Home>Trujillo Beat>Jesús Escamilo propone la nueva reseña de “La procesión infinita” de Diego Trelles
Trujillo Beat

Jesús Escamilo propone la nueva reseña de “La procesión infinita” de Diego Trelles

Sobre la vida han dicho todo, la han compuesto de mil maneras: disertando, confabulándola, hasta imaginándosela de otro modo. Pero si la trajésemos más cerca, a lado, donde escuchamos y vemos nuestro jodido contexto, tendríamos por fin una procesión infinita. La novela de Diego Trelles Paz advierte tropezar con lo que nos rodea.

Jesús Escamilo

De antemano resulta un territorio dispuesto a abrirse por numerosas ciudades; se salta en el tiempo como soplando una hoja. La quietud no existe; pero no es así como se desea separar el retrato largo y tendido de esta dura novela. Sí, se endosa como en las llamadas películas policiales un protagonista al que no es posible entender y situaciones que pretenden ser piezas de rompecabezas, aunque no fuese así. Incluso la misma historia busca ir detallando las circunstancias, mas no las consecuencias.

Otra cualidad de La procesión infinita, Anagrama 2017, parte del conducto histórico-social y de un lenguaje fundamental: quejoso, arbitrario, tosco. Lo primero circula por etapas, la devastación de una época lineal permite ir de París; verano, 2015, a una Londres, Lima, Berlín en los años 2000. De por medio, como un rocío fascinante y desalentador, está el cadáver de recuerdos, una época como la posdictadura; todos los personajes son foráneos, expatriados; y dentro de su día a día aparece un tono político con dientes grandes e inevitables de observar.

En absoluto, si las tres partes están así, cortadas y unidas, y crece un ambiente húmedo, también es gracias al lenguaje. Las frases de los personajes atienden a un contexto, muy, pero muy peruano. Al leerse en párrafos, lisuras, refranes, bares, poetas, políticos –rechazo a Fujimori y Montesinos-, y demás; especialmente en las conversaciones entre Diego, el chato, y Francisco Méndez, diálogos inesperados que aturden impacientes por estar hechos de sinceridad y, como siempre, de vulgaridad. Porque es cotidiano lo que aparece en la novela; la pendejada es siempre hablar bien, enojarse con prudencia, no hablar entre amigos de una flaca. Un traje hecho a la medida que habla sin exagerar, un lenguaje que estando en cualquier parte del mundo sigue siendo peruano.

Aunque la vida alocada de los mejores amigos llegue a acabar en Berlín ¿Qué sucedió realmente con Francisco en Alemania? «Cuando la puerta del ascensor se abrió, Francisco entraba al hotel aturdido y maltrecho, caminando como si estuviera drogado”. Diego, el chato. Hotel Park Plaza Wallstrasse. 21 de junio de 200, 12:30 am.» ¿Una prostituta, una banda de delincuentes?, ¿quién era Cayetana Herencia, y por qué Francisco la había mencionado?

Este libro, incluso parece tener la suerte de varias voces; una, Diego; el chato, otra; Francisco, quien le habla al chato desde las primeras páginas, quien se suicida, un tipo con dientes blancos y alineados, el dandi como se sabrá en la segunda parte. También está Cayetana Herencia, coqueta, comprometida, de piel tersa y canela, un buque en medio de la historia y que aparece imponente y sin respuestas al final; y también la Chequita, una mujer que lucha para ser escritora, es ella quien ayuda a Diego a hablar con Cayetana en París; y en medio de estos personajes otros más pequeños que aparecen y desaparecen, haciéndose de recursos para ser recordados cuando menos uno se lo imagina.

Sin duda la procesión es infinita, ni llegando al final se sabe bien si seguirán abriendo cartas o diarios, o Diego seguirá sentado en ese bar tan pasmado y resoluto. Como diría Javier Heraud, uno siempre está compuesto de un trozo de muerte y de camino, y uno es siempre es río, o canto, o lagrima cubierta. Nada que resolver, para costumbre un engaño, una novela dura que resulta siendo conmovedora por el suicidio y la amistad. Quizá todos sean Phillips Marlowe, el detective de The Big Sleep persiguiendo a un bandolero por las escaleras “¿Qué prefiere la policía o yo?“.

 

Foto portada: La República

Puedes leer más reseñas de Jesús Escamilo.

Leave a Reply