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“Promesa interrumpida por la muerte”, una crónica de Milver Ávalos

Para Aron, que partió de este mundo sin cumplir su más anhelado sueño. Milver Ávalos.

El ataúd va descendiendo lentamente. Dos sogas lo sostienen en los extremos que crujen al rozar con la madera. Dos personas con los brazos extendidos mirando al cielo, esperan en el fondo del hueco al cuerpo de Aron para dejarlo en su nueva casa. La tristeza se va acostumbrando, va expandiéndose lentamente hasta quedarse congelada en las vidas de los familiares, amigos y compañeros de salón que presencian el último adiós.

El treinta de agosto se celebra el día de Santa Rosa de Lima, Patrona de América y Filipinas. En ese día, las calles limeñas lucen repletas de extremo a extremo, las personas con papeles en mano se aglomeran en el poso de los deseos para suplicarle a la Patrona que interesada por ellos ante Dios, y así se les haga realidad el milagrito. Para la multitud es un día festivo, pero para Ana Martínez es la fecha más dolorosa, porque significa la pérdida de su hijo.

Aron murió un día que Santa Rosa estuvo cansada y no tenía tiempo para escuchar los rezos de una madre angustiada en una sala de un hospital. La Patrona se cansó de llevar los pedidos e interceder por los humanos pecadores que prometen no portarse mal, pero en cuanto tienen la mínima oportunidad lo hacen.

—La leucemia mieloide aguda M5, me arrebató a mi hijito. Él respiró aire hasta el treinta de agosto. Un día inolvidable para la familia. Desde esa fecha, nuestros días son oscuros. Mi hijo murió delante de mí y mi mundo se fue junto a él —pronuncia Ana y sus ojos se vuelven rojos, una gota de agua salen de sus ojos, esa gota se vuelve charco, en lagos, ríos y no paran hasta convertirse en un mar de lágrimas.

Ella una mujer de provincia que no había salido a la costa, no conocía Lima. Una ciudad inmensa donde cualquier se pierde y los de la sierra son mal vistos, en pleno siglo veintiuno aún quedan rezagos de discriminación. Los limeños se burlan de la vestimenta y la manera de hablar de las personas del ande. Sin embargo, venció el miedo y se aventuró a internarse en las calles contaminadas y polvorientas de la capital peruana. No le importó ser blanco de burlas y se metió en medio de tantos limeños pitucos. Todo esfuerzo valía la pena, con tal de encontrar mejoría para su hijo. Ana viajó llena de esperanzas. Se grabó todo la carretera. Una vez a la Ciudad de los Reyes, rentó un cuarto cerca al hospital Guillermo Almenara Irigoyen para que no se pierda. Sin embargo, esa misma pista que lo llevó con la inmensa de ilusión de ver a su niño sano y salvo en una ciudad desconocida, lo devolvió con las ilusiones echa trisas, con las manos vacías y derrotada por la muerte. —Lo llevé a mi hijo vivo, pero nunca me imaginé que lo iba a traer en cajón —dice.

La madre de Aron continúa narrándome como la terrible enfermedad acabó con su hijo, en su casa de Cerro de Pasco, en un cuarto con una ventana pequeña, por donde ingresa un poco de claridad que no ilumina ni la séptima parte de la habitación. La calamina empieza sonar fuerte, dándonos la alarma de lluvia. Un fuerte ventarrón abre la puerta. Afuera está lloviendo a chorros, la neblina se va asentando y va tapando todo el horizonte. Parece que ese frío que ingresó, se pegó entre ceja y ceja, pero no baja a su nariz, la comisura de sus labios y a su lengua. Ella vuelve a la carga, no se calla, grita, grita y vuelve a gritar a todo pulmón el nombre de Aron cada que se acuerda del sufrimiento del menor.

El mal sueño empezó en diciembre, un mes festivo no solo para el Perú, sino para todo el mundo. El veinticuatro del último mes de cada año, los niños abren con algarabía los regalos que les dejó Papa Noel. Aron, un chico inteligente se dio cuenta a temprana edad que el hombre de traje rojo, botas y cinturón negro y barbas blancas no existía, era una invención de su padre para verlo sonreír. Esa noche, en la familia Martínez no se abrió regalos, no se comió pavo, ni panetón, no se bebió chocolate. En lugar de eso, se abría una y otra vez el sobre manila que poseía los resultados de Aron, quien tenía La leucemia mieloide aguda M5, la más complicada de tratar.

