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«La francesita de mi memoria». Por Valery Bazán Rodríguez

Un viaje, una chica, París. Uno de los tres es ficticio. Probablemente los tres. Una pista: este París es mucho menos París que el de la primera mitad del siglo pasado. Ficción por Valery Bazán Rodríguez

Algo que me hizo dudar siempre de su existencia es que nos habíamos encontrado en el aeropuerto Orly de París. Nunca volamos juntos. Mi embarque a solas en El Prat fue un embarque más, una soledad más.

Las telarañas de ideas que revoloteaban dentro de mi cráneo me tenían loco hace meses. Largarme de Barcelona, así sea en patera por el Mediterráneo a cualquier lugar, era imperativo, era hasta sano.

Ya habían pasado tres días y estábamos allí, en el vestíbulo del hotel, ubicado a unas calles del Stade de France, con un plano enorme viendo la ruta hacia el Rosebud. Había que llegar, primero, a la Catedral de Notre Dame, luego al Barrio Latino y, finalmente, a la Rue Delambre. Todo en una mañana, la última, en la ciudad inimaginable.

Moría por llegar al Rosebud, probablemente quedaban átomos de la presencia juerguera de Hemingway esparcidas en su interior. O al menos eso es lo quería creer. Quizás una molécula de Sartre yacía en una ranura de la acera de la Rue, o, probablemente, un hilo de la falda de la chica que acompañaba a beber a Alfredo Bryce, cuando era profesor, se esconde en los subterfugios de un mueble del bar.

– Santiago, ¿en serio quieres ir al Rosebud sólo porque esos señores estuvieron allí?

– ¿Esos señores? -espeté mientras veía como un rizo de su anárquico cabello se desprendía hacia su frente- La misma Torre Eiffel sería sólo fierro si esos se-ño-res no hubiesen inundado el universo con sus historias sobre esta ciudad. El alma de una ciudad la genera la literatura que crearon tipos como ellos.

– Pensé que íbamos a visitar la tumba de Vallejo.

– Eso lo dejamos para los huachafos. Y encima llegan con flores. También que le lleven flores a Georgette que sufrió tanto maltrato.

– ¡Qué dices!

– O sea porque Vallejo era peruano y fue un gran poeta ¿tengo que ir a verlo? Hay prioridades, Celine.

– Santiago, cuando seas un escritor muerto yo vendré a dejarte flores -y se rió sin reparos mientras yo quería morderle el cuello de cisne, por lo blanco y delgado.

– Qué detallazo. Venga, vamos.

Un camarero, que entraba a su turno en el hotel, me miró como si yo estuviese loco, como si estuviese hablando con nadie. Miró a la francesita y su mirada no se lograba fijar en nada, parecía traspasarla.

Cogimos el metro y recordé que ese era el último día. Fue curioso, al llegar, París me recibió con lluvia y mi maleta sufrió la embestida de los charcos. Ahora, un enorme sol de abril, entibiaba las manos de Celine y las mías.

Pensé que la visita a Notre Dame sería un trámite, pero al estar cerca del Sena, me percaté que mil historias podrían haber sucedido ante la cercanía del río ¿Algún cura se habrá suicidado o algún cura «suicidó» a alguien?

De todos modos la paciencia me había abandonado, las ansias ocupaban su lugar. Vi el reloj. Eran las 11:29 a.m. Quedaba poco tiempo. Tocaba coger otro metro rumbo a Delambre. El Barrio Latino será para la próxima pero no, Celine me dijo que quería pasar por allí. Que así lo habíamos acordado. No me quedó más remedio. De todos modos el barrio estaba de camino al Rosebud.

Celine me odiaba cuando me veía mirar la hora. Se tomó su tiempo, como toda parisina tenía su lado antipático. Por joder le soltaba a propósito frases en inglés ¡Come on, curly lady! Sus ojos se encendían haciéndome olvidar por completo su lado sumiso de la noche anterior.

– He terminado, vamos -me soltó y comenzamos a apretar el paso.

– Voy a extrañar las creperías y las panaderías de acá.

– Son hermosas, ese aroma y esa sensación de que todo adentro es rico.

– Sí, aunque no son iguales a las marraquetas que comprábamos en la avenida Ejército con Cox, rumbo a la casa de mi abuela.

