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Estación Paseo de Gracia. Por Valery Bazán
Trujillo Beat

Estación Paseo de Gracia. Por Valery Bazán Rodríguez

Ella tiene el cabello liso, como un océano dormido. Los pelos dóciles de esa chica parada en el andén vuelan como una estela en su cabeza ante la partida del metro al que ella se aprestaba a subir pero al cual llegó tarde por milésimas de segundo.

El sonido de aquella bestia metálica rodante se aleja de la estación de metro. Ella gira la cabeza y ve llegar a su novio cansado de correr, lo abraza y él le corresponde con otro amoroso abrazo. Han perdido el viaje pero están juntos. Al ser las tres de la madrugada, el metro pasa con menos frecuencia, cada diez minutos y no como acostumbra pasar en la mayor parte del día, cada tres minutos. Se sientan en un banco de metal y entrelazan sus dedos a esperar el siguiente metro. Ella lleva botas marrones, un abrigo blanco con botones marrones grandes en el frente y un cinturón, blanco también, que rodea su cintura y envuelve su talle. Él lleva una chaqueta beige, camisa negra, jeans y zapatos a cuadros que parecen de golfista.

Parecen salidos de una fiesta, aunque la elegancia se les ha escurrido un poco. A esas horas de la madrugada quien haya ido a una fiesta y se mantenga totalmente elegante es porque es un aburrido de porquería o porque llegó tarde a la fiesta. Luego él estira las piernas como queriendo ver cuán largas son, como queