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Bryce sin Barcelona por Valery Bazán Rodríguez
Trujillo Beat

Irredento urbanita: Bryce sin Barcelona

Quiero entrevistar a Alfredo Bryce Echenique. Contarle que hace años yo vivía en la misma calle donde él vive actualmente. A diario solía entrar y salir del Jirón Sepúlveda número treinta y cinco, tercera planta, puerta dos, en una habitación de seis metros cuadrados. Deseo tanto decirle que, sin saberlo, he pasado por delante de esos bares donde él solía ir a beber, socializar y, de nuevo, beber.  

Esos bares donde él parió Las obras infames de Pancho Marambio. Hacerle saber que yo vagabundeaba, después de trabajar, por esa poblada vena barcelonesa que es la Gran Vía de Les Corts Catalans. Deseo tanto tener la suerte de mi hermano que le encontró, caminando cogido del brazo de su amada sin huerto, por Las Ramblas e ipso facto provocó en mí una nostálgica envidia. Preguntarle aquello que no debo preguntarle, interrogarle, con desparpajo y sutileza, si en realidad plagió textos de otros autores para construir sus artículos en diarios de gran tiraje.

Inquirir si es cierto que utilizó con frivolidad y fruición las opciones copiar y pegar para elaborar sus artículos, prometo creerle, a ojos cerrados, lo que usted tácitamente sugiere: que todo fue una venganza de Montesinos y Fujimori, luego me dispondré a canonizarlo en la, hasta ahora, vacía gruta de mi santuario literario y finalmente escribiré en las pistas de Barcelona y Lima, con tiza blanca y arropado con un guardapolvo azul, que todo fue un complot contra el más grande de mis semidioses. 

Pero, volviendo a lo importante, no reparo en decir con sinceridad, que la entrevista no será una pasada de franela como la de la terceraolista Rosa María Palacios a Mario Vargas Llosa. Ni tampoco me atrevería a lanzarle un aluvión de preguntas punzantes al entrañable amante de potentes desayunos ingleses, amiguísimo de sus amigos, eterno mimado Julius y adorable ladrón de recuerdos de infancias propia y ajena, Alfredito Bryce de Mancini de Gerszo, además y también.

Le contaría que, al igual que él pero por distintas razones, decidí no tener hijos, hasta nuevo aviso, hasta nuevo salvavidas. No es que no quiera, es que no puedo. Mis espermatozoides responden a los requisitos de paternidad, al menos éso creo, pero mi cuenta bancaria no me lo permite… La cantidad de ceros me limita. También pondría en la mesita de centro, una pregunta estelar, algo que desconozco mayormente.

¿Es leyenda urbana o realidad éso de que llegó a Francia como polizonte en un barco? Le pediría que me muestre una foto de su madre, la cual nunca publicaría, la cual nunca olvidaría. Le pediría me explique cómo ahora, a estas alturas de la vida, se ha dado cuenta que le gusta Madrid y no Barcelona para escribir. No le veo en Madrid, en el Parque del Retiro se sentirá incómodo. Será un poeta más. 

En cualquiera de sus verdes rincones uno da una patada a un poste y caen veinte artistas buscando inspiración. La pelea de duendes estropeará el ambiente, le desconcentrará y las novelas le saldrán descuadradas. ¿Estará aburrido quizás del Parque de la Ciutadella, no le gustará su vista hacia el Arco del Triunfo? El triunfo o el recuerdo del triunfo es un incordio para los verdaderos vencedores, una piedra en el zapato de los genios. Eso lo explicaría todo.

Seguiré buscando la forma de importunarle, la manera de acorralarle, para arrebatarle algunas respuestas, para admirarle en silencio mientras le interrogo, mientras le desmenuzo los adjetivos y le leo entre frases dichas al viento. Seguiré buscando la manera en que, tras esa entrevista imposible, pueda abrazarle como nunca he podido abrazar a mi padre y agradecerle por la infancia que me hizo vivir con unos cuantos libros, cuando yo ya era grande. Quiero entrevistar a Bryce, no sé si podré, no sé si él querrá. 

Valery Bazán Rodríguez

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