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Vicky Cristina en Barcelona
Trujillo Beat

La Vicky Cristina que no conoció Woody Allen

No soy amigo, para mi mala fortuna, de la rubia quitasueño Scarlett Johansson, protagonista de la recientemente estrenada película «Vicky Cristina en Barcelona», dirigida por Woody Allen. Soy, para mi buena fortuna, amigo de Vicky Cristina de Hannover, homónima de la protagonista del film de Allen. Una risueña y palomilla alemana a quien conocí por internet cuatro años atrás. Fue por esas bondades del mensajero instantáneo que ideó el omnipresente Bill Gates, llámese Messenger, que esa fortuita amistad se fortaleció tras largas y extensas conversaciones vespertinas para mí, pero noctámbulas para ella.

Así se desarrolló la conexión amical Trujillo – Hannover, sin norte alguno a la vista. Pero con el placer de disfrutar de una charla bien condimentada con una teutona cuyo coeficiente intelectual miraba de arriba abajo al mío. En ese entonces nunca imaginé que la pasada primavera un avión de Lufthansa la traería a Barcelona para estudiar un semestre en una universidad catalana. Todo por una fina cortesía de las becas Erasmus, mal llamadas “orgasmos” debido a la excesiva confraternidad y amoroso compañerismo reinantes entre los universitarios extranjeros y españoles en esos semestres inolvidables de juerga en tiempos de clase y estudio en tiempos de juerga.

La Vicky Cristina que yo conocí, no la que Woody Allen inventó, vive en una casa de ensueño allá en una calmada pradera germánica, rodeada por dos mil metros cuadrados de jardín y donde es raro saber el nombre de los vecinos. Como es conocido en nosotros los seres humanos, añoramos lo que no tenemos y, por momentos, llegamos a detestar o mandar al rincón de la monotonía aquello que nos ha costado conseguir. Vicky Cristina  y sus ovalados ojos celestes querían conocer como es la vida. Deseaba sentir la estela de estrés que la gente trabajadora deja en su trayecto rumbo al metro y percibir, con sus cinco sentidos, el escalofriante bullicio de las ambulancias, los vocingleros niños saliendo del colegio y la descalabrada sinfonía de motocicletas al activarse el verde del semáforo. Estos símbolos sonoros le hablaban de algo que ella se había perdido por años.

La vida estaba en la ciudad. Nunca antes vi a alguien disfrutar tanto del espectáculo de la vida urbana. No es distinto el asombro que ocasiona Lima a los migrantes de nuestra sierra peruana comparado con la quijada caída de Vicky Cristina al observar como el mar Mediterráneo devoraba los barcos de la marina mercante y cruceros mientras estos se alejaban del Puerto de Barcelona. No perdía de vista las lucecitas de las naves que se marchaban con destino desconocido. Ya sea por aire, mar o tierra, siempre las luces robaban su atención.

A Vicky Cristina, la de Hannover, no la de New York, no la volví a ver hasta dos meses después de su llegada. No respondía los mensajes de texto al celular, ni tampoco correspondía a mis llamadas, hasta que un día la encontré en la Barceloneta rodeada de jipis con apelmazadas rastas, olorosos músicos callejeros y becarios de Erasmus con pinta de no gustarle los estudios. Había visto tantas luces que se había cegado. Se había transformado. Me contó que seguía las luces nocturnas, cada fin de semana, hasta recalar en sus discotecas favoritas, Razzmatazz y Pachá. Se había convertido en una asidua concurrente de esos epicentros de la fiesta barcelonesa y era protagonista de su propia película. Porque en Barcelona todos somos especiales, me dijo mientras agitaba una cerveza con la mano derecha para luego apuntar, con la misma cerveza y la misma mano, en dirección al grupo de amigos suyos que se marchaba hacia la playa. Mientras me daba los dos besos de despedida, yo me preguntaba que de especiales tenían esos desconocidos. ¿Dónde estaba la luz que ellos desprendían?

Mil preguntas rondaban en mi cabeza pero un solo olor comenzó a acariciar mi nariz. La fetidez de la marihuana, depositada en mis mejillas tras despedirme de Vicky Cristina, había iniciado su labor y ni corriendo logré salvarme de ella. La luz más fluorescente que había descubierto Vicky Cristina no provenía de la ciudad, tampoco de la noche. Una semana después la llamé y sí contestó el teléfono. Me contó que lo vivido en esta ciudad no lo olvidaría nunca. Que Barcelona era una ciudad viva, que le gustaría vivir en ella siempre. Pero sobre todas las cosas, había aprendido que París, donde pasó un mes de vacaciones, no es la Ciudad de la Luz.

No sé si iré a ver la película Vicky Cristina en Barcelona. Woody Allen no me cae bien, cada vez que la crítica y el público endiosan a alguien, lejos de inmunizarlo, cometen el error de hacerlo antipático. Su cara de triste pato con lentes y andares de yo no fui, nunca me cuadraron. Vicky Cristina, la alemana claro está, me hizo recordar, por ironía de la vida, un verde, y si cabe, jamaiquino refrán. “La marihuana causa amnesia… y otras cosas que no recuerdo”. Firmado: Woody Allen. 

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