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Fabulosos misterios de un niño Valery Bazán Rodríguez
Trujillo Beat

«Fabulosos misterios de un niño», por Valery Bazán Rodríguez

Trabajo poético del profesor universitario de la Facultad de Ciencias de la Comunicación de UPAO, Valery Bazán Rodríguez, participante en los Juegos Florales UNT 2024.

 

 

Fabulosos misterios de un niño 

 

1

 

Barrio con nombre de río 

energía eléctrica reciente 

pista de asfalto básico 

resistente como cáscara de huevo 

gris como el destino de los vecinos 

acera incipiente 

sol sin ventana 

casa sin ultravioletas 

un niño no deseado 

la media peruana 

lo que las madres callan 

los padres culpan 

… 

los niños absorben en el vientre. 

 

 

Voces fuera  

líquido amniótico incómodo 

un susurro por la mañana 

un lamento por la tarde 

un sueño por la nochemadrugada 

y sabes que nadie 

nadie 

te amará como mamá 

ese ideal llamado mamá 

látigo con amor 

caricia con deber 

beso con ternura 

y contradicciones emocionales 

por doquier. 

 

 

Puerta de madera 

ignorante de las manos de un carpintero 

gruesa y maciza 

para días macilentos 

más gruesa que las paredes 

adobe por doquier 

escasez en esplendor 

un banderín de Alianza Lima 

una ventana ciega a la calle 

mundo cuadriculado marrón. 

 

 

Cinco años de soledad 

toda la vida con soledad 

fiel y amable 

comprensible y comprensiva 

compañera lejana 

diálogo en el pecho 

culpa distante de las sienes 

qué bien sienta 

abrazarse al niño 

que alguna vez fuiste. 

 

 

Dieta de pollo y arroz 

olor a casa 

que no a hogar 

que no a familia 

que no a futura añoranza 

craso error 

infundado horror 

a la larga 

todos añoramos esa cena 

con papá y mamá 

esos cinco años infantiles 

en la calle asolada 

de la casa sin ventana. 

 

 

La puerta al mundo 

era la puerta a la calle 

se abría pocas veces 

se abría con sigilo 

barrio peligroso 

zona nueva 

dios sabe qué habrá 

eran los trujillos ochenteros 

chacras mutadas en urbanizaciones 

vías de tren hechas avenidas 

como la avenida Santa 

que de santa no tenía nada 

o la calle Unión 

que desunía a la tranquilidad. 

 

 

Esas calles estaban lejanísimas 

a unas 3 calles arriba, 

asomarme a la puerta de casa 

una aventura con compañía perruna 

se llamaba Bobby 

fiel y guardián compañero. 

Sentados en la entrada de casa 

un gruñido de Bobby 

alarmaba del peligro 

nadie me cuidó mejor 

nadie 

echo de menos a Bobby 

no recuerdo exactamente su cara 

pero todos los pastores alemanes 

se parecen en lealtad 

y en la mirada 

y en los gruñidos. 

 

 

Alfombrillas de tierra 

en la avenida que mira las flores 

flores ausentes 

nadie mira 

nadie flores 

ninguno transita la pista 

de un jirón recién parido 

con nombre de río. 

Éramos tranquilos 

y no lo sabíamos 

… 

la felicidad, 

ese es otro tema 

prohibido quizás 

utópico tal vez. 

 

 

Llegó el momento de salir de casa 

los mandados 

los recados 

las compras en la tienda 

las sandalias rutinarias 

el sol en mi cara. 

Nunca pregunté a mi madre si era albino. 

Cuando pasas tanto tiempo en casa 

salir a la calle 

te encara con el sol 

apenas abres los ojos 

apenas sabes a dónde vas 

el brillo te ciega 

y la piel 

la piel muy cruda 

raramente pálida 

de allí el mote escolar 

“huevo de pava”. 

 

 

Una media hoja de cuaderno 

la lista de la compra en el bolsillo 

pobre que te olvides 

pobre que compres de más 

te doy el dinero justo 

hijo 

hijo 

no seas distraído. 

Ahora me llamarían TDAH 

antes me llamaban distraído 

sigo siendo distraído 

de lo que no me importa 

de lo que no me interesa 

de quienes no me quieren 

a ésos 

a ésas 

no los recuerdo 

mi hiperfoco no los detecta. 

 

 

La infancia huele a la sala 

a la habitación 

al jardín del fondo 

a higuera y tamarindo 

a tierra para jugar 

a pollo frito con arroz 

a maicena y picarones 

a comida peruana 

nada huele igual a casa. 

 

 

Tiempo después, las clases 

la maestra de inicial 

con el apellido chino 

más común del mundo 

a la escuela de inicial 

nadie la llamaba así 

le decíamos jardín 

quizás por ello 

llevábamos rosas a la maestra 

se las colocaba sobre la oreja 

por segundos 

hasta que llegaba la próxima rosa 

de la mano de otro niño. 

 

 

Sí, el jardín también, 

en un jirón con nombre de río. 

Morenos, andinos, afroperuanos, criollos 

yo, pálido crudo 

piel de mármol 

corazón de algodón 

corazón distraído 

manos con tijeras y goma 

pegando figuritas 

preparándome los oídos 

más tarde 

gritos en la casa 

insultos volaban sobre mi cabeza. 

 

 

La tele a blanco y negro 

3 canales 

dibujos animados 

la imaginación colorea 

las llaves de papá abriendo la puerta 

las ollas de mamá sirviendo la comida 

mis ojos en Bugs Bunny 

mis oídos en la cocina 

mis sandalias asustadas 

mis miedos de una comida parca 

sin charla cálida. 

 

 

La infancia corre 

el jardín frente al cementerio chino 

los cumpleaños de mis amigos 

que no eran mis amigos 

eran de los hijos de las amigas de mamá 

piñata preñada con cachaquitos 

sublimes y picolinis 

chizitos por toneladas 

el payaso Betini con sus hijos 

el regreso a casa por la calle de noche 

pocos postes, pocos peligros. 

 

 

Acostado 

en mi habitación sin puerta 

veo sombras en la cocina discutiendo 

sí, las sombras pueden discutir 

reproches tras la cena 

de dos mundos que nunca se respetaron 

peor aún 

nunca se supieron respetar 

te enamoras en un segundo 

el respeto a veces llega 

cuando ya has muerto. 

 

 

La felicidad tenía una historia. 

Salida dominical 

plazuela El Recreo 

sandwich en La Selecta 

mamá y papá sin discutir 

yo sentado con los pies colgando 

leche con cocoa 

o frito en El Chileno. 

Y más tarde helado de lúcuma 

en el mismo Chileno 

daba igual invierno o verano 

Trujillo tenía el mejor clima del mundo 

hasta el invierno tenía días cálidos 

pero ese día, 

ese específico día de lúcuma… 

era feliz 

y lo sabía 

y mi TDAH también. 

 

 

 

2 

 

Llega la movilidad 

camino al colegio 

paseo de las letras 

parque verde oscuro 

un estadio más gris de lo habitual 

con menos cemento de lo acostumbrado 

nunca veías colas 

porque no hay fútbol en días de semana. 

La movilidad 

los escolares éramos sardinas 

en una lata azul con ruedas. 

 

 

La escuela tenía pinta de escuela 

olor a stencil y mimeógrafo 

había un don Pedrito 

dos kioscos 

dos patios, chico y grande 

una gruta con la virgen María 

útil, muy útil 

cuando tenías examen. 

Una vez le recé 

masticaba un chicle en el recreo 

me lo tragué 

paranoia de primaria 

catolicismo inmediato 

a rezar para no morir 

bebí bastante agua 

pero bastante agua 

la vejiga suplicaba 

una vez en el baño 

mi plegaria de miccionar el chicle 

cero resultados. 

Sentado en clase 

una lágrima cayó en el cuaderno 

y la maestra 

cuello de cigüeña 

talante aristocrático 

“tranquilo Santiago, 

no te vas a morir”. 

Un suspiro 

clase de lenguaje 

mi favorita. 

 

 

 

La primaria 

ese otro nivel 

nunca estás preparado 

nunca lo estarás 

sobrevives como los demás 

pequeños como tú 

como los demás 

a veces ojeas la gruta 

a veces la reja de salida 

a veces el timbre del recreo 

un millón de niños corriendo 

tras una pelota de plástico 

cejas rotas 

zapatillas que vivían tres meses 

zapatillas de tela 

betún en los tobillos 

rodilleras de cuero en el pantalón gris 

peleas después de clase 

en la tierrita. 

