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Jesús Escamilo
Trujillo Beat

“Rendición”, la última novela de Ray Loriga ya tiene reseña

Parte de lo que nos toca vivir, también se llama rendición. La novela de Ray Loriga explora un cuestionamiento que el ser humano actual no quiere ver. La felicidad y el dolor, en parte, son lo mismo.

Jesús Escamilo.

Cuando el futuro reside de otras formas, y la manera de descubrirnos la piel es entristecedora, y sobreviven aún nuestras preguntas; podemos al menos masticar la realidad de un modo más Kafkiano -sin solemnidades y con angustia absurda y pura. Y es ahí donde pretende llegar la última novela de Ray Loriga, “Rendición”, Premio Alfaguara de Novela 2017. Obra que nos permite, una vez más, enfurecernos con la trama página a página; la prosa no se detiene, es excelsa y sincera. Nos atiende bajo ese tópico de incertidumbre, voltear la página es ir codiciando saber más; el lector bien podría comerse el libro hasta de un bocado.

Desencantarse de la vida también es parte de lo que nos toca vivir. Es como si la perfección existe o existiese, en mudos paralelos o sociedades próximas como la de Rebelión en la granja de Orwell (Granja Solariega con Bola de Nieve y Napoleón convirtiéndola en la Granja Animal; para hacerse un símil para los que entienden de otra forma) o Un mundo feliz de Huxley, con el ingenioso, pero nefasto soma que persigue la felicidad, sería una vida falsa.

En todo caso, ejemplos de otras sociedades distópicas –Fahrenheit 451, 1984, El rebaño ciego, entre otras- explicarían entonces que los intentos de uniformizarnos a todos los seres humanos, consiste en el mayor apremio de nuestras angustias. Un acto por dominarnos. La seducción de algún Gran Hermano por hacernos homogéneos, aunque no sea vea así.  Desde luego, sumergidos en nuestro diario sobrevivir, ni siquiera nos daríamos cuenta. Y al protagonista de “Rendición” le suceden demasiadas alternancias en su realidad; un día está en su comarca y poco después en una ciudad transparente o también llamada cristalina. Y por días se olvida de su vida; de esa parte absurda de vivir con dolor esperando a sus dos hijos que aún no vuelven de la guerra.

Mas el dolor es sincero y necesario; llegado a la ciudad a la que lo llevan o lo obligan a irse, parte de él y su matrimonio no son el mismo. La ridícula perfección arrincona al hombre, de quien no se sabe ni apellido ni nombre.

Lo mismo sucede con la mujer del protagonista; solo se le conoce como “ella”, de los hijos se sabe los nombres Augusto y Pablo. Se entiende también de una guerra; pero como describe la voz del narrador en el II capítulo: no sé acuerda cuándo empezó todo ni por qué causas. Lo cierto es que más adelante uno entenderá que todo estaba al revés, sí existía una probable causa de guerra. Aunque los bandos representasen en medida que avanza la historia, otro salto al vacío; y más cuestionamientos y remilgos de felicidad. Pero ¿qué es en sí la felicidad?

Otro personaje principal de “Rendición” es el niño que llega a casa de los casados antes que empezara el éxodo y en plena guerra; el pequeño no tiene nombre, no se conoce su edad, y avanzan los días y es parte imprescindible de un hogar con hijos que nunca aparecen en la obra, salvo por recuerdos del padre. Al final lo llaman Julio, y en la salida de la comarca el protagonista quema con el niño la casa, esa donde se quedan sus recuerdos y su escopeta aún enterrada que serviría también por hallar respuestas en las ultimas pulsaciones del protagonista.

Emboscado por quien considera su hijo, ya que, desde que aparece el crío en las primeras páginas y llegado hasta “Pero eso no fue lo más preocupante, lo peor fue que poco a poco, su figura me empezó a parecer extrañamente familiar, y luego mucho, y al rato ya no que quedaba duda que se trataba de Julio”. Párrafos siguientes, Julio, armado, busca a su supuesto padre, y es enviado por los otros, los de la ciudad cristalina a matarlo.

El protagonista, al huir de un sistema y de una ciudad donde se muestra todo, esplendor y una maravillosa forma de vivir, pero monótona, sin preguntas, y con un agua que parece cambiar el sentido de la existencia al tener contacto con la piel y con unas heces que no huelen, se siente otro. Sin olor en el cuerpo. Con una “ella” que al final desparece para “él”. Y un hijo o el esmero de condicionar a un desconocido a ser hijo; que en la huida fue el pasado como sobrino, y que nunca habla; o en los sueños de “él” después de una paliza por parte de los otros; que dura “Dicen que después del tumulto durante de dos meses. Es posible, no lo sé…”

Es así “Rendición” un anagrama bien compuesto, un jugueteo irónico y doliente con el tiempo; nombres y ciudades también entran en el juego bélico, pero desde la visión del que lo vive, del protagonista. Pero, sobre todo, la novela interfiere con nuestra conciencia única, que algunas veces parecemos dejarla en el sofá. Aquí los recuerdos valen más que las vivencias, y las emociones continuas y verdaderas más que una ciudad cristalina. Y el amor deja de ser sólo amor, para convertirse en una mirada menos constructiva y más perniciosa.

Somos sujetos que deben ser afectados por su realidad.

Colaboración de Jesús Escamilo Jara.

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