamente la ventana como auscultándola. Quedó allí durante varios segundos. Regresé a mi escritorio. El tiempo transcurría inevitablemente, más aún hoy, viernes.

En pocos minutos, mi mente enfocada en las palabras que atropelladamente surgían a medida que mis dedos movían el teclado, me percaté que Minina trepaba a la ventana como varias veces lo había hecho. Se quedó allí prendida al borde del abismo.  Luego, ya más segura, la vi tocar los vidrios con su rostro. Se movía. Esta vez rozaba la masa metálica con sus garras.  Hasta hoy no he podido entender cómo desde esa altura, más de un metro, no se había quebrado los huesos.

Ya en la habitación, se acurrucó en una esquina como un niño castigado. No me miraba, era como si sintiera pudor; sin embargo, ese mismo pudor se quebrantó ya que en poco tiempo empezó con la revisión detallada de la habitación: trepaba las sillas, olfateaba las mesas, intentaba rasgar la parte superior de la cama, mordía los estantes.  En un instante merodeó por mis zapatos.

En medio de ese barullo, llegó un momento en que se quedó quieta; pensé que solo sería algo breve, pero no, permaneció sentada en el centro de la habitación moviendo la cabeza como haciendo un análisis de lo que sucedía en esa hora.

Le hablé. Mi voz fluía como un río interminable mientras escribía.  Ella me escuchaba atenta, aunque sin entender bien en verdad lo que decía. Éramos tan distintos: ella, en su mundo hogareño, juguetón, calmado, sin preocupaciones; yo, con mis obligaciones y con mis motivaciones para escribir. En los últimos dos años he intentado escribir continuamente, es un acto inefable; se lo prometí a mi padre, se lo prometí a mi abuela, se lo había prometido a varias personas, pero principalmente me lo prometí a mí mismo.

Seguía con mi labor. Los dedos prisioneros del teclado. Me arreglé los lentes. Bebí un vaso de agua. Me quedaban pocos minutos porque debía de alistarme para desayunar e ir al trabajo.  Mi madre aún descansaba. Las estrellas seguían tendidas palpitando sobre la alfombra oscura que cubría toda la ciudad.

A las 06:15 a.m. cerré la historia. Como nunca he escrito tan rápido y ello gracias a que durante estas últimas semanas me he vuelto más creativo que en otras ocasiones. Lo cierto es que después de mucho tiempo me ocurrían estas cosas.

Desde otra ventana, me fijé que en medio de los árboles danzaban no solo los petirrojos, sino también los colibríes brotando una armoniosa resonancia. No sé si Minina se había dado cuenta de ello, pero para mí era un espectáculo hermoso.

Me lavé, me vestí, me peiné. Miré al espejo y quedé detenidamente allí: el cabello corto, el bigote extendido, las cejas pobladas, los lentes de carey sobre los ojos dormidos; los segundos delirantes.  En ello, una voz surgió desde el pasadizo que colinda con el comedor, era mi madre que hablaba y jugueteaba con Minina. La tenía acurrucada sobre los brazos formando un cuadro maternal. Me acerqué, la besé, la abracé. Ella me respondió con un beso y una caricia sobre el cabello.

Minutos después, ya en el comedor, observando el viejo reloj de pared, empecé a beber el primer sorbo de café, el cual no terminé ya que Minina se acercó a mí. La miré, ella me miraba. En ese instante, al degustar el pan de yema combinado con el dulce de fresa y tras un breve diálogo con mamá, Minina se acurrucó sobre mis zapatos; luego movió la cabeza, se estiró y se trepó sobre mi muslo izquierdo. Yo solo atiné a sonreír con la certeza que su llegada no era para pedir alimento.

Acaricié su cabeza pequeña que parecía de algodón, al mismo tiempo que sus maullidos comenzaron a brotar como si se tratara de los llantos de un bebé. La miré de nuevo. Desde la ventana, los brazos del sol se levantaban sigilosamente renovando de esperanza y dicha al nuevo día.

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