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Jesús Escamilo Jara
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«Las cosas que nunca dije», crónica barcelonesa sin bailes ni despedidas por Jesús Escamilo Jara

Jesús Escamilo Jara

La última vez que escribí y quise sacarme de encima las palabras fue hace más de un año. La última vez que estaba sentado pidiendo que me publiquen un texto, un cuentito, o un poemita estaba al otro lado del mundo, y vivía en un tercer piso, y la casa estaba compuesta en su cimiente por miembros evangélicos. Por el contrario, a cambio de los discursos bíblicos, yo leía poesía en la terraza de ese tercer piso y algunas noches me escapaba de mi habitación solo para quedarme dormido en un piso de cemento. Para entonces, ese era mi refugio contra el aburrimiento, estar semidesnudo mirando el cielo; aunque realmente lo que observaba en muchas ocasiones me parecía que no era el cielo, sino una manta negra o el vuelo de moscas que se perseguían en una especie de acrobacia circense.

Vivía de otra forma, aunque, qué mierda es esto de otra forma, aun no sé muy bien que quiero decir, excepto porque ahora estoy en otra ciudad y con otra gente. Y aquí hay metros y ferrocarriles; allá colectivos verdes y de más colores, y combis asesinas y baches alucinantes que bien podrían animar a un ciudadano europeo promedio a meterse la mano al bolsillo del pantalón y fotografiar tal escena. Y, sin embargo, a pesar de la cotidianidad de dos distintas ciudades, yo sigo asomándome por mis interiores de la misma manera: destrozando todo por dentro; tópicos nocturnos, la soledad.

Entonces ha pasado casi un año. Vivo en este otro lado, y muchas situaciones han cobrado sentido; sin embargo, igualmente han llegado al mismo punto, uno sin retorno, donde parece que vivo siempre. Quizá, la última vez que publiqué algo como esto, las palabras tenían tristeza y despedida, y hoy en esta ciudad que me enseñó a leer a Piglia, a Pennac, y a Stiglitz, la tristeza no se puede mezclar con la dejadez porque en Barcelona todo parece avanzar. Hasta las angustias asumen las velocidades de los metros. Y yo me siento extraño, en una ciudad que crece cada día, mucho más ahora que comienzo a escribir, me parece que ni mis palabras me acompañan.

Pero todo sigue, la descomposición de la tristeza no da para más.

En cualquier caso, también en un año sin publicar me enamoré de S. Somos dos peruanos que se volvieron a ver después de haberse visto solo una vez en Perú. Y ahora nos encontramos en una ciudad de la que sabemos poco. Parece el azar, el destino, no sé cómo carajo llamar a nuestro encuentro, pero sucedió así. Volviéndonos a encontrar en una ciudad que no es nuestra, por unos mercados y unas tiendas a las cuales uno debe habituarse y saber pagar por bolsas plásticas. Ni modo. No nos quedó de otra.

Desde luego S. y yo somos demasiados distintos; ella es tan alegre que a veces me da hasta envidia que sea así. S. bromea, canta, y seguramente que cuando no nos vemos sigue bailando en su habitación o entre los pasadizos del piso donde vive ahora. Por el contrario, nunca he bailado con S., me hubiese gustado que en algún momento ella y yo entráramos a una de estas discotecas donde uno tiene que pagar en euros –tampoco es que sean tan caras, pero me da mucha risa pagarla en euros que, en soles, aunque la moneda aquí sea el euro, siempre me acuerdo de la monedas sueltas que reunía en Perú para pagar cualquier cosa- pero no llegamos a ir y creo que no lo haremos. Las razones de las despedidas son muy largas de explicar, y la verdad es que ni S. ni yo supongo que lo haremos. En ese sentido, no bailar es una especie de despedida, una reprimenda a la memoria,  y será para nosotros el adiós más extraño. Nunca advertimos esta forma de alejarnos.

Hoy domingo bailará danzas peruanas en una Fiesta llamada La Mercè aquí en Barcelona, y yo, en el momento que la aplaudan, estaré entre los metros haciendo lo que quise hacer desde mi primer día en esta ciudad, irme sin rumbo a todas partes, a donde planeen llevarme los metros. La probabilidad que la encuentre no existe, y eso me instala en un sueño cristalino y plagado de ausencias. Por cierto, me parece mejor irme en chandal y con alguna polera, y llevar también el primer poema que le escribí a ella . Probablemente también lleve las cartas, las fotos y los papelitos garabateados que teníamos juntos. Quiero decir que hoy por la tarde llevaré toda la pena del mundo y pensaré que las líneas de transporte no se moverán debido al peso excesivo de lo que significa un adiós sin baile y sin música. S. seguirá bailando y yo la veré quizás otro día. La veré de lejos y atinaré a decirle: discúlpame y gracias por todo. Aunque las palabras nunca lleguen a sus oídos, se las diré al viento y a su sombra que seguramente me verá como al hombre que empezó a amar.

La última vez que escribí, me ocurrió lo mismo, mucha vida mientras estaba sentado frente a una hoja en blanco.

 

Poema

14/09/2019

Para S.D.

 

Hay noches que me levanto

Y me veo mi sombra adormilada en un catre de madera

Para entonces recorro mis piernas lampiñas

Mi pecho echo de madera

Mi sexo envuelto en tejido y tristeza

Y lloro.

Contingente/ perdido

Delante de la puerta de los metros

Mi cuerpo deshabitado de su propio cuerpo

Me mira

Y sigo solo.

Por: Jesús Escamilo Jara

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