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Irredento urbanita: La fuga de Rodrigo

La vida de un francotirador debe ser difícil, sobre todo si, después de haber apuntado a la cabeza de varios enemigos, se convierte en el objetivo de altos mandos militares. Rodrigo salió por la puerta falsa del ejército y lo primero que hizo fue dejarse crecer el cabello y sentir en su piel y en esos flamantes retoños capilares la libertad y el viento que dan las calles.

Disfrutaba, sin reparos, de las chillonas conversaciones de la gente en los jirones por donde transitaba. Prefería oír de soslayo esas interminables chácharas de pueblo al silbido de las balas en la Amazonía colombiana. Prefería mil veces el ruido vivo de los buses y los taxis antes que volver a las verdes e inhóspitas llanuras donde la guerrilla se esconde con destreza y amenaza. Donde perderse o desplegarse de la cuadrilla es una sentencia a muerte, un suicidio a pecho abierto. 

Rodrigo buscó pertrecharse en un empleo más tranquilo. Se estableció como norma que no faltase el rancho familiar y un techo para él, sus dos hijos y su esposa. Pero el ex soldado fue fracasando en sus intentos. Los pesos llegaban a cuentagotas cada quincena y las esperanzas se le escurrían por el lavadero de su despoblada y reclamante cocina.

Viéndose herido en su economía, Rodrigo partió a España, cual héroe de guerra resucitado que busca un destino de paz. Arribó con los bolsillos sangrantes y las botas relamidas.  Llegó a vivir con dos tías, le fue fácil conseguir un empleo.

Después de vivir en el ejército y sobrevivir a las balas de la guerrilla, cualquier trabajo era, por pesado que pareciese, era para él como cortar mantequilla con un cuchillo caliente. Fácil y suave. 

Saberse vivo excita el alma. Rodrigo tenía la sonrisa tatuada en la boca y un buenos días compadre para todo ser vivo que se le acerque con buenas intenciones, o al menos sin malas intenciones. En su moto siempre llevaba un casco extra por si tenía que acercar a algún compañero a su casa. Una moto que terminaría de pagar en los próximos tres años y a la que cuida con extremaunción, sin plazos ni intereses.

En esa moto llevaba a tomar una última cerveza a los amigos que despedían del trabajo o se iban por cuenta propia a un trabajo mejor. Siempre dejaba recuerdos gratos, despedidas alegres, abrazos interminables para los compañeros que partían. Quién mejor que Rodrigo sabe lo que son las despedidas. Había visto morir a colegas de infantería en sus brazos o caer a sus pies durante los intensos tiroteos. Pudo sentir el calor de su sangre expandirse y entibiar la suela de sus botas. Ese tipo de adioses no se olvidan.

En la lejana Cali, donde las caleñas son como las flores, la flor favorita de Rodrigo se llama Susana, a quien todos conocían porque su rostro vivía, a buen recaudo, en una fotografía de la billetera de Rodrigo. Pero Susana ha ido perdiendo pétalos, ha ido despidiéndose de a pocos, y sin saberlo, de la billetera y, por si fuera poco, de la vida de Rodrigo, quien ya no la echa de menos como antes. Rodrigo ha depuesto las armas, ha roto las filas de su amor y la distancia, esa de la que el Atlántico alardea, le ha asesinado un futuro conyugal que había iniciado hace 5 años.

Hoy, Rodrigo se ha levantado temprano con una resaca infernal, se ha puesto dos sandalias de distintos pares y ha renqueado hacia el baño. Después de lavarse la cara con dificultad, observa el ardoroso rojo nebuloso de su ojo derecho a causa del jabón. Se lo frota con suavidad y se apoya con ambos brazos en el lavatorio, la cabeza gacha. Mira su brazo derecho marcado por un roce de bala. Descubre, de repente, que de las cicatrices nunca le será posible fugar. Desde la cama, una voz femenina le pregunta si se encuentra bien. Rodrigo responde que no. 

Valery Bazán Rodríguez

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