Santiago camina con los pasos relajados y las suelas nuevas de sus zapatos de estreno, unos Gant marrones de piel y confortable forro de algodón amortiguan la plenitud del andar que le acompaña esa noche, esa naciente noche. Devora con fruición un “chucho” (pastel relleno de crema) y se sacude de la chaqueta el azúcar granulada que cae del postre que come a grandes bocados. Hoy no llueve, ayer ya llovió bastante. Hoy en la tarde un tibio sol bañó los balcones de los departamentos de la ciudad condal, el aire se camufló cual si fuera una ventisca de primavera e invadió los distintos rincones de vida barceloneses, las tabernas, los cafés, los bares, los restaurantes. La anónima muchedumbre ha salido para aprovechar este intento de verano gestado por un clima mediterráneo, muchas veces grato y muchas más veces cómplice.
Hoy no llueve, ayer ya llovió bastante, por eso Santiago lleva estampada en la mirada la sensación de la felicidad real. No ha sacado el paraguas de casa pero sí un libro de Bryce que, forrado y todo, esperaba en una balda de su habitación a ser leído de una vez por todas. No vale leer a Bryce cuando estás triste por eso ese libro yacía allá arriba, en un filudo extremo del estante, en el pico más alto de la geografía del cuarto de Santiago, para no abrirlo, para no leerlo, para no sentirlo, para no llorarlo. Se tomó casi un mes para terminar de leer “El símbolo perdido” de Dan Brown y estaba a
punto de leer un libro de Sergio Bambarén pero se detuvo, no pasó de la cuarta página, no sabe porqué. Hoy no llueve, ayer ya llovió bastante.
Camina pensando en lo sucedido hace unos instantes atrás. Se revuelca en esa sensación de saberse completo y sentirse feliz. Hay pocas cosas que lo sorprenden de Barcelona, lo que le sorprende son las personas. Siempre ha sabido que los lugares tienen paisajes urbanos o naturales llamativos pero las personas, ¡ay las personas!, nunca sabes con que saldrán. Por eso mientras mira por un basurero para tirar el envoltorio de su chucho, un hombre semidesnudo y con avanzado signo de esquizofrenia renguea pegado a la pared. Pero ver un loco no asusta a nadie, lo que asustó a algunas jubiladas que paseaban del brazo junto a sus esposos era ver que la desnudez del loco no pudo ocultar el inmenso falo que le llegaba a las rodillas.
Mientras el orate de turno caminaba por La Rambla, que a esa hora estaba atestada de turistas, la inmensa verga colgante se bamboleaba de un lado a otro creando estupefacción en los transeúntes. Un japonés, como no podía ser de otra manera y con la velocidad de un rayo, cambió de objetivo a su cámara fotográfica digital, se arrodilló a unos cinco metros delante del loco y soltó una ráfaga de flashes para capturar al dotado y chalado desgraciado que seguía caminando sin saber qué mundo lo rodeaba.
Una mujer joven lleva un bolso negro de tela con una palabra que se repite alrededor del bolso: París. Y Santiago piensa ¿Puede ser?
Santiago mira la imagen entre sorprendido y avergonzado. Luego de unos instantes logró sobrepasar el espectáculo circense que se acababa de suceder ante sus ojos, deseó patear en la nuca al japonés morboso e incrustarle la cámara fotográfica en uno de sus diminutos ojos y ponerlo de cabeza en un contenedor que decía “Barcelona neta”.
Santiago controla el impulso revanchista y sigue caminando, se percata que ha perdido el perfume que se puso al salir de casa, ahora el olor que rodea su cuello y acaricia sus mejillas es una deliciosa mezcla de perfume y agua de luna. Los aromas nunca se olvidan, te hacen recordar lugares, personas, momentos, eternidades.
Cuando era niño Santiago olía a menudo las buganvilias de un jardín cercano a su casa, cogía una de esas flores cada lunes y se la llevaba a su maestra de educación inicial. Todos los niños lo hacían, tanto así que llegó a creer que esa planta de buganvilia era mágica pues no podía ser posible que floreciera tanto lunes tras lunes. Hace un par de semanas atrás Santiago encontró una buganvilia en el buzón de correo del departamento donde vive. La cogió y el olor lo transportó a la infancia en un viaje galopante pero breve.
Los pasos de Santiago se paran, luego giran y avanzan hacia un edificio de forma triangular, entra al Fnac a buscar unas revistas, no encuentra ninguna que le agrade, las ojea rápidamente y las va descartando hasta que no queda ninguna sin ser vista. En ese instante no hay nada en el mundo exterior que llame su atención, por instantes siente que flota, cuando camina no suele hacer ruido, y la sensación de saber que las páginas más bellas de su vida no están en un papel sino en la realidad le hace sentir egoísta. Ayer ha llovido bastante y afortunadamente hoy no llueve.
Santiago sale del Fnac con dirección a la estación de tren. Mientras baja por las escaleras eléctricas, o será mejor decir, mientras las escaleras eléctricas lo hacen bajar hasta la planta subterránea de la estación observa a la gente pasar. Una mujer joven lleva un bolso negro de tela con una palabra que se repite alrededor del bolso: París. Y Santiago piensa ¿Puede ser? luego baja hasta el andén y mientras avanza en busca de una buena posición para abordar el tren a su llegada, la magia de un perfume le detiene de golpe, gira para ver la fuente de ese aroma de ensueño y dos bellos ojos lo abrazan. Hoy no llueve.
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