Lo diré sin reservar la modestia: yo me hice poeta el día de mi cumpleaños número seis, cuando mi padre me llevó al taller de arte de mi tío Tito Vilcapoma. Era el primero de mayo de 1986. En noviembre de 2010 publiqué mi primer libro y, de esa forma, materialicé los piélagos de mi corazón. Pero esencialmente uno se hace poeta cuando empieza a identificar el valor del misterio que habita en cada superficie, vuelo de ave, el leve viento sobre una planta (pienso en un jacarandá) o una caricia de mamá (arte poética por excelencia). Después ya llegan los autores. Cuando uno ya está preparado para ingresar a la palabra y sus vericuetos infinitos, nombres como los de Vallejo (sustancialmente España, aparta de mí éste cáliz) y Eguren (La canción de las figuras) llegaron para sentar las bases de la República imaginativa. No voy a realizar una lista de autores; Julio Ramón Ribeyro decía: aquel que cita demasiado es un incivilizado.
Decidí hacerme poeta porque la pasión por dejar los latidos sobre el papel y que otro latido cómplice identifique sus códigos es un infinito secreto. Ese rayo de luz a la que se refería el lienzo de Johannes Vermeer tiene saltos cuánticos provenientes del verso. Invisible, veloz, ruptura del espacio tiempo, una escena de Godard, los cielos estivales de comienzo y final del verano, encuentran en la palabra su morada, el recinto, la sombra fugaz de un árbol en el desierto peruano.
Los títulos que me hubiera gustado componer son: Travesía de extramares (Martín Adán) y Las ínsulas extrañas (Emilio Adolfo Westphalen) y Pedestal para nadie (César Calvo).
Tres poetas a los que vuelvo siempre son: Washington Delgado, Juan Gonzalo Rose y Jorge Eduardo Eielson.




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