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Fiesta de promoción según César Chambergo
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La ceremonia del adiós y la promesa del reencuentro imposible. César Chambergo

El fin del colegio, la fiesta de promoción, la vocación, son temas que se han abordado en la literatura peruana y universal. Lo explica nuestro columnista invitado César Chambergo.

Y LLEGÓ EL DÍA del último examen en quinto de secundaria. Miradas de nostalgia e incertidumbre en unos, la felicidad bañada por la venidera libertad en otros. Y también es el adiós a los amores imposibles. Pensar en esos instantes de adiós al uniforme es inevitable sin tomar en cuenta a la literatura.

Cada vez que llega el día de la fotografía final, pienso en Claudio (el joven protagonista de País de Jauja) y en las historias que narra Lorenzo Helguero en Fiesta de promoción, en donde se suceden los imposibles: Decepciones amorosas, situaciones olvidables en la fiesta de promoción, el rechazo a la decisión paterna para decidir el futuro profesional, son algunos componentes del libro.

Por diversos factores, sobre todo de salud, cierto sector de la adolescencia no está en estos últimos días de despedida. Pienso en La señorita Cora, espléndido cuento de Julio Cortázar, en donde el protagonista se enamora de la enfermera. Un elogio de la secundaria es No me esperen en abril, novela de aprendizaje de Alfredo Bryce; todos tenemos un Manongo Sterne dentro del corazón. En la otra orilla, Martín Roldán Ruiz nos cuenta con una estética desgarradora en Podemos ser héroes, libro de cuentos desde la perspectiva de la música subte.

Dos libros clave para entender la dinámica de los colegios son las antologías que preparó Jorge Eslava: La mala nota (el colegio en el cuento peruano) y De tal palo, tal astilla (la relación de padres e hijos). También resultan entrañables Maestra andina, cuento de Serafín Delmar, El discípulo, breve obra maestra de Luis Loayza que se encuentra en El avaro.

Y mientras desfilan los últimos días, es válido también recordar que los padres de familia no deben decidir sobre el futuro de sus hijos. Eso significaría contribuir con el absurdo. La literatura ayuda a mirarnos en su espejo para evitar el espanto que cae sobre la vocación, germen del progreso humano.

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