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mujer viaja en tren a Barcelona
Trujillo Beat

«La abogada ecologista del tren a Barcelona»

Cojo el tren a Barcelona para olvidar por unos días la rutina de Sevilla. La mar catalana siempre fue como una cómplice mía, una compañera mojada, como mi saliva y mis lágrimas. Pues allá que me voy.

Luego de buscar los billetes más baratos, encuentro uno para una ruta que toma 12 horas. No, 12 horas y media. Medio día perdido dentro de un tren. Un viaje más largo que el bus de Trujillo a Lima. Pero Barcelona lo valía. Partimos de Santa Justa y las paradas en diversas estaciones entretienen el viaje. Caras nuevas, poblaciones cuyos nombres conocía de oída, paisajes que van transformándose campo a costa. En Málaga casi me bajo, la ciudad tiene una deuda terrible conmigo.

En la estación de esta ciudad, entre tanta gente, sube una mujer, delgada, cabello castaño, ojos marrones, jeans celestes y camiseta blanca, con mochila y el bolso de un ordenador portátil. Me mira, sonríe a medias y me dice si se puede sentar en el asiento de al lado. El asiento no había sido ocupado por nadie más en las primeras 3 horas de viaje.

– Claro, adelante

– ¿Cómo?

– Que te puedes sentar, sin problemas

– Ah, vale. Gracias ¿Vas para Barcelona?

– Sí, echo de menos el mar y quiero visitar algunos amigos

– Amigos, claro…

– ¿Y tú?

– Vine a visitar a mis padres pero ya regreso a Tarragona

Desenfunda la portátil y la pone en sus piernas. La enciende. La pantalla muestra sus protocolos de inicio de sesión, luego, la mujer de cabello castaño abre un par de documentos en pdf y un documento en word que ya tiene redactado. Logro distinguir frases y temáticas legales.

– ¿A qué te dedicas?

– ¿Abogada? ¿Tú?

– Al Marketing digital

– Con ese curro deberías quedarte en Barcelona, hay trabajo en ello

– No sé. Mi familia está en Sevilla y los latinos somos muy familieros ¿Eres abogada ecologista?

–  Estudio cómo mejorar las normas legales para disminuir el impacto humano que daña el medioambiente

– Suena interesante.

– Soy investigadora de la Universidad de Tarragona

Su voz se detiene en seco y entiendo que ya no desea charlar más. Saco mi portátil de la mochila y cae mi cargador portátil del móvil. Lo llevo cuando sé que pasaré largas horas sin acceso a un tomacorriente. Lo llevé al concierto de Coldplay y esta es la segunda vez que lo uso.

– ¿Por qué llevas eso?

– Por si se me acaba la batería del móvil

– Sí sé para qué sirve

– Pues éso

– ¡Pero es que ahora tienes dos dispositivos que conectas para cargar!

– No es para tanto

– Sí, lo es. El calentamiento global no es una leyenda

– Pero eso qué tiene que ver con mi cargador

Mientras noto un leve gesto de inconformidad en su nariz torcida, veo cómo se arremanga los brazos de la camisa hasta el codo y comienza a teclear con algo más de contundencia.

– El ratio de uso de electricidad es mayor si usas ese cargador portátil. Además, la batería de tu móvil sí soportará hasta Sants

– No creo, voy wasapeando con mis amigos durante el viaje y usando datos la batería se baja más rápido

– ¿Sabes qué? ¡Me voy a trabajar a la cafetería!

Impávido, veo marcharse a esa especie de Greta Thunberg express. No llego a la ciudad condal y me doy cuenta cómo Catalunya no es sólo su zona geográfica, es también sus habitantes, su intensidad, su ritmo imparable. Ya me había echado la bronca la abogada ecologista. Seguro buscará alguna ley que prohíba los cargadores portátiles de móvil en el tren. Seguro pedirá hoja de reclamaciones para evitar que los pasajeros suban con ese dispositivo. Se fue, fastidiada.

En su ausencia, y en vista del asiento libre, se sentaron a mi lado, en distintos momentos, un tipo mayor con gafas super gruesas ahumadas, una testigo de Jehová y una cuarentona que se durmió nada más sentarse y roncaba como un auto viejo.

«Próxima estación, Tarragona», se escucha en los altavoces del tren. Sentí una alerta ecológica en mis sienes. Unas zapatillas avanzaban hacia la fila donde estaba mi asiento y veo el perfil de la abogada que casi me practica un juicio sumario por usar un cargador portátil.

– Adiós, que disfrutes de Barna ¡Ah! Me llamo Susana.

No me da tiempo de responder, levanto la manó haciendo adiós. Me importa un pito su nombre, la chica baja sonriendo y un tipo con americana y cabello muy cortito la abraza y la lleva de la mano.

Pienso «espero tu noviecito tenga coche eléctrico y un contenedor de plásticos en su habitación».

Queda menos para Barcelona y la ciudad ya me está poniendo intenso.

 

Valery Bazán Rodríguez

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