Home>Trujillo Beat>«La noticia que grabé pero que nunca vi», por el Irredento Urbanita
La noticia Valery Bazánv
Trujillo Beat

«La noticia que grabé pero que nunca vi», por el Irredento Urbanita

César me ha llamado al celular una hora antes de nuestro acordado encuentro en el portal de la oficina de relaciones públicas de la acostumbrada municipalidad provincial, donde lo único que ha cambiado en los últimos trece años es el color de la fachada porque el alcalde sigue siendo el mismo en ese lapso.  

Me dice, con voz temblorosa, que hay una nota importante que debemos cubrir, que acuda cuanto antes. Él cubrirá el evento haciendo preguntas a los implicados mientras yo iré grabando cada escena con la cámara de video. Es mi primera nota de policiales en la semana de prácticas que llevo. Somos corresponsales -bueno, César lo es, yo le apoyo como parte de mis prácticas preprofesionales- del noticiero nocturno de la casa televisora más importante del país, o la que tiene más telespectadores, que no es lo mismo. En un país como el nuestro, es normal que un noticiero dote de una buena dosis de sensacionalismo a su contenido. Yo estaba a punto de comprobarlo, producirlo y padecerlo.

El taxi ha frenado bruscamente, ante mi repentino aviso, en la esquina de Almagro con Pizarro. Avisa con tiempo pues sobrino, me reclama el taxista, se ríe con sorna y arranca rápidamente para pescar a una mujer policía que levanta con autoridad la mano derecha  en busca de un taxi. César estira la mano pero no para saludarme sino para tirar de ella y llevarme hacia un lado disimuladamente. Le han llamado de la central de noticias de Lima para que él complemente una nota informativa en Trujillo con imágenes. Han encontrado a un hombre ahorcado en un hotel de mala muerte en Los Olivos, en la neblinosa capital. Utilizó su propia correa para ahorcarse, lo encontraron colgado de una apolillada viga.

Con algo de suerte, la viga se habría roto y no se habría matado. Tan sólo se habría roto algunos huesos. Pero no vivió para contarlo. Los colegas de Lima descubrieron que el suicida era natural de Trujillo. Nos proveyeron de la dirección y nombre de la madre. Nuestra labor era ir a verla y mostrar su reacción ante la noticia del hijo muerto.

Llegamos a la segunda cuadra de la calle Pedro Muñiz y tocamos la puerta de una casa con fachada de adobe y maquillada con pintura rosada. Dos pequeñas niñas desaseadas nos abren la puerta. ¡Mamá, buscan a la abuelita! grita la más pequeña. Una mujer de tez trigueña, arrugada, largos cabellos blancos terminados en una trenza y frágiles manos cruzadas en el vientre se aproxima a nosotros, nos mira con temor y pregunta qué ha pasado. Lo intuye.

Mientras ella espera la respuesta de César, yo le doy play a la videocámara y me preparo para grabar algo que no está en ningún libro de la facultad ni es tema de clase abordado por profesor alguno. Cuando la anciana oye el nombre de la víctima hallada en Lima, el grito ahogado en sus manos estremece hasta la planta de mis pies. César me pide que no deje de grabar por ningún motivo y la mujer avanza hacia el comedor. La seguimos. La matriarca reproduce la noticia en dos mujeres que, con mandil y las manos con olor a cebolla, al oírla rompen en llanto y la abrazan por un largo rato.

César les pregunta por el difunto aparecido en Lima. Era hijo y hermano de las mujeres que se desgañitaban llorando sin consuelo alguno. César les pide a las más jóvenes alguna foto del hermano que se fue. Las pequeñas, sin entender mucho el significado de la muerte, abrazan a la abuela. Una de ellas ha traído un vaso de agua y lo sostiene para que ella beba lentamente y luego vuelva a llorar. César me coge de los hombros y me hace girar para captar la escena de los nietos abrazando a la abuela. Yo no he dejado de filmar y por instantes saco el ojo del visor para ver el resto del panorama. Desolador por donde se vea. Los muebles raídos y el naciente óxido de las patas de las sillas del comedor acompañan a los dolientes familiares.

Una de las hermanas se abre paso por la cortina que separa el comedor de uno de los dormitorios, en una mano lleva un álbum familiar y con la otra se refriega la cara del llanto incontenible. La otra hermana viene por mi costado y, mientras me preocupo en encontrar un punto de enfoque en el álbum, señala una imagen a blanco y negro. Este es mi hermano, se fue por puro resentimiento de la casa, hace seis años no sabemos de él, sentencia y acaricia la foto. Y ahora vienen ustedes y nos dicen que se ha muerto, finaliza la otra hermana. César le dice que la información nos ha llegado de Lima y que sólo queríamos hacerles saber de esa desgracia.

Hemos salido raudos de la casa, dejando atrás a esas cinco mujeres solas, pensando cómo van a hacer para traer el cuerpo del hermano que se fue. No tienen dinero suficiente para sobrevivir al día a día y ahora esperan un milagro o una colecta para poder enterrar en Trujillo el cuerpo del familiar que espera en una morgue limeña. César ha salido también del trance, pero él está más acostumbrado. Está satisfecho, pero no contento. Ya irás aprendiendo, éstas son las mejores notas y en Lima las saben apreciar, de hecho que saldrá en titulares, dice mientras extiende la mano, con menos autoridad que la mujer policía, y un tico se detiene presto en diagonal a mitad de la cuadra sin problema alguno.

Esa noche no he visto el noticiero, fui al cine. En realidad no había ninguna película que valga la pena ver, pero no quería estar en casa a la hora del noticiero, he intentado sonreír con las muecas y gestos de Jim Carrey en un film para olvidar, pero me he quedado en el intento. Llego a casa pasadas las diez y media, cuando las noticias policiales ya han terminado. Mi padre está frente al televisor, sumergido en el sofá, y ve el noticiero de la competencia. Levanta una ceja y me pregunta por mis prácticas en la corresponsalía. Le respondo que bien. Me voy a mi habitación pensando que no sirvo para hacer policiales y recordando algo que sí estaba en uno de mis libros de periodismo: La mejor noticia es siempre la peor noticia. 

Por: Valery Bazán Rodríguez

*Puedes obtener el ebook con todas las crónicas de Irredento urbanita en Barcelona.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *