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Trujillo Beat

“La vida es un rival duro de noquear”, crónica de Milver Ávalos Miranda desde México

Fidel sufre de desnutrición, tiene 6 años y trabaja en la calle por orden de su padre. La acera ha endurado sus sueños y su único objetivo es irse lejos de su padre, por ahora. Esta crónica de Milver Ávalos Miranda narra la realidad de un pequeño mexicano expuesto a mil peligros en el DF.

  • ¿Puedo limpiar tu casa? —me pregunta Fidel—. Un bato me dijo «que eres extranjero y que tu cuarto es un desmadre»
  • Soy extranjero, pero mi cuarto no está tan mal que digamos —respondí un poco sorprendido a la propuesta de del niño—. Además eres muy pequeño y yo puedo hacer limpieza de mi desmadre.
  • Trabajo para ganarme unas monedas y así poder llevar algo a la boca —expresa en un tono suplicante—. Dejaré tu recámara impecable, dame un chance.
  • Te puedo invitar a comer o te doy unas monedas, pero no puedo permitir que un niño trabaje —replico.
  • No puedo aceptar los pesos ni la comida. Me acostumbré a ganarme el alimento y mis medios. Tengo fuerzas suficientes para hacerlo, aunque me veas flaco —repuso en un tono molesto y enérgico como un gallito fino de pelea que no se amilana ante el rival—.

Con esa respuesta él me dio una cátedra de dignidad humana. Me enseñó que el pan que uno se lleva a la boca se lo debe ganar con sangre y sudor, que no se debe tener miedo a la adversidad, que se debe poner el pecho a los problemas que nos toca vivir.

Fidel tiene seis años de edad, pero por la talla que mide parece que tuviera cuatro. Su peso no concuerda con su edad y su estatura; la desnutrición le va dejando marcas notorias. A leguas se ven sus grandes dientes de color negro, como el quemado del arroz. Posee las palmas de las manitas duras, y pequeñas manchas de color negro de tanto refregar la estufa de la cocina del restaurante en el que trabaja los fines de semana para poder sobrevivir el resto de días.

Él sueña con ser un boxeador, pero aún no sabe que le toca enfrentar al rival más duro que es la vida.  No pelea en un cuadrilátero, pero sí esquiva los golpes cruzados que le da la vida y los madrazos que le da su padre y madrastra; desde que amanece y hasta que anoche, prepara esa mano derecha en uve y le pone el pare a las dificultades y saca un zurdazo cruzado a su negro destino; aunque en muchas ocasiones esos puños se vayan en vano. No tiene un entrenador que le enseñe la técnica del boxeo, pero tampoco cuenta con un padre que le instruya como enfrentar los peligros de la mísera vida. Lo único que tiene a su corta edad es las ganas, sueños y un negro porvenir.

***

  • Vamos al parque, Fidel —le digo en un tono suplicante
  • Al parque van los niños. Vamos a un casino o un tragamonedas —me dice.

Nos dirigimos al traga monedas. Él corrió más rápido, en cuanto vio una máquina, llevó su manita diminuta al bolsillo, luego al huequito en donde se echa las monedas. No le dije nada, porque es un niño rebelde y te responde mal, es entendible, porque él anda a la defensiva después de tantos golpes que recibe en casa. No le hago bulla ni con la respiración, atino a mirarlo nada más. Después de unos dos minutos, hace un pocito con sus manos y las dirige al hueco de la máquina por donde arroja el dinero; por último, alarga sus pasos hacia mí y exclama: «Ayúdame a contar todo el dinero que gané. Te das cuenta que soy un chingón en el juego». Al percatarse de mi mutis, vuelve a la carga «cuenta el dinero imaginario, brother».

Luego, me invita a sentarnos a una banqueta para poder platicar como dos hombres experimentados que saben las dificultades de la vida al revés y al derecho. No espera ni un segundo y me bombardea de preguntas como un periodista.

  • ¿Tú trabajas o estudias? ¿por qué viniste a un país tan horrible como México?—.
  • Tu país es bonito, algún día cuando salgas de tu tierra, extrañarás a tu familia y a tu lugar de origen—. Respondo
  • Si pudiera irme lejos, lo haría sería muy feliz. No extrañaría a mi padre, porque me golpea a diario. Él me roba mi plata. Yo tengo que trabajar para darle para su droga, si no lo hago me masacra a golpes, mi madrastra hace lo mismo—. Replica con una voz lúgubre.
  • ¿Por qué no te vas con tu mamá?
  • Mi padre me prohibió que la viera. En casa no puedo mencionar el nombre de ella. Él dice que ella es mala, que nos abandonó a mí y a mis dos hermanos pequeños. No vayas a decir que hablé de mi madre, por favor—. Me dice despacito al oído.
  • No diré nada. ¿Tú que piensas de tu madre?
  • Ella es buena. Les da comida a escondidas a mis hermanos. Cuando éso sucede, yo vigilo que no nos vea mi madrastra, porque mi padre para drogado que ni se percata, pero la vieja esa es la pendeja que cuenta todo—.
  • ¿Tú mamá no te da nada a ti?
  • Y, lo entiendo. Ella slo tiene dinero para comprar unos tacos para mis hermanos. El único regalo de mi madre son este par de tenis que llevo puesto, están chidas verdad—. Asevera con orgullo como un niño que enseña su mejor regalo de navidad.

Fidel tiene la responsabilidad de cuidar a sus dos hermanos, menores que él. Trabaja limpiando las casas de los vecinos, pelando cebolla y limpiando fruta en una verdulería. También recorre las latas de atún, de frejoles, botellas de cerveza y gaseosa para que luego los venda y lleve algo a casa. Si alguien le pide que baile sin polo no lo duda ni un segundo, no le importa el clima; solo piensa en el dinero.

Él aprendió a desconfiar de las personas, porque sabe que la calle es una jungla de cemento y de fieras salvajes. A temprana edad, le tocó desarrollar el olfato de un sabueso y la vista de un águila, para que su padre no le robe el dinero que esconde en un chanchito, que no piensa romper hasta que sea millonario.

Foto: Animal Político

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