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Luciana (Parte II No te olvides de ganar, yo no sé perder)
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Luciana (Parte II: No te olvides de ganar, yo no sé perder)

Frankfurt, una ciudad de alto tránsito comercial y nido de grandes empresas multinacionales, no era una desconocida para Luciana. La había visitado una vez mientras estudiaba paralelamente unos cursos universitarios de intercambio en París. Cada mes, ella y algunos amigos de distintas nacionalidades, realizaban fugaces e intensas escapadas a diferentes ciudades europeas. Frankfurt, Brujas, Lisboa, Barcelona, Londres, Roma, Berlín, fueron algunas de las ciudades que recorrieron los seis meses que duraron los cursos en París. Luciana hablaba inglés a la perfección y en París aprendió francés y un básico alemán.

La empresa le dio un coche para su traslado diario y por intermedio de unos amigos alemanes que conoció en su estadía en Francia, recibió un semiamueblado departamento cerca del centro de la ciudad, el alquiler que pagaba a los amigos era simbólico, casi ridículo. Luciana comenzaba así una nueva vida, al menos lo intentaría. Por momentos, cuando veía un avión cruzar el cielo, un cielo enmarcado por la cima de los altos edificios de la zona comercial donde ella laboraba, se sentía como si fuera Paul. Tan solo de ponerse en los zapatos de Paul y ubicarse en el instante en que él miraba despegar el avión en que ella partía para nunca más volver, se le encogía el corazón, algo en el núcleo de su alma crujía pero su voluntad por dejar atrás todo ese capítulo aún era fuerte.

Luciana aun no descubría el valor de las palabras “nunca” y “siempre”. Aquellas palabras que pesan tanto como las personas que las dicen, aquellos términos que pueden ser eternos o efímeros dependiendo del sentimiento que las genera. “Siempre” y “nunca”, dos utopías que se hacen piel y se hacen reales en labios llenos de verdad.

Lo más difícil para Luciana era cenar sola, la comida a mediodía en el trabajo era compartida con compañeros de la empresa, el desayuno era tan instantáneo como un café con leche por las mañanas y alguna merienda en una cafetería de camino a casa era una tregua de la soledad, pero las noches eran más difíciles.

Cuando caminaba a dar un paseo por el Zeilgalerie, el famoso centro comercial de Frankfurt con vista a la gran Avenida Zeil y a los rascacielos, añoraba ese cuerpo y esa alma que la acompañaban a su lado derecho, no había mano que busque la suya y la haga sentir arropada, protegida, amada. Lo mismo sucedía cuando transitaba por las calles pequeñitas y angostas del casco antiguo urbano, sentía una presencia invisible a su lado pero se repetía para sus adentros que en ese caso, que en su matrimonio incompleto por hijos, lo mejor para Paul era que se busque otra mujer que le pueda dar descendencia, que le permita ser padre, mas aun sabiendo que Paul adoraba los niños y cuando se encontraba con algún hijo de algún amigo suyo, no reparaba en sentarse al suelo a jugar con él y mimarlo con ternura única.

Esa era la premisa que Luciana se había estampado en la frente, era la idea fija que se clavó entre ceja y ceja.  Pero mientras caminaba seguía apareciendo el silencio en su mano derecha y oía una adorable y masculina sonrisa bajo la lluvia finita que caía mientras andaba de paseo.

Las noches de luna llena eran como mensajes del cielo y oler en algún extraño que pasaba por delante el perfume de Paul simplemente le ponía el día de cabeza. Paul solía usar un perfume que Luciana adoraba y que ella le regaló de manera sorpresiva, era el Eternity de Calvin Kelin, por eso era común encontrarse con su aroma en cualquier parte del mundo. Por su parte, Paul disfrutaba vestirse y oler como a su mujer le gustaba, ese alto grado de complicidad no era fruto de la rutina.

Por momentos Luciana se sentía rodeada por mensajes e imágenes que ella no deseaba encontrar, que ella no buscaba, pero que habían estado y estarían allí siempre, aunque le pese, por el resto de su vida. ¿O es que alguien puede escapar de la luna, de la arena, del sol, de las promesas de amor, de los sueños incompletos, de los amores inacabados por arranques de orgullo o la desilusión de poder ser madre? Algunos “nunca” y “siempre” comenzaban a asomar en su vida como asoma la verdad entre un mar de mentiras.

Habían pasado seis meses de su llegada a Frankfurt, y supuestamente con la cabeza algo estabilizada, una de tantas mañanas, estaba Luciana en la séptima planta de la multinacional de telefonía móvil terminando de despachar documentos a otras gerencias, instalada en su cómoda silla giratoria. Se disponía a salir a tomar un café con leche a la cafetería de la empresa. Tocaron a la puerta y sintió un raro escalofrío, no era la secretaria porque cuando le ofrecieron una rechazó la oferta. Fueron unos golpes leves de unos nudillos algo carnosos. ¿Quién? Preguntó con temor. Era Paul.

Paul avanzó unos pasos con miedo, llevaba un ramo de tulipanes en una mano y un corazón de cristal lleno de arena. Los tulipanes eran las flores favoritas de Luciana y el corazón lleno de arena tenía su historia. En un viaje que hicieron juntos a Ibiza en una de sus varias lunas de miel, tan pronto llegaron al aeropuerto, Paul se tropezó en el último escalón del avión, lo vendaron por precaución pero se perdió los dos primeros días al estar postrado en cama.

Luciana lo cuidó con esmero y por momentos salía a dar una vuelta por la playa, a caminar y observar el mar a solas. El segundo día de la recuperación de Paul, Luciana entró en la habitación con aquel corazón de cristal lleno de arena. Lo sostenía con los dedos de ambas manos, se acercó a Paul, se lo entregó y sonriendo con amor le dijo Porque cuando no caminas conmigo echo de menos las huellas de tus pies en mi arena. La arena de Ibiza o de cualquier playa eran un recuerdo, una señal, un mensaje intenso desde entonces, desde aquella Ibiza.

Paul había entrado con temor al despacho de Luciana, no pudo articular palabra alguna por más que en el avión se había aprendido un breve discurso, unos argumentos que, en el instante que debió soltarlos, nunca nacieron de su boca. Allí estaba ella, con los ojos color almendra titilando y la sorpresa recorriendo todo su cuerpo y allí estaba él, con los ojos añorantes y la garganta seca. Puso los tulipanes en el escritorio, y se dejó llevar hasta ella, la abrazó, el corazón brillaba en las manos de él, en la espalda de Luciana. Se dieron mil besos y algunas lágrimas rodaron por las mejillas de
Paul. La esperó a que termine de trabajar, esa espera fue una minucia comparada con los seis meses que pasaron separados, se le hizo corto el tiempo pero larga la impaciencia.

¿Qué hago allá en México sin ti? ¿Qué haces tú aquí sin mí? Pronunció Paul a la salida del despacho de Luciana, le  cogió de la mano, caminó a su derecha como siempre debió ser. Llegaron al departamento, cenaron, hicieron el amor y hablaron por horas de todo lo que les había sucedido. Luciana y Paul nunca follaban ni tenían sexo, solo sabían hacer el amor, no importaba la forma ni el lugar, la pasión no era una deuda pendiente entre ambos, la necesidad de tenerse hacía que la ternura fuese el canal inicial y delicado para iniciar cada encuentro, cada noche.

Luego conversaron de todo lo vivido en su ausencia, entre sonrisas tímidas Luciana dijo que mientras más lejos se había ido de Paul, más cerca lo sentía, más oía su respiración por las noches, más comprendía que huir no era una solución sino introducirse en una duda redonda como un círculo vicioso e interminable.

Luciana pidió licencia en el trabajo y al día siguiente partió con Paul a Berlín, la ciudad del muro caído, de las barreras rotas, de las mentiras destrozadas, eso era para ellos Berlín. Disfrutaron cada instante como si fuesen a morir al día siguiente y una semana después ambos cogían el vuelo a México. Mientras Luciana miraba por la ventanilla cómo quedaban atrás los últimos trozos de costa de Alemania, se despedía de una ciudad que no debió tenerla, pero a la cual le agradeció los seis meses de inútil intento de olvido: ¡Danke Deutschland!.

Paul se acercó a la ventanilla, a escasos centímetros del rostro de Luciana y susurró: No te olvides de ganar porque yo no sé perder.

Puedes leer la parte 1 aquí del artículo del irredento urbanita: Luciana (Parte I: No hay tierra sin cielo). Por Valery Bazán

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