– Esos sabores de nuestra infancia son inigualables, Santiago. Podemos olvidar lo que comimos ayer pero no el sabor de nuestra niñez.

– Gracias por esperarme y acompañarme en este viaje.

– Te la debía de mi vida anterior. Todo por ese maldito error.

– ¿Cómo? ¿cuál error? ¿de qué hab..?

– ¡Cruza! Que viene un coche -y tiró de mi brazo con fuerza.

Daba igual, el Peugeot negro ya había disminuido la velocidad. Lo que iba a mayor velocidad era la búsqueda de recuerdos en mi interior por saber de qué error me hablaba. No sé de dónde había salido esta chica, quizás había salido de mí mismo.

Miré por milésima vez el reloj y saqué de mi mochila el último Lucky, lo fumamos a medias. Según el plano, quedaban dos calles más. No sabía si estaba haciendo la ruta de un fan en busca de los lugares ocupados por sus dioses literarios o si simplemente quería confirmar que anhelaba con todas mis fuerzas ser escritor. O quizás, simplemente, me encontraría a Bryce bebiendo un whisky, en uno de sus tantos recorridos por los lugares donde vivió.

Ni lo uno ni lo otro. El Rosebud estaba cerrado. Toqué la puerta varias veces. Nada. Y no es que un virus hubiese llegado a poner en vilo a toda la humanidad y hubiese obligado a cerrar los negocios. Es que ese día era el día de la semana en que no abría. La putadesumadre.

– Francesita ¿cómo se dice puta madre en «francés»?

– Aunque lo sepa no te lo diría.

– Da igual, estoy aquí, por donde anduvieron ellos. Algo se me impregnará ¿no crees?

– No creo. Si llegas a ser escritor será porque tienes todo para serlo. Esto puede ayudar en tu vocación sí, pero dime, ¿acaso ayer en la torre Eiffel querías ser arquitecto?

– No, pero no quise ser acrófobo.

– Sí, serás escritor, si hasta te inventas palabras -se acercó a mí y me dio un beso, luego me abrazó fuerte, como nunca me había abrazado durante la ruta-. Perdóname. nunca quise hacerlo. Al menos sé que nunca olvidarás este viaje.

– ¡De qué hablas!

– Dame la cámara. Yo haré las fotos. Párate junto a la carta.

El dueño o el encargado del Rosebud había dejado la carta de platos pegada al cristal de la puerta de entrada. Menú para todos los días, excepto para el día en que fuimos. Martes.

Comimos en un restaurante contiguo, un vegetariano que no estaba mal, pero tampoco era para tirar cohetes. Al frente había un bar donde transmitían partidos de rugby así que no había mucha elección dado que no queríamos barullo.

De vuelta en el hotel preparamos las maletas. Celine tenía una maleta pequeña. Nunca entendí cómo tenía tanta ropa en ese equipaje minimalista. Salimos del hotel, entregué las llaves y el recepcionista me dijo en un español masticado «Buen viaje señor. Gracies». A Celine ni la miró.

– Te pedí un taxi, ya está pagado, está allí esperándote, Santiago.

– ¿Pero tú no vienes al aeropuerto?

– No, yo voy a otro lado.

– Pero…

– ¿La pasaste bien?

– De maravillas.

– Eso es lo que vale. Además, tu vaux un pérou

– ¿Cómo?

Sacó del bolso un sobre y lo metió en el bolsillo delantero de mi mochila. Luego me cogió ambas manos con las suyas, las apretó y las calentó de forma rápida. Se giró y se marchó. El claxon del taxi me metió prisa. Subí. Mientras el auto avanzaba, me froté los ojos y la cara. Todo había sido alucinante. Estaba muy cansado, en la sala de espera del aeropuerto y en el vuelo dormí como una piedra.

Llegué a Barcelona. La primera llamada fue de mi madre para saber si había llegado con vida.

– Claro mamá. Todo bien ¿cómo quedó el Barça?

– Lo que te perdiste hijo. Messi ha dado un recital. Le ganaron 4 a 1 al Arsenal.

– Vale, ya voy a casa. Un beso.

Cogí el Aerobus. Nada más sentarme abrí el sobre, estaba vacío. El viaje del aeropuerto a Barcelona y luego el tren hasta Premià se me hizo más largo que el vuelo.

Relato: Valery Bazán Rodríguez

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