Cruzar la avenida España 

era como cruzar hacia el Arco del Triunfo. 

Era nuestra plaza Charles de Gaulle 

avenida de dos vías con berma delgadita al centro 

un istmo que veía micros destartalados a sus bandas 

mesas de fulbito 

circos de julio 

ferias de setiembre 

el cole era más que eso 

era la otra vida saliendo de casa. 

 

 

Imposible quedarme tras las clases 

papá y mamá me esperaban en casa 

prohibido quedarse más tiempo 

saldrían con patrullero 

con policías 

con perros de búsqueda 

hasta encontrarme. 

 

 

De 56 estudiantes 

sólo seis niñas en el aula 

se fueron yendo 

quizás huyendo 

no querían seguir oyendo 

a un grupo horrendo 

de niños creciendo 

en su inocencia perdiendo. 

 

 

Recuerdo el jirón Zepita 

Angosto, barranquino, 

casas con jardín exterior diminuto 

jardín al fin y al cabo 

una esquina con cola humana 

elaboraban la libreta electoral 

tres cuerpos y foto 

la llenaba uno mismo 

la firmaba uno mismo 

la enmicaba uno mismo 

fácil de falsificar 

más moderno era el mimeógrafo del cole 

 

 

Un día no llegó la movilidad 

a caminar se ha dicho 

Miraflores, España, Zepita, Gamarra 

urbanita infantil 

llegué 

Wow, no he muerto al cruzar la avenida España 

pues éso 

pero todo el año 

todos los días 

cuando las clases comenzaban en abril 

cuando algo se respetaba el paso de cebra 

la calle distraía 

las paredes 

los ambulantes 

las microhistorias que un niño veía 

en cada esquina 

en cada puerta abierta 

de cada casa 

de cada familia dentro viendo la tele. 

 

 

Mi cabeza culminaba las historias 

cuyos inicios me mostraba la calle 

micros a Laredo o a Huanchaco 

eran viajes a otro planeta lejano 

mi mundo cabía 

entre la calle nombre de río 

y la plaza de armas 

pasando por mi colegio 

con un saltito a la tierrita 

de junto al estadio gris oscuro. 

 

 

En los desfiles iba en la penúltima fila 

los pequeños íbamos allí 

los callados 

los tímidos 

los menos marchosos 

en los domingos de octubre 

con aniversario y faroles 

esa palpitante marcha de faroles 

de carrizos y papel con vela dentro 

final de guerra y castillo de fuegos artificiales 

todo pasó muy rápido 

y muy distraído 

y muy TDAH. 

 

 

Con poco tiempo en la calle 

más tiempo de estudio en casa  

adiós gruta y virgen de patio chico 

el patio grande aguarda 

sexto grado 

cancha de fulbito más grade 

escenario dantesco y reja a la avenida España. 

Tiempos de demostrar la hombría 

cuando la pelea era inevitable 

no llegabas a la tierrita 

de frente en la minicanchita junto a la reja 

a puñetazos de machitos ochenteros 

ojos morados y frentes con sangre 

un marciano de hielo en el ojo 

o desinflama o la profesora nos suena 

la maestra medía la mitad que nosotros 

nos daba más miedo que el director 

su regla de madera 

y su voz chillona 

ambas aturdían 

debería escribir un libro 

“cómo domar 50 diablillos”. 

 

 

Quedaban pocas niñas 

pero quedaban 

alguno osaba entrar en el baño de niñas 

héroes que salían intactos 

contaban hazañas 

beso por acá 

caricia por allá 

por alguna razón 

nunca más lo hacían 

los rasguños deben doler 

la humillación debe arder. 

 

 

 

Los últimos años 

la maestra cayó en confusión 

me otorgó diplomas 

segundo lugar 

segundo lugar 

segundo lugar 

nunca el primero 

tatuaje de por vida 

el segundo es el primero de los últimos 

no sirve para nada 

es un diploma en el desván de cosas olvidadas 

nadie lo recuerda 

salvo mamá. 

