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“Mirar por la ventana”, una conversación con Adrián Alberto, finalista del premio Copé

Es verdad, las declaraciones acerca de que si la poesía esto, o la poesía aquello, no están al orden del día. Según los entendidos, que son una especie de mutación entre pragmatismo y condena diaria, la poesía no serviría ni para pagar la renta de una habitación por un día. Tampoco para comprar un sol de pan o un chicle. Es un bien intangible, eso lo saben todos. Pero la lucha de los poetas está ahí, en tanto ¿Por qué seguir? O es como escribió Roberto Bolaño en alguna parte: el poeta es un huérfano nato.

Aún así, ¿Se entiende de verdad qué es ser poeta? Adrián Alberto en un diálogo repentino dice un sinfín de cosas… y en algunos momentos no dice nada. El silencio habla, y seguro es uno de los bienes más preciados de quienes parecen ser de otro siglo. Como lo son las ventanas, la poesía aun está en todas partes, aunque se hable más de prendas de vestir, comida, viajes o fútbol. De igual modo, la poesía también puede ser todos esos temas y más. La poesía y el poeta no se condenan con una especialidad, arremeten contra todo, son una especie de kamikazes olvidados por la sociedad.


Por: Jesús Escamilo/ Fotografía: Anthony Ibáñez Carranza

 

De las raíces hasta las ramas de Adrián Alberto

Tú naces en 1991, en plena primera etapa del fujimorato; esto más adelante sería usado como una alegoría en uno de tus poemas

Claro, a inicios del gobierno de Fujimori, justo en los días que había epidemia del cólera y estaban cerrando los hospitales.

¿Qué recuerdos tienes de ese niño que eras y qué tan cerca o lejos estuviste de la poesía en ese entonces?

En realidad a esa edad los libros no eran tan cercanos; la mayor pasión era jugar con mis hermanos, tratar de entablar una conversación cómplice con mis padres. Para ese entonces mi padre había pasado a dar un paso al costado de la familia, y fue un episodio que indudablemente te termina marcando. Lo que sí quedo fue su fantasma, y con ello me refiero a sus libros relacionados con la primera y la segunda guerra mundial.

Yo, desde muy chico, tenía la imagen de mi padre leyendo esos libros que hablaban de Hitler, Stalingrado, sobre Berlín, o las conquistas alemanas en casi toda Europa; esos fueron mis primeros libros. Eso por el lado de mi padre, en cambio en lo que se refiere a mi madre, donde el lado es más sensible, tengo el recuerdo de esa niñez con los cuentos de Oscar Wilde. Por supuesto, mi madre me leía esos cuentos cuando yo tenía dos o tres años y no sabía ni leer; yo me memorizaba los textos y se los contaba a los amigos de mis padres, a mis tíos, a mi abuela. Luego, el déjà vu ya de viejo cuando redescubro a Wilde. En una oportunidad cuando converso con mi madre le pregunto, por qué me resultaban familiar esos cuentos, y me comenta que cuando era niño, ella solía contármelos.

Así que ambos son responsables de mi inclinación hacía las letras.

Se marca mucho la figura materna en tu caso…

Bastante.

Sobre todo, cuando en tu primer libro se lee: “A Rosa Aguilar Moreno. Madre, yo te entiendo, tú no me hiciste poeta”. Ahí hay cierta disgregación entre lo que tú me dices y lo que se formula dentro del epígrafe.

Claro, la inclinación que ella me da es inconsciente. Como toda madre que había leído en su niñez, y su juventud también, trata de inculcármelo a mí sin la más mínima intención de que yo en algún futuro vaya a dedicarme a las letras; simplemente como un libro que pasa de las manos del padre hacía al hijo, nada más. Y en parte es responsable, por ello le dedico ese epígrafe, debido a que mi madre sufre mucho al saber que yo decido abandonar la carrera para dedicarme de lleno al tema solamente de la escritura, además de la investigación literaria.

Es ahí, como toda madre que esperaba ver a un hijo profesional o dedicándose a una empresa exitosa de las comunicaciones, me ve como algún apostador sobre un oficio, ni siquiera sobre otra carrera. Evidentemente esa transición de adecuarse a mi decisión fue durísima, era soportar amanecidas en que yo no llegaba a casa por estar en tertulias con los amigos o en conversatorios. Hasta en un bar para tratar de rescatar algo de la literatura universal por medio del boca a boca de desconocidos.

Pero ¿A qué edad se formula ese rompimiento? ¿Es estando en la universidad o antes?

Yo empecé a escribir a los trece años aproximadamente, pero eran folletos en los cuadernos a los que nadie tenía acceso en lo más mínimo. Así que a los quince años ya se produce ese chispazo que termina definiendo mi inclinación hacia ese lado. Inclusive fue determinante cómo yo escogí la carrera de Ciencias de la Comunicación, porque conozco a Manuel Medina y él me da la mano de alguna forma al decirme, “tú aquí tienes cosas interesantes, por qué no sigues avanzando”. Y eso fue lo que hice.

Entré a la universidad, seguí escribiendo intermitentemente, con lo cual tampoco era mal alumno; pero tenía mayor consideración con los cursos que iban más abocados con redacción, o lo que era en ese entonces el curso de literatura que lo dictaba el profesor Jorge Chávez Peralta, y no sé por qué lo sacaron a él y al curso. No recuerdo más alumnos jalados que los que pasaron por literatura. De un salón de cuarenta te jalaba treinta y cinco.

Tú alguna vez me contaste que pasaste literatura con el profesor Chávez.

Pasé a la segunda, y no porque en la primera vez no rendí en el curso, sino porque Chávez tenia un formato para los exámenes que era muy memorista. Él te decía mencióname 24 poetas del modernismo, por decirlo así, y yo desde mi banca decía de dónde. De hecho, sus clases eran charla, charla, charla, y muchos estaban durmiendo; es ahí donde hubo unas discusiones de lo que cada uno pensaba de la literatura. Chávez tenía un concepto de la literatura más modernista, caso Rubén Darío. Yo, al contrario, tenía atisbos de la poesía más libre, más contestataria, que mezclaba lo cotidiano; tuve discrepancias, pero me agradó verlo el siguiente ciclo. Se hizo un curso muy interesante.

En todo caso antes mencionaste a Manuel Medina, es claro tu involucramiento en Poesía Joven ¿Fue ahí qué empezó todo?

Yo pienso que Manuel fue quien de alguna forma me dio la mano, me puso la alfombra para que yo caminara. Fue quien me dijo, no tengas miedo de lo que escribas, porque a veces el escritor íntimo no quiere dar a conocer su obra; sobre todo porque para ese entonces yo había descubierto unos cuadernos de mi padre en aquellas épocas que mi padre no estaba en casa aún; en ellos mi padre escribía poesía cuando estaba en el ejército. Fue también una especie de motivación, ya que se generó un vínculo a pesar de la ausencia paterna, incluso diferente, que solo pudo ser a partir de las letras.

 

Hablaste del miedo ¿Existía cierto interés por saber qué será de tu futuro? 

El miedo no radicaba exactamente ahí, estaba el hecho que la gente tomara a mal lo que uno escribe. O que a veces simplificaban y reducían lo que se siente, lo intangible, con otras circunstancias, como lo que le dijeron a mi padre cuando era joven, “tú escribes poesía porque eres maricón, y te dedicas a la música porque eres maricón”.

Pero ¿qué habías visto o percibido para que digas eso?

Había un miedo, muy aparte de las lecturas que yo frecuentaba eran de autores homosexuales: Wilde, Whitman. Por eso la gente tenía esa visión, si leías a ciertos autores te encasillaban de esa forma. Ahí radicaba el miedo de los primeros poemas, que eran más odas a ciertas cosas, homenajes a otros autores como a Vallejo, Wilde, y también se sumaba Julio Herrera y Reissig.

Según iba avanzando la carrera no me sentía del todo cómodo, es que el miedo se agiganta. Ya es un gigante cada vez más grande, que radica en el hecho de cómo te puedes dedicar a la poesía.

Si es más pernicioso por qué decidir seguir empecinado con un propósito incierto ¿no lo ves así?

Siempre uno termina accediendo a las circunstancias del corazón; como decía Gelman, al final el corazón y las circunstancias que este atraviesa deciden el camino de la persona. Yo lo pensé mucho, tuve miedo también. No es nada fácil decidir dejar la carrera y dedicarse solo a escribir. Inclusive me fui a Lima algunos meses a intentar meditar, estudié fotografía allá y todo, pero…

¿Cómo respondió tu familia a tu decisión?

Complicado. Hubo mucha tensión en casa por mucho tiempo; no solo por las familiares directos que son la familia que vive contigo en las cuatro paredes. También lo había con la familia con la que había crecido. Reaccionaron, sí, hubo preguntas, como “por qué vas a dejar la carrera”. O también comentarios como, te hemos pagado la universidad tantos años para que no la culmines. Y sucede que el mismo hecho que te den la contra es motivación para que esa persona que este indecisa termine haciendo de su visión una práctica.

Yo no tenía la certeza si era bueno o no. Me lo habían dicho, pero aún no cuajaba bien en mí la idea. Pero sí tenía confianza que lo iba a realizar, que iba a llegar a algún lado, y el tiempo, al final, terminó abriéndome el camino para seguir avanzado. Fue un principio muy duro, los primeros tres o cuatro años, pero al final empezamos a caminar por mejores tierras.

¿Luego viene el Círculo de poetas de la UCV?

Sí, se forma en el 2013, y yo estaba en Lima en ese entonces. Manuel es quien me llama, era una época en la que ya había salido de la universidad, incluso había trabajado dentro de la universidad también. Pero no sé cómo entonces Manuel logra conseguir mi número, porque yo me había incomunicado de todo el mundo. Había cambiado de número, y no quería mantener contacto con nadie, dado que, eran momentos difíciles en los cuales yo me empezaba a dar cuenta que quizá no había escogido el camino correcto… y estaba tratando de hacer memoria y ver si podía reivindicarme o saber si todo estaba perdido.

Así que Manuel en ese trayecto consigue mi número, pero lo hace y me llama.

¿Te acuerdas qué te dijo?

Me dijo, Adrián estoy formando el proyecto de la universidad, es un proyecto que tiene mucho para dar, y me preguntó directamente ¿Adrián, tú aún perteneces a la universidad? Y yo le digo, en realidad no Manuel, y es muy probable que me pase a la UPN porque estoy tratando de reivindicarme y acabar la carrera. A lo que me respondió, qué pena cholo, porque me gustaría que vengas y que formemos este grupo; por aquí hay uno que otro chico como Octavio Solano, Fiorella Boy, han pertenecido al proyecto y que están dentro de la universidad y sería muy bueno de volver a juntarlos.

En síntesis, me dio para pensarlo un tiempo. No lo pensé mucho, en realidad terminó ganando el sentimiento y le dije, la otra semana estoy en Trujillo. Vine, nos reunimos, me explicó todo el proyecto. Comenzamos, lo fundamos, y ahora el proyecto tiene cinco años.

Qué buenos recuerdos tienes del proyecto que continúa hasta ahora ¿Verdad?

Las reuniones, la complicidad de los primeros miembros que tuvieron la misma idea que quizá yo tuve cuando dejé la universidad; la consigna de dejar todo por la poesía y ponerse a escribir nada más, o alquilar un departamento entre todos y solamente dedicarnos a escribir. Luego, cada uno, pasados los años pisaron tierra y se dieron cuenta que debían acabar sus carreras; a pesar de que eran muy buenos escritores y lo siguen siendo. Al final fueron pocos los que optaron por dedicarse de lleno a la literatura. Creo que de ese grupo solo quedamos Rafael Ríos Cárdenas y yo, que seguimos apostando por este oficio.

Cada uno de los integrantes regresó a un camino más o menos que tenían trazado ¿Se puede establecer que la rutina mata a la poesía?

No la mata, creo que la complementa. El caos es necesario para la poesía, sin caos no existiría poesía. No soy muy partidario de la poesía que te muestra las cosas bonitas de la vida y te dice que la poesía es la luna o esto de aquí, creo que la poesía nace del caos. Y sin caos uno no puede escribir. Por eso siempre recurro a la ciudad de Lima y ese caos me da mucho por decir; recurro a ella cuando estoy estreñido, harto. Ahí, en esas escapadas, existe alivio entre el caos.

Supongo que la siguiente pregunta es complicada y a su vez la más simple, y tampoco creo y espero que la reduzcas a “¿Qué es poesía? ¿Y tú me lo preguntas? Poesía… eres tú”, parafraseando a Bécquer. Al final de todo, y otra vez, ¿qué es poesía?

