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La última hora de ejecución cuento de Howard Varas
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«La última hora de ejecución», cuento urbano de Howard Varas

«La última hora de ejecución» es un cuento sobre criminalidad organizada y corrupción –ambas características de nuestra ciudad–, escrito en clave de ciencia ficción, con un estilo breve y conciso por Howard Varas, escritor y abogado.

«La última hora de ejecución»

Esa noche nos enteramos del hecho por un periódico de mala muerte. No recuerdo cómo terminó involucrándose en la mafia del Banco; quería trabajar sencillamente, ganar un poco de dinero, tener tiempo suficiente para sus placeres. No imaginó siquiera, ni en sus peores pesadillas, la naturaleza contractual del vínculo que le sujetaba con la empresa.

–Éstas son básicamente tus funciones… –le explicó puntualmente Manuel Rossini, aquel día de enero, cuando el cuerpo se recuperaba de las fiestas del Año Nuevo–. Tienes una cartera de dos mil clientes con cuentas sobrevencidas que, por diversas razones, ajenas a nuestro sistema, no han sido canceladas a la fecha. No queremos invertir más de la cuenta. Este año el presupuesto está fríamente calculado. Ya sabes, somos transnacionales y un jefe tiene otro jefe; pero aquí tú eres el indicado para el presente negocio. ¿Me entiendes? Tu cartera está valorizada en tres millones de soles.

–¿Y cuánto es el sueldo?

–Eso depende de ti. Mientras más ejecuciones tengas, mayor será la comisión.

Manuel Rossini era el representante legal del Banco. Tuvieron una entrevista breve; apenas un intercambio de vagas impresiones; temas relacionados al origen del contrato, el mismo que le sujetaba de modo indeterminado a la gran mafia colombiana-peruana. Era una forma curiosa de atraer colaboradores. Dentro de sus filas militaban toda clase de individuos, con formaciones absolutamente dispares, pero con un sentido notoriamente común, como son la avidez por la coima y el dinero ilícito.

Ese verano del 2050 se inició en el mundo de los grandes negocios. A Marco Salas le importaba un carajo el resto de colaboradores: saber quiénes eran, de dónde venían, si trabajaban de buena o mala fe, le llegaba altamente. Horas más tarde le asignaron una laptop, un celular, una pistola Taurus, una motocicleta (motor 250, marca Honda) y un paquete de cartas realmente intimidantes para sus potenciales clientes. Prácticamente debía recorrer la ciudad entera a horario completo y buscar a quienes habían accedido a un crédito; la mayoría habitaba zonas periféricas, barrios populares; muchos de ellos sin trabajo ni verdadero oficio. Otros eran canallas, sinvergüenzas, ricachones que se cagaban en los préstamos y por ello pagaban con su integridad y hasta con sus vidas.

–Solamente una es la condición que te propongo, Marco. Recupérame diez mil soles diarios como monto mínimo. Tienes libertad de acción. Tú sabrás cómo me regresas ese dinero, si en especies o en efectivo, si en joyas o diamantes. ¿De acuerdo?

–Hay posibilidades, Rossini. No te voy a mentir; necesito ganar dinero. Pero déjame intentarlo…

Una debilidad o un simple acto de descaro era que el Banco tenía múltiples oficinas en el centro de la ciudad. La policía, cómplice, jamás había dado mayores sobresaltos. Además, la empresa tenía una defensa técnica y asesoramientos sólidos en cuanto a temas financieros, comerciales, contables y tributarios. Dos abogados colombianos eran la mente fría de la organización. Los demás eran simples peones del ajedrez.

Marco Salas salió al mediodía de la oficina principal, estaba un tanto mareado. Rossini le dio una palmada en el hombro, lo miró fijamente a los ojos (tenía los párpados rojos, como si no hubiera dormido horas) y lo felicitó por su nuevo empleo. El calor estaba en su máxima expresión, su cabeza giraba como un trompo y empezó a arderle las manos, el cuello, la cara, el abdomen.

En la calle había un movimiento inusual. Prendió la moto, sacó el mapa, marcó el número telefónico de su primer cliente, localizó inmediatamente por GPS su domicilio y partió esquivando peatones, vehículos y colegiales que invadían las aceras como un tumulto de procesión. Llegó hasta los barrios últimos de Florencia de Mora buscando al señor Segundo Palomino Gutiérrez, quien tenía una deuda total de cinco mil quinientos soles. Su casa era de ladrillo, de un piso, sin ventanas, con una puerta destartalada y maltrecha. Afuera husmeaba un perro vagabundo.

–¿Quién es? –se oyó una voz tenue desde el interior del recinto.

–Marco Salas –respondió–. Asesor del Banco…

–¡Ah! ¡El Banco! ¡No hay nadie! ¡Largo de aquí!