 

 

Papá recuerda mi pelea en el patio 

no dio tiempo a llegar a la tierrita 

con el más fuerte del salón 

rodamos cuesta abajo en la canchita de minifulbito 

es que tenía desnivel 

sólo recuerdo dar una andanada de puñetes 

a todo lo que parezca piel 

también sabía barrer la pierna 

y así lo derribé 

acabé llorando 

fue mi primera pelea 

y la última… de la primaria. 

Pero no daban diploma por pelear 

mi padre la habría colgado en su oficina. 

 

 

No cabe duda 

una vida sin niñas 

no es vida 

las compañeras volaron de la primaria. 

 

 

Las últimas clases no cogí Zepita 

cogí la avenida España 

había más gente 

más autos 

más ruido 

finalmente se echa de menos 

incluso al caos 

los micros en su ruta hacia el planeta Huanchaco 

otros al planeta El Porvenir 

otros a lugares que nunca llegué a conocer. 

 

 

Frente al parque Indoamericano 

una casa sin jardín exterior 

una casa sin habitantes 

pasillo de tierrita delante de su fachada 

un gato muerto 

al día siguiente 

el gato descomponiéndose 

al día siguiente 

el gato en huesos 

al día siguiente 

el gato casi en polvo 

al día siguiente 

no había huesos 

ni polvo. 

 

 

No hubo miedo ni asco. 

Fui testigo de la desaparición de la muerte 

 

 

Tenía 11 años 

me había peleado 

sin diploma 

había estudiado  

para quedar segundo 

había elegido la ruta ruidosa 

y encontré la historia de la muerte 

un gato muerto 

lo veían todos 

nadie lo llevó a la basura 

nadie lo limpió 

nadie lo barrió 

nadie lo recordó 

solo yo 

que por elegir otra ruta 

vi como un dios egipcio 

se convertía en polvo 

en nada 

ni siete vidas ni nada. 

 

 

La fiesta de promoción 

sede de un club de fútbol 

una avenida que no conocía 

otro planeta 

una pareja que no fue conmigo 

y envió en su reemplazo a otra chica. 

No olvido a ninguna de las dos 

ni a la que me rechazó 

ni a la que fue 

sólo 2 horas estuvo 

luego se marchó 

ojalá se hubiese llevado mi tdah 

pero no. 

El hiperfoco se quedó conmigo y 

… 

allí estaba ella 

divina, delgada, de coquetería sempiterna 

sonreían hasta sus ojos. 

La pareja de promoción de mi amigo 

me miró 

la saqué a bailar 

no existía nada más en la pista 

era como si destellase en cada giro 

una salsa 

una balada 

un adiós 

bailamos hasta sudar 

en ese noviembre 

en esa primavera 

en este lado del hemisferio sur. 

 

 

Pocas veces controlo mis recuerdos 

 

 

Mis padres vivían 

vivían en la cuerda floja de su tolerancia. 

Al medio iba yo 

la cuerda era yo 

y no me rompí 

porque no sabía cómo se rompe uno 

eso se aprende en la adolescencia 

esa época en la que cuando te rompes 

te rehaces a diario. 

Uno ha pasado de mirar de la puerta de casa 

a pelearse con el fuerte del salón 

en ese colegio estatal, 

pasando por cambiar de ruta 

y cruzar la plaza Charles de Gaulle trujillana 

ovalada, que no circular 

y no morir en el intento 

atropellado por un micro interplanetario 

o una movilidad azul con sardinas 

que, probablemente, 

por llegar temprano al cole 

atropelle a un gato. 

 

 

Esa época fue fabulosa 

y mis padres no lo sabían. 

De niño se hacen viajes, 

viajes que la neurociencia 

y la poesía 

algún día explicarán. 

 

© Todos los derechos reservados.

 

2 thoughts on “«Fabulosos misterios de un niño», por Valery Bazán Rodríguez”

  1. Estos versos me llevaron de vuelta a esos días de colegio. Todos alguna vez tuvimos un Bobby, y cruzamos esa avenida como si fuera una hazaña. Gracias por compartir estos recuerdos que se sienten tan cercanos. Un abrazo maestro.

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