Hay una época del año en la que las familias se unen con un pretexto válido, ficticio pero válido. La Navidad es en todo el mundo una excusa verde y roja con nariz regordeta, matizada con pesebres de todas las formas y tamaños. Luego de estas fechas todos refunfuñamos por que vemos en la balanza los efectos de esta celebración tan poco cristiana y bastante consumista. Un
consumismo que entra por la boca y -luego de abrillantar nuestros egos y poblar nuestros armarios y joyeros- sale por el bolsillo: con tarjeta o al contado. Un desgaste económico que en resumen pretende decir «Feliz Navidad» a los que nos rodean con aspaventosos regalos y costosas muestras de cariño.
Cuando era niño la Navidad no fue una noche de paz, fue un intento denodado, por parte de mi madre, de conseguir una noche de amor, muy a pesar de mi padre. Pero esa es otra historia.
Recuerdo un regalo navideño que me hicieron cuando tenía 5 años: un alargado tigre de madera que, con dos ruedas escondidas bajo su cuerpo, accionaba las cuatro patas del felino de roble y las hacía caminar sin pisar el suelo. Hasta ahora lo recuerdo con cariño. Yo solía disfrutar mis juguetes, jugaba con ellos hasta el hartazgo, nunca me cansaba como ellos sí de mí. Hasta que llegaba un momento en que los juguetes navideños ya no daban más y terminaban por desmontarse, por romperse o quizás por que, habiendo dado su tarea por cumplida, se jubilaban y desaparecían de mi vista para siempre dejándome satisfecho, pero nostálgico.
Eso sucedía en junio o julio del año siguiente a la Navidad, cuando los juguetes que mis padres me regalaban eran resistentes, de lo contrario, puedo afirmar que en abril ya estaban hechos añicos. Cuando era más grande, pero no tan alto, deseaba el Optimus Prime de los Transformers. Si mis padres me lo hubieran dado les debería la vida. Ese democrático caudillo robot de metal, que todo niño de carne hueso aspiraba a ser de grande, hasta ahora ha marcado mi vida. Me hubiera gustado que este robot haya sido mi padre, o al menos mi tío, lo rectifico para que mi padre no se enfade si lee esto. Tener la capacidad de transformar un problema en solución es algo que cuando se es niño se puede realizar en dos segundos, bastaba con conseguir otro juguete, otro amigo, otro mundo imaginario, y problema resuelto, problema transformado.
Pero las cosas no son sencillas, y es un milagro cuando son simples. El sábado pasado salí, a solas, a lograr un objetivo claro: conseguir el regalo adecuado para mi amiga secreta de Navidad. No creo que le gusten los tigres de madera, tampoco creo encontrar alguno en el Corte Inglés ni en ningún centro comercial de Barcelona. Mi amiga secreta es joven, no nació durante la guerra civil española ni en la época del franquismo, ella tuvo algo más de suerte y nació después de ambas.
He terminado de ver el filme Bella en el Cine Comedia, que está en la Gran Vía de Les Corts Catalans e intento disimular el nudo en la garganta, que en esta ocasión no se debe a la bufanda que aprieta ligeramente mi escasa manzana de Adán, sino al precoz y sensible final de esta película. Cuando estoy saliendo de la sala de proyección me fijo en las caras de los demás,
deseo saber sus reacciones, les miro los ojos, los gestos, oigo sus comentarios, exploro sus andares y me acompaño de ellos. Todo esto cuando voy al cine a solas.
Ir solo al cine no es tan trágico, sobre todo cuando te fijas en banalidades ajenas y te olvidas, al menos por unos instantes, tus pequeños temas trascendentes. Al salir del cine y retornar a la realidad vuelvo a mi tema trascendental y me apresto a cruzar mares y mares de personas que, al parecer por un pronto Apocalipsis que deja sin efecto a la crisis, han salido a la calle a comprar los regalos de navidad.
Yo no soy la excepción. Conozco bien a mi amiga secreta, al menos eso creo, llevamos diecisiete meses trabajando juntos y veo a diario cómo viste, sé qué perfumes usa y qué joyas detesta. Pero entro a Zara y Mango y me siento bloqueado. No hay mayor motivo que me desanime de comprar que ver a tanta gente comprar. Las oleadas de bolsas de compras con las marcas impresas por fuera se suceden una tras otra, vienen por mi izquierda, vuelven por la derecha. Un mareo envuelve mi cabeza y todos los jerséis, blusas y bufandas de color pastel que podía elegir como posibles regalos para mi amiga secreta se difuminan, desaparecen, se esconden en la multitud de algodón y poliéster de cada plataforma comercial. No he comprado una sola prenda, pero ver a tantas personas comprando me ha saturado. He estado a punto de llamar a cualquier chica con las características físicas de mi amiga secreta para preguntarle qué prenda le gusta, qué talla es, cuál es su color favorito y que si fuera tan amable de probarse prendas que elija de los colgadores. Pero no he llegado a ese extremo.
Tampoco he podido seguir con mi búsqueda del regalo adecuado. Dicen que comer mucho chocolate se debe a la ausencia de cariño, pues en ese instante a mí me faltaban cinco kilos de nutella, pero, sobre todas las cosas me faltaba una brújula. También me habría ayudado poder desalojar a los cientos de apretujados compradores que poblaban la cuarta planta del Corte Inglés que es la planta dedicada a Moda Femenina. Imposible.
Rendido busco las escaleras mecánicas para salir de ese lugar. Tercera planta, segunda planta, primera planta, planta principal y sótano. Sin percatarme he bajado una planta demás, aquella donde están los comestibles. A mi derecha están los chocolates, compro dos tabletas y abro una con desesperación, doy el primer mordisco y cierro los ojos, como me enseñó Anna, mi gran amiga «limeñizada», para sentir el sabor, el alivio y ese prolongado y deseado detenimiento. Una catarsis de cacao ha ayudado a disminuir el fracaso de mi búsqueda. No lo he logrado, hago sumas y restas en el bolsillo y en el calendario, quedan tres semanas para la cena de Navidad, aun tengo tiempo. Miro a la gente una vez más, decido partir y me sumerjo caminando en la estación de tren.
Ya sentado en el vagón de regreso a casa, miro por la ventana cómo la muchedumbre, acompañada de bolsas de compra, va quedando atrás y se va haciendo cada vez más pequeña mientras el tren avanza y yo, sin bolsas de compra en la mano, comienzo a extrañar a mi tigre de madera.
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