Hacía muchos años me había enterado por Internet sobre la convocatoria de mi actual empleo. Decía lo siguiente: «se necesitan 100 gestores de cobranza difícil, con experiencia para recuperar cartera pesada, contactarse a los siguientes números telefónicos: XXX-XXX-XXX. Tenemos los mejores sueldos del mercado». Mi amiga Joana Juárez me envió un correo con una lista de páginas virtuales para buscar un trabajo rentable. Yo le escribía poemas y de cuando en cuando iba a visitarla, con unos vinos, un regalito para contentarla. Vivía sola en una casa de campo, mantenida por una pensión vitalicia, acompañada de un gato negro. Era una mujer huraña. No quería vivir conmigo. El padre de Joana Juárez había sido general del ejército y falleció en el conflicto armado interno. Aunque esto por el momento no viene al caso.

–Estoy buscando a Segundo Palomino Gutiérrez. Es urgente. Tiene una deuda sobrevencida ¿Puede salir un momento?

–¡No puedo! ¡Ustedes los del Banco quieren matarnos a todos con sus tasas de interés!

–Quiero negociar esta deuda, antes que anochezca.

–¿De qué forma quiere negociar la deuda? ¿Cómo se llama usted?

–Soy Marco Salas, asesor de cobranzas judiciales.

–¿Y de qué forma me puede ayudar usted?

–Abra la puerta y lo sabrá. No me obligue a ser violento.

Cuando Segundo Palomino Gutiérrez dio la cara, estaba bañado en sudor; su rostro expresaba ansiedad. Finalmente estaba conociendo el filo de la navaja.

–Tiene una deuda total de cinco mil quinientos soles ¿Con cuánto dispone el día de hoy?

–Qué ocurrencia, ¿no ve mi desgracia? Me han llegado cartas amenazadoras. Me tienen atado a ustedes de por vida ¿Cómo puedo pagar esta deuda si dinero no tengo?

–¿Y la propiedad de este inmueble? ¿De quién es?

–Esta casa, esta casa es lo único que tengo. Si me la quitan, me quedaré en la calle.

–No me pagan a mí para escuchar sus historias, señor Palomino. Necesito que liquide hoy día la cuenta sí o sí.

–Pero, ¿de dónde? ¿Es cierto que me van a matar si es que no pago a tiempo?

–Eso depende de usted, señor Palomino.

–¿Qué quiere decir con eso?

Rossini le había facilitado un manual de funciones y algunos criterios básicos aplicados a nuestras operaciones. Marco no había tenido tiempo ni de leerlo. Siempre fue así: impetuoso y arriesgado.

–En tal caso, tiene que donarnos sus órganos. Es la última propuesta.

–No. Yo soy una persona religiosa. No puedo hacer eso ni en broma.

–Si no es por las buenas, entonces será por las malas, señor Palomino.

Yo venía trabajando cerca de treinta años para el Banco. Había viajado por muchos países de Latinoamérica, supervisando secretamente que nuestras sedes funcionen en orden con la política de cada Estado y los sistemas bancarios. Ahora me quedaré una temporada en el Perú, por motivos de fuerza mayor. Marco es un tipo metódico; a pesar de sus ímpetus y desconfianzas, ha logrado obtener un rápido ascenso. Rossini me había hablado esa mañana de él, pero yo lo conocía de mucho tiempo atrás. Para mí estaba desaparecido; cuando salimos de la universidad lo di por hombre muerto. Por eso me sorprendió verlo entrar esa mañana. Lo reconocí en el acto, estaba flacuchento, ojeroso, con el pelo recortado. Todos saben que es imposible salir de este negocio.

–¿Y mi esposa? ¿Y mis hijos? ¿Qué va a ser de ellos?

–Aunque esté casado, el contrato es exclusivamente con usted. Tiene más de medio año que no paga nada. Necesito una respuesta ahora: o liquida la cuenta en este momento, o nos transfiere la propiedad de su casa, o simplemente nos dona sus órganos.

El hombre se puso a temblar. Los vecinos estaban mirando por las azoteas; algunos escuchaban por debajo de las puertas; los perros que ladraban no se animaban a cruzar el umbral de la frontera.

–Por favor, regrese mañana…

–No puedo, probablemente yo tampoco esté aquí mañana.

–Entonces, condóneme la deuda.

–Es la primera vez que conversamos, señor Palomino. Le doy veinticuatro horas para que se ponga a derecho o me dé una respuesta definitiva a las alternativas que le propongo.

–Es usted una buena persona. Los demás, quienes han venido antes, jamás dieron muestras de humanidad y comprensión. Parecían buitres.

Marco Salas no titubeó y salió disparado del lugar. Le restaban unas tres horas y media para el cierre de caja; de lo contrario, si no juntaba la cuota mínima, sería cuestionado por Rossini, o, en el peor de los casos, ejecutado. Yo estaba vestido de policía de tránsito. Lo rastreé toda la tarde por GPS. Al anochecer, Marco trajo cincuenta mil soles en el portafolio, cinco letras de cambio y un par de riñones encapsulados que había registrado en la clínica aseguradora. Sin decir palabra, cobró la comisión que le correspondía, entró a cenar a una cafetería, vino a recogerlo un auto color gris con lunas polarizadas y se marchó, con parsimonia, apareciendo al día siguiente muy temprano y afeitado.

Autor: Howard Varas

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