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Irredento Urbanita: La época del metal en La Católica

Una de las mejores decisiones que mi padre tomó por mí fue la de inscribirme en el Centro de Idiomas de La Católica (así llamábamos a la PUCP). Su sede estaba en el jirón San Martín, frente al vetusto hotel San Martín. Pero en aquel entonces llegaban huéspedes algo adinerados y algunos personajes de Lima. Tampoco tantos.

Allí me enamoraba de una chica cada semana. Conocí amigos que recuerdo con cariño, pero que probablemente me hayan olvidado. Mi conocimiento de inglés era basiquísimo. Verbo To Be, tiempos pasado y futuro, poco más. Creí que mi decente nivel de inglés serviría para defenderme en los primeros ciclos, pero cuando me percaté, la mayoría de compañeros de clase venía del San José Obrero, usaban en su año escolar el mismo libro de Cambridge English Course, incluso tenían algunos maestros que dobleteaban en su cole y en La Católica. Se paseaban en las clases.

El primer día de clases conocí a César y a Manolo. Rápidamente hicimos buenas migas, nos gustaba la música en inglés, el bendito género llamado por los jóvenes trujillanos como «rock clásico». Bandas como The Police, Nirvana y algunas boys bands eran de escucha obligatoria entre la chiquillada de La Católica. Ello sin contar que comprábamos revistas alemanas Bravo, desfasadas, de meses anteriores, en la librería Ideal, si no recuerdo mal. Recortábamos las portadas o páginas internas que contenían nuestros artistas favoritos y las pegábamos en el libro de inglés o en los cuadernos.

Una tarde César llegó con un walkman y un casete con portada de color blanco y matices decadentes. – ¿Me lo prestas? – Claro – Nunca había oído de este grupo – Son los capos del metal, ¿acaso no has oído de ellos? – No, nunca, es algo estridente esa música – Para nada, es decir no conoces a Metallica, ni te digo Narcosis ¿no? – Suena a una banda de drogas – Jajajajaja sí, así suena – Te gustará el Thrash metal, tienes cara de tener buenos gustos musicales.

La profesora Flora entró a clase y me quedé mirando el casete de César. Era la estatua, aquella que simboliza la justicia, vendada, atada, en un escenario resquebrajado. El nombre del álbum decía «… And Justice for all», traducido al castellano es «Y justicia para todos». Y yo me preguntaba si ese título era un anhelo de los peruanos para el país. Me preguntaba cómo una banda de metal le cantaba a la justicia, o la deseaba en sus letras.

¿No eran los metaleros unos locos con tatuajes demoniacos y apasionados amantes de Belcebú? Eran los prejuicios de los padres de inicios de los 90s, prejuicios que nos transmitían con temor a lo desconocido. Nunca pensé que la estridencia, las guitarras eléctricas me emocionarían.

– César, préstame tu cinta – Mmmmmm – La voy a cuidar, en serio – Ya, te la dejo unos días, mira que es original, tiene todo su cancionero dentro.

Una vez en casa, comencé a leer los nombres de las canciones. Puse la cinta en mi grabadora, para entonces ya tenía una. Rápidamente me enganché con «Blackened», «Eye of the beholder», «The shortest straw», «One» and «Harvester of sorrow».

Vale decir que gracias a César Alza, mi amigo de La Católica y exitoso arquitecto en la actualidad, conocí la voz de James Hetfield, una voz endemoniada con letras que buscaban, dentro de la organizada estridencia, en aparente caos acústico pero con ritmos potentes, entender el sufrimiento y la existencia humana. Y de alguna forma logré sumergirme al fondo de esos sonidos y gozar como un poseído del Thrash Metal.

Luego hice lo típico que se hacía cuando te prestaban un casete con música que te gustaba. Usar una grabadora con doble casetera para grabar en un casete en blanco la música del casete original.

Le devolví el casete a César, le agradecí como hizo Alejandro Sanz a Tony Bennett, que recientemente partió a la eternidad, por enseñarme un nuevo hilo de la música hasta entonces desconocido para mí. Un nuevo color del sonido que en los 90s era la voz en grito de una juventud. Metallica, con el tiempo interpretó varios de sus temas con orquestas sinfónicas de renombre en todo el mundo.

Una oda al caos, una ópera chillante al ser humano, una original forma de buscar el sentido de nuestra existencia sentado al borde un precipicio musical. A veces escucho «One», en su versión original o en concierto o interpretada por los 4 jinetes y la San Francisco Symphony Orchestra.

Escuchar Metallica era entrar en la vorágine de la adolescencia donde desafiabas la de tu padre y la ternura de tu madre. Las desafiabas sin saber por qué ni para qué. Para un cerebro en formación como el adolescente, era necesaria esa fuga, esa rebelión mental. Poco después escuché a Anthrax y a Sepultura y «Sucio policía verde», de Narcosis. Pero un flaco como yo nunca se atrevería a poguear, me habrían hecho papilla.

Por: Valery Bazán Rodríguez

La historia de cuando descubrí a Héroes del Silencio.

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