La poesía es el grito y para gritar a veces tampoco es necesario tener una garganta, es el grito que nace del caos. Me gusta mucho la poesía de Bécquer, crecí leyendo su poesía y así como leí, también la refuto.

La poesía es el cuestionamiento, el tener qué decir, la molestia. Eso es la poesía.

Tú, en un poema de tu primer libro, escribes “ Y entonces solo hay un poema que hable de todo/ de volver en la noche/ de ser el límite de la sombra y cubrir la ciudad con la oscuridad del humo…/” ¿Te refieres a la oscuridad que alberga cada uno, a ese grito que mencionaste antes?

Sí, pero hay muchas formas de interpretar un texto. De modo similar, sería mentirte lo que pensaba cuando escribí ese verso. Creo que gran parte de los textos que alguna vez salieron de mí, fueron en momentos de trance que no recuerdo, de los cuales no tengo la menor idea en qué momento los escribí, pero que estaban ahí. De repente, no sé, camino por la ciudad, quizá molesto por el tráfico, por la luz que refleja en los metales y no te deja caminar tranquilo. Ese tipo de cosas son las que dan surgimiento a la poesía. Montalbetti dice que la poesía nace de las cosas que encuentra por la calle; puede encontrar un letrero mal escrito con una deformación horrible del lenguaje y ahí hay un inicio de un verso.

Nunca me ha gustado forzar la poesía, debe de salir cuando tiene que salir.

Surgen esbozos que se dicen y se practican de distintos modos, donde el poeta regresa sobre algunos versos, como si fuese un trabajo de oficina. Y yo te he escuchado decir, que es más un golpe que entra y sale.

El oficio de maquinista y de escritorio hay que dejárselo para los narradores. Para ser narrador sí debes dedicarte tantas horas al día y ponerle dedicación; porque en la novela o cuentos se demuestra la capacidad literaria del autor para poder construir los escenarios y describirlos. La poesía en cambio es más sustancial, instintiva, sale en el momento que menos esperas. Juan Gelman decía, “la poesía es esa señora que viene te toca la puerta y está contigo una semana, un mes, luego se va y después de acostarse con medio mundo regresa otra vez a tu puerta, quizá al año o a los dos años, y no hay más remedio que dejarla entrar”. Al final no puedes vivir sin ella.

Hablemos un poco de “Sobre la muerte de las arañas” tu primer poemario ¿Cómo surge?

Ese primer libro tuvo en realidad muchos rostros y cuerpos. Creo que el libro ha sido descuartizado tantas veces como se me ha dado la gana, y el final del libro termina siendo un desahogo de una etapa muy difícil. Yo sufro de trastorno de ansiedad generalizada, y era difícil el hecho de mantenerme en mi casa, encerrado, con miedo de salir a la calle, por creer que algo podría suceder. En esos encierros surgen los textos que son puñetazos al mal momento que uno está atravesando.

La última sección del libro son poemas distintos, son un rescate de años anteriores. En cambio, las dos primeras partes son el desahogo de ese Adrián que no sabía qué hacer y, sin más, encontró en la poesía su único medio para poder expresarse.

¿Crees que te desdoblabas de ti mismo? Lo hizo por ejemplo Fernando Pessoa con Alberto Caeiro, Álvaro de Campos…

El caso de Pessoa es interesante. Es uno de mis escritores favoritos, y el tema de sus heterónimos con el universo pessoano es fundamental en la lectura de todo aquel que quiera dedicarse a las letras.

En cuanto al desdoblamiento, no tanto, siempre fui consciente que el autor era yo, pero eran momentos que luego de haber escrito el texto yo no lograba recordar en qué momento se había escrito. Yo los leía semanas después, si no tuviesen mi nombre al final, habría jurado que eran de otro autor.

 

Ese autor ha sido finalista del Premio Copé, y dentro de lo cual muchas veces se te ha escuchado decir que eran poemas guardados los que presentaste a la Bienal de Poesía. Intuyo que se es poeta desde que… se levanta hasta que se duerme, un cazador de imágenes ¿Es así?

Uno termina siendo poeta por mayoría de votos. Tampoco se empieza a escribir con la finalidad que te llamen poeta o escritor, al final la gente te pone esa denominación. Al final terminas aceptándola de buena o mala gana.

