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La música de papá. Irredento urbanita
Trujillo Beat

La música de papá. Irredento urbanita

Mi padre ha llamado hoy. Ha comprado una tarjeta para llamadas de larga distancia y se ha gastado cinco minutos, antes de ir a la iglesia, para saludarme y hacerme oír una canción que no me gusta en absoluto, pero que oigo, tolerante, porque me la ha dedicado. La relación con mi padre nunca fue exitosa, pero tampoco trágica. Fue el tipo de relación que se suele tener con un compañero de clase.

Sólo que mi compañero tenía veinticuatro años más que yo, por decir un número porque no recuerdo su edad. Él dormía con mi mamá y me daba propinas o coscorrones, cada cierto tiempo y según sea el caso. Nunca he recordado su edad. Quizás bordea los sesenta, quizás ya los superó. El deporte le ha embellecido los años y le ha evitado una barriga colgante que habría sido símbolo de decadencia, según su propia opinión. No recuerdo un abrazo emotivo, espontáneo, ni paternal, ni filial. Los abrazos entre él y yo fueron espaciados, por eventos lejanos, por logros ajenos, por despedidas, y porque, en algún momento la nostalgia, o la culpa, nos empujaba a hacerlo.

Mi padre no fue mi héroe, a veces fue un villano que trató de ser bondadoso,  a veces. También fue un espíritu gitano que ayudaba generosamente a sus mil amigos pero le costaba leerme un cuento. Prefiero imaginar que alguna vez me leyó un cuento, aunque no lo recuerde. Nunca fuimos a jugar pelota al parque, entendible porque no había parque cercano a ese barrio de cemento y adobe, pero sí me llevaba de la mano, varios domingos de abril, a desafiar el otoño invitándome un celestial helado de lúcuma en La Selecta. Desde entonces, mi memoria decidió cambiar mis gustos. Mis recuerdos gobiernan mi lengua, la melancolía dicta deseos sobre mis papilas gustativas.

Ahora, cuando voy a una heladería, a una de esas mil heladerías italianas salpicadas por el centro de Barcelona, sólo pido lúcuma, helado de lúcuma, granizado de lúcuma, chispas de lúcuma ¿Qué
esperan para inventar el barquillo de lúcuma? Y todo por papá.

Como todo padre, no le gustaba que le digan viejo. Una noche, tras pasar la tarde con los amigos del barrio. Volví a casa con una bendita palabra bajo el brazo. Había encontrado, según yo y en una grandiosa ingenuidad, un término que cortaría la seca atmósfera entre mi padre y yo. Una llave que ayudaría a que ese lejano compañero de aula, que era mi padre, se convierta en cómplice mío. Ni bien mi padre llegó del trabajo, le solté, cual bumerán afectuoso, un «hola causa». Mi padre, sin dudarlo, me asió del brazo, y juzgándome con el dedo índice, blandiéndolo cerca a mi nariz, me dijo que así sólo hablan los delincuentes, que él no era ningún delincuente. Que sea la última vez que lo llamaba así. Lo último no necesitó decirlo. Deseé propinar una golpiza a mis amigos, a cada uno de ellos, por enseñarme tremenda aberración verbal. Dos días
después, mi padre se acercó a mí al llegar del trabajo. Extrajo un chocolate Triángulo de su casaca y me lo regaló. Ese gesto se convirtió en la manera de papá de decir «siento haberte hablado así».

Ya habría sobrepasado yo los quince años y las charlas de sobremesa con papá eran sobre temas nimios, destacaba el fútbol, nuestras contrariedades políticas y las últimas novedades de sus amigos. Cuando las charlas terminaban en afrentas, por no pensar lo mismo que él, surgían los adjetivos capciosos y la sorna con olor a paternidad machista. «Estos mocosos no saben nada», finalizaba y daba por zanjada la discusión. Para dos días después volver a sacar una golosina, un regalito, un engañamuchachos, sin palabras que escuezan, sin frases que reconforten, sin la música del «hagamos las paces hijo».

Entendí que papá iba olvidando cómo construir un lenguaje con palabras entre él y yo. Se le escurrió entre los dedos la manera de soñar junto a mí. Ese soñar que mamá intentaba enseñarnos todos los días, sin éxito. Se le fueron muchas cosas a papá, pero sembró en mi alma algunas otras.

Como decía, me ha llamado, me ha dedicado una canción a través del teléfono, la he oído con poco gusto, intentando entender lo que la letra de Nat King Cole procuraba inspirar con esa sobria y nocturna música de fondo. Pero no la he entendido mucho. Como tampoco comprendí su forma de querer, ni su forma de castigar, mucho menos su forma de atenuar el efecto de los adjetivos hirientes con chocolates.

Hubiera preferido un estrecho y sincero abrazo en silencio, antes que oír la música de papá. Y ese abrazo llegó en una visita que hice a Trujillo cuando me pidió perdón por haber sido duro conmigo cuando era niño. Yo ya lo había perdonado hace tiempo, en silencio, en mi memoria y en mi presente. Ahora, cuando puedo rezar, le pido perdón yo, antes de dormir.

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