Ella no solo tenía los sueños cercenados, sino la economía aniquilada. Buscó dinero en todas partes, tocó puertas, unos le abrían, no le prestaban dinero, pero le daban palabras de aliento y otros le tiraban un portazo en su cara. —Yo buscaba dinero como loca para llevarlo a Lima. Los medicamentos eran caros, su papá tuvo que emplearse en una empresa de grifos que le ofrezca seguro, aunque no gane mucho dinero —pronuncia Ana con una voz entre cortada por la lágrimas que empiezan a descender y su mano derecha lo lleva en su pecho, debajo del polo saca un pañuelo un poco sucio que se lavará con el intenso llanto.

Durante el suplicio de Aron, Ana se volvió una madre coraje, aprendió hacer de tripas corazón, llevó una vida de militar. No dormía, aunque el cansancio era insoportable, solo cerraba los parpados que los abría ante el menor ruido. Algunas noches lo pasaba en vela, su única compañía era la luz amarillenta del foco de la habitación y el respirar agitado del menor. Tenía que cuidar que su hijo no se ahogue con el chorro de sangre que emanaba de sus pequeñas fosas nasales, llevarlo al baño y darle una pastilla para el terrible dolor de huesos.

Ella lucha contra viento y marea, se enfurece con el trato del personal del hospital, pero pasado unos minutos, se apoya en su respiración para calmarse y entender al resto. Maldice al sistema burocrático de las instituciones que pertenecen al Estado. Corre de una oficina a otra llevando, preguntando o siguiendo un documento que se extravío en los archivos o en la computadora de los lacayos del sistema burocráticos. Ingresa y sale de la sala de espera del nosocomio, como alma que lleva el diablo, si no está en la habitación de su enfermo, se encuentra en el banco de sangre o en la calle buscando donantes de sangre y al no encontrar voluntarios paga doscientos cincuenta nuevos soles y en el último de los casos, se convierte en donante. En su desesperación discute acaloradamente con los médicos.

—Lo van atender a mi hijo —le dice Ana a la enfermera de turno.

—Sí, señora, pero tiene que esperar —responde gélidamente la señorita de bata.

—¿Que quiere que espere? La muerte de mi niño, eso quieres —pronuncia la frase que siempre deja mudos a los médicos, porque ellos se han preparado para salvar vidas, no para dejarlas morir.

El pequeño cambia de ánimos constantemente como una persona bipolar, unas semanas despierta y se acuesta con mucho optimismo, está dispuesto a dar pelea y no dejarse morir sin dar batalla; sin embargo, otros días amanece con los ánimos por los suelos y solo piensa en la muerte, en esa palabra de seis letras que provoca terror a los vivos.

—No te deprimas, papito. Vamos a salir de esta —le dice su madre.

—Me lo prometes, mamita. No me vas abandonar en mi enfermedad —pregunta Aron y se abalanza a los brazos de su heroína, su madre.

—No te me deprimas. Tu madre siempre estará contigo. No tengas miedo. Tus tristezas son mis tristezas. Juntos venceremos a la enfermedad —le dice ella en tono firme y enérgico.

Pero, él aunque recueste su cabeza en el pecho de su madre y se sienta protegidísimo por los brazos de ella, que parecen dos barrotes de acero inquebrantables, no logra extirpar los miedos de su corazón y vuelve a preguntar las veces que sean necesarias para sentirse seguro, su madre le responde sin un chasquido las mismas veces que el pregunta.

—Madre, si me muero, tú no llores por mí, no estarás sola, yo te cuidaré desde el cielo. Lo único que te pido es que cuides mucho a mis hermanos y abuelitos —asevera Aron clavándole su mirada triste.

—No te vas a morir Aroncito, estás hablando cosas que no debes, duérmete ya —le susurra Ana.

Una vez que salieron de la primera intervención médica, ella le recuerda al pequeño que salieron victoriosos, el marcador iba uno a cero a favor de ellos, pero eso cambió en un abrir y cerrar de ojos, cuando Aron tuvo una recaída extramedular, fuera de la medula que lo llevó hasta un caja de madera.

El rostro empezó a deformarse por la hinchazón, el apetito empezó a desaparecer y las esperanzas de los familiares se iban resquebrajado poco a poco. En mayo del año pasado, le pusieron la quimioterapia más fuerte, él resistió, casi no la libra, pero salió respirando aire del quirófano, con dificultades pero respiraba. Un mes después tuvo la segunda recaída y era urgente un trasplante.

Espere, espere, espere, espere y espere, es la única frase que saben decir los médicos a los enfermos y familiares a cada instante del día. —Señora, si le vamos hacer el trasplante al niño, pero tiene que esperar que cumpla todas las sesiones de quimioterapia —dice el médico en un tono cruel más que de alivio—. Madre, no se olvide de la terapia para quemar todo lo que le había salido en el rostro del paciente.

Ana no puede hacer nada, no tiene el poder, ni el dinero suficiente para llevar al pequeño a una clínica, lo único que le queda es la paciencia, don que pocos lo tienen, pone buena semblante al mal tiempo. Esperó, pero la espera se rompió a los tres días, cuando lo llamaron para avisarle que Aron sufría una plaquetopenía (perdida de placas). Había perdido sangre a borbotones, botó sangre por su boca y su nariz. Él pesar de estar inconsciente, piensa en su madre y para tranquilizarlo le dice: tranquila mamita, yo voy estar bien.

El catorce de agosto del dos mil diecisiete, él hombre de bata y zapatos blancos fue sincero con la madre angustiada.

—La citometría de flujo ha salido mal, la enfermedad ha vuelto —pronuncia el galeno.

—¿Qué puedo hacer doctor? —consulta Ana.

—Nada, lamentablemente no se puede hacer nada. Llévalo a tu hijo a tu tierra, dale una calidad de vida y que coma lo que quiera, él morirá dentro de tres meses —sentencia el médico.

Esas palabras resuenan en su interior de ella, como un eco retruena en los cerros del ande peruano. Arrastra sus pies, le pesa como si cargara plomo en cada zapato, abre la puerta del pequeño cuarto del hospital, sin pronunciar palabra alguna se abalanza y abraza el cuerpo diminuto. Arón que presiente la muerte le hace la última pregunta y le pide un deseo sencillo de cumplir.

—¿Mama, ¿qué harías si te dicen que me voy a morir?  —consulta.

—No digas eso. No va ocurrir nunca. Primero me muero yo, antes que tú —pronuncia en un acento que ni ella misma cree.

—Yo sí que harías —

—¿Qué haríamos, Aroncito? —

—Yo cuidaré de ti desde arriba —responde él señalando con dedo índice al techo de la pared; figuradamente ese dedito flaquito traspasa el techo, las nubes y no para hasta perforar el cielo—. Mamá llama a mis hermanos, porque yo no iré a Cerro de Pasco, la única manera que pise esa ciudad es en un cajón.

Ella llamó a sus padres, abuelitos de Aron para ponerlos al tanto de la gravedad de la enfermedad y pedirle que le enviara a Brandy, su hijo mayor de catorce años. Cuando se encontraron los hermanos se abrazaron, un abrazo interminable; Brandy, sin darse cuenta, estaba despidiéndose del hermanito menor que cuidaba y Aron se llevó ese abrazo a la tumba.

—Estudia mucho, hermano. Cuida a mamá, te lo dejo en tus manos, sé que se queda en buenas manos. No seas malcriado —fueron las últimas palabras de Aron antes de dejar este mundo cruel.

—Te lo prometo, Aroncito. Cuidaré de la familia —murmuro Brandy demasiado tarde, porque su hermano no escucho la promesa.

—Joven, la muerte no existe, la gente muere y se marchan de este mundo, cuando nadie los recuerda —me dice Ana en un tono que no entendí, si era una pregunta o una afirmación. Minutos más tarde descubro que era un consejo para lidiar con la tristeza de la pérdida de un ser amado.

Ella sueña todas las noches con su hijo. Lo ve en sus sueños de la mejor manera, lo ve jugando con su carrito plomo. Revolcándose en el piso recién encerado. Trapeando el piso sucio con su polo. Él se percata que su madre lo observa. Se aleja y se despide con su manita, la mueve como alas de una golondrina. Se va sin decir palabra alguna. Y, cuando se despierta grita ¿Por qué te has dio, hijo mío? ¡Dios, por qué te lo llevaste!

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