Sí, concretamente me presento al Premio Copé, y evidentemente no había escrito un poema nuevo en un año, quizá. De igual manera, no me iba a poner a escribir un poemario en un par de semanas para el concurso; no lo veo factible. Entonces lo que hice fue abrir carpetas que tenía en la computadora y comencé a rescatar algunos textos de hace buen tiempo, y logré armar un libro donde rescato episodios del acontecer familiar ligados a primera lectura: temas de la Primera Guerra Mundial. Trato de darle un ambiente o lo que se denomina autoficción en la poesía. Tengo textos donde ubico a mi padre en un campo de concentración.

De ahí que mi intención de presentarme no era ganarlo ni mucho menos, ya que, sabía que los ganadores tienen poemarios trabajados, con un tema específico o son dados a autores con alguna trayectoria. Yo vi el concurso como un filtro, era para conocer si mi oficio tenía alguna réplica. Pasaron los meses, y sin mucho ánimo ni expectativa me había olvidado del Premio Copé.

¿En qué tiempo se presentaba?

Yo lo presento el último día de entrega que fue dos meses antes que mencionen a los premiados. Me parece que fue entre agosto y septiembre, yo lo envío el último día sin mucha esperanza. Ya para el día que se anuncia los ganadores en la página de PetroPerú, un amigo me llama y me dice, Adrián felicitaciones por el Copé. Le pregunto ¿Gané? Y el me vuelve a decir, no, pero quedaste finalista. Me pasaron la página web y pude identificar a Alfonso Sánchez y Juan Villacorta, y a algunos amigos de Lima como Florentino Díaz.

Después de ser finalista en Lima mucha gente se empezó a interesar por mi primer libro. Pienso que estos concursos, más que ser un premio a la poesía son una tribuna que funciona como una radio para que sepan quién eres.

¿Crees que estos premios son muy reticentes con voces jóvenes?

En realidad, lo son mientras no ganes. Yo creo, y es lo que pasa con un grupo al que yo suelo criticar mucho y es Grupo Sub25 de Lima, son chicos con mucha pasión y entusiasmo por propagar la cultura, por querer lanzarse a la poesía, pero… también son muy criticados por no encontrar un camino. Inclusive recuerdo aquellos posts donde criticaban todos los premios literarios habidos y por haber, más adelante, curiosamente, uno de sus miembros que es Valeria Román Marroquín -que considera la escritora más destacada de su grupo- gana el José Watanabe.

De pronto ese premio se convierte en el mejor para ellos. Ya no lo criticaban, era ahora el más rescatable de todo el Perú. Ahí radica la falta de coherencia de estos jóvenes. Como lo dijo Antonio Gamoneda en una conversación que tuvimos, “ojalá que con el tiempo se den cuenta”, y las palabras siempre ponen las cosas en su sitio.

Pero en tu caso en particular ¿Crees que aquí en Trujillo tienes cierto rechazo? También muchas veces te han señalado como un posero y no como un poeta.

Es parte de, siempre hay un rechazo de la gente que no considera que mi trabajo literario está fuera de su zona de confort, o de la estética o licencias que ellos creen que debe tener un poema. Pienso que en su momento los grandes poetas fueron criticados por no hacer cosas que estaban dentro del estándar conocido, pero sí considero que para escribir se debe tener criterio estético y de responsabilidad. He llegado a un punto de no poder leer poesía que no me cuestione o me obligue a pensar.

Sin ser política, necesariamente…

Exacto. Sin llegar a ser panfletaria.

Has usado la palabra estética ¿Cómo se consigue dentro de la poesía tal estética?

Evidentemente hay que desligar. Pienso que una conversación común y corriente con una persona carece totalmente de estética, es una charla que no va más allá; en cambio en la poesía se debe tener el uso de las figuras literarias como de las licencias que te dan una oportunidad más grande dentro de la poética. Abandonar por ejemplo… Entré a una habitación y ella estaba tomando un Starbucks y me reí con ella. Son cosas que vienen realizando estos jóvenes, que quizá son hechas con una buena intención, pero se olvidan de la estética. Sí se puede usar estos recursos, claro que sí, pero de otra manera, por consiguiente, estos poemas están dirigidos a personas que no leen. Son poemas que no dicen nada, y solo describen una situación amena.

Pero remontemos al pasado. Ejemplos de Eielson con palabras como: pene, axila, vagina. O el mismo Málaga usando: pechuga. Ellos alteraron la normalidad dentro de la poesía, sin embargo, el poema parece estar intacto, sin quiebres, con cadencia. 

La consideración es simple, decir una lisura en el momento exacto cuando debe decirse es mucho más válida que decirla por cualquier motivo. En la poesía pasa exactamente lo mismo. Hay que saber poner las palabras adecuadas dentro del poema sin perder sensibilidad. Yo admiro mucho a esos autores que pueden demostrar sencillez y sensibilidad en un poema sin grandes metáforas, cito a Gamoneda, Eduardo Chirinos. Tienen una poesía que llega a entrar en ti.

Lo cual es un acto inconsciente…

Inconsciente, pero viene de la práctica del escritor.

Poetas como ellos, que han tenido cerca la poesía toda su vida; por eso tienen la facilidad para crear imágenes, desde el ejercicio. Hay en cambio poemas que están llenos de figuras y no te dicen nada, cualquier versificador puede entrar por ese camino, pero se trata de ir más allá, generando atmósferas. Al final uno se da cuenta cuando el poema es forzado.

De ahí que, dentro de la poesía se pueda invadir cualquier tema ¿cierto?

Juan Gelman decía que el único tema de la poesía es la poesía, y puedes escribir acerca de todo. Así que para él no existía la poesía política, social, de amor. Poesía es poesía. Su tema es general, global y se puede escribir de lo que te dé la gana, pero hay que saber cómo escribirla. No hay que faltarle el respeto, hay muchos autores que, en su afán de ser poetas, no lo son. Actualmente abundan.

Si nos remitimos a espacios geográficos ¿Está centralizada la poesía en Perú?

Creo que en todos lados las grandes ciudades absorben todos los ojos de la crítica. Conozco muchos jóvenes que quieren irse a Lima, solo por el mero hecho de conseguir un comentario positivo de un autor grande; el centralismo es innegable. Situación irónica porque en los concursos literarios los premiados son del interior del país, y es injusto que por no residir en Lima y no participar en los eventos literarios que organiza el canon literario seas invisible. Ahí empieza el problema con grandes autores que no son leídos.

Dentro de tus autores a los que siempre regresas, fuera de Juan Gelman ¿Cuáles han sido influencia para ti?

La influencia tiene muchos rostros. Uno termina escribiendo de lo que lee, también. Y sí, tengo autores a los que regreso. Caso Juan Gelman, luché mucho para conseguir sus libros, -en Perú- aquí tienes que buscar bien.

¿A qué edad leíste a Juan Gelman?

A los veinte o veintiún años. Hoy es más fácil conseguir sus libros, por ese entonces no lo era. Tenía que valerme del Internet para leerlo.

Otro poeta que leí a esa edad es Fernando Pessoa, lo considero el tótem de la poesía con César Vallejo. Los dos son los grandes poetas universales. Por ahí está Oscar Wilde también; mucha gente no conoce la poesía de Wilde, pero es una poesía sumamente elegante, hermosa. Al leerla te das cuenta de que ha sido escrita por un hombre de extrema sensibilidad y que murió joven y castigado por las creencias de ese tiempo. Otro es Charles Simic, autor que sigue vivo, él reside en Estados Unidos y ganó el Premio Pulitzer de Poesía en los noventa con un libro llamado “Un mundo no se acaba”.

Peruanos, Chirinos, por ejemplo…

¿Y dentro del entorno norteño?

Hay grandes poetas, inclusive jóvenes. Pienso que Octavio Solano es un poeta con demasiada proyección, pero no ha tenido la oportunidad de publicar un libro. Hay otros jóvenes que están luchando para ser escuchados, pero tampoco se trata de prostituir la poesía. Cito otra vez a Juan Gelman, decía: escribir para escribir, para qué, escribir para algo, escribir para alguien.

Leoncio Bueno me parece un gran autor que no ha sido muy difundido por ser eclipsado por toda su generación; lo llaman el poeta proletario, es liberteño y ahora reside en Lima. Tiene poemas que tocan la realidad del hombre que no tiene dinero y que lucha día a día por llevar el pan a su casa.

En el ámbito nacional está Eielson, Málaga, Guevara, Salazar Bondy. Se tiene poetas para escoger.

¿Crees que Perú es más una tierra de poetas que de narradores o es falsa la afirmación?

Es una tierra más de poetas, pero se hicieron más conocido los narradores. Injustamente, porque el poeta es siempre el loquito, el marginado, aquel que está fuera de las entrevistas y no debe hablar de política o la realidad social. Consideran que el sentimiento se terminará desbarbándose y terminará hablando de todo, menos del tema por el cual lo invitaron. Por eso prefieren entrevistar a narradores o periodistas.

Se podría plantear una diferencia muy fuerte entre la poesía española con sus generaciones y la poesía peruana. Al solo mencionarla, ya se está hablando de una tierra de poetas ¿No lo crees?  

La poesía peruana ha tenido la suerte, o no sé si llamarla así, tal vez la mano superior de alguien que dijo, “en esta tierra van a escribir y sus textos crearán resonancia”.

Es decir, por lo que dices ¿Crees en Dios?

Creo en Dios, pero no considero la idea de pertenecer a una religión tan cuestionada como el catolicismo o el cristianismo. No puedo. Mi madre en su momento nos dio a escoger si queríamos confirmarnos o no, y ninguno de mis hermanos está confirmado.

Acceder a los libros y a la historia es primordial, ahí me di cuenta de que la iglesia católica no era como la pintaban en los cursos de religión. Es una iglesia que ha sido envuelta en casos de corrupción. Tenemos un caso reciente, el tema del Sodalicio, investigado y publicado por Pedro Salinas. Se debe explicar o cuestionarse ¿Debo pertenecer a una iglesia para justificar una creencia?

¿El respeto a Dios también se puede dar refutándolo? Lo menciono porque en algunos poemas está la figura de Dios siendo humano y hasta contestándole.

La mejor forma de respetar a Dios es faltándole el respeto. Termino cuestionando mucho a Dios y su función. En uno de los poemas que envié al Premio Copé, digo que Dios quería mudarse y poner su casa en un país mucho más grande como Alemania o Rusia donde podía dejarle los asuntos a alguien más competente que él.

También resulta curioso que el mundo de los pájaros, las arañas y otros animales, terminen siendo un mundo poético para ti.

Uso el simbolismo de los animales, no tanto, pero sí algunas veces. Sobre todo las arañas, porque siempre me han llamado la atención debido a que me enteré de muy joven que las arañas solo vivían un año; me pregunté, cómo sería el hombre si solo viviera un año, en qué se resumiría toda esa vida. Y teniendo en cuenta que las arañas usualmente no se mueren, sino que las matan o porque se enferman antes del año.

Otro tema recurrente en mi poesía es mi abuela; aparece hasta en poemas que no han sido publicados nunca y que permanecen escondidos en un borrador. La muerte de mi abuela me marca mucho a los 15 años, que es justo la edad en donde conozco a Manuel Medina y comienzo a desarrollar el tema de la poesía. La abuela era la matriarca y por un descuido se nos va, yo siempre sentí que ella no quería irse.

Hay una anécdota que siempre cuento, el día de su funeral yo escuchaba su voz pidiéndome auxilio, y yo miraba a mi abuelo en su cajón. Mi madre me contaba que mi abuela estando en el hospital decía, Adrián está abajo, anda míralo porque no lo dejan entrar. Mi madre tenía que ir y hacer como si yo estuviese abajo y decirle, ya mandé a Adrián a casa, cuando en realidad no había salido de casa.

Huyendo de tu familiaridad. Hay festivales que se denominan Slam Poético ¿Qué se puede decir de ellos?

Yo le tengo mucho respeto a la declamación. Me parece un arte, muy aparte de la poesía, creo que se complementan. Pero mucha gente confunde al poeta haciéndolo pasar siempre por un declamador. Y te marcan una idea, que el poeta debe ser quien gesticule, mueva las manos. En todo caso, se termina haciendo un daño a los declamadores y a lo poetas.

Para finalizar, hay una cita de Michael Houellebecq que dice, “no creáis en la felicidad: no existe”; ¿Adrián Alberto, eres feliz?

Creo que la felicidad existe, pero no la felicidad plena. Las personas estamos hechas de pequeños episodios, uno no puede ser feliz todo el tiempo. Uno atraviesa momentos felices, pero prima la insatisfacción.

Yo soy feliz, y a veces no. Pero disfruto mucho de la familia, de visitar a la abuela, de conversar con los hermanos. Son los momentos que me hacen más feliz, ya que, la poesía, evidentemente, no me hace feliz. Lo último que me haría feliz es la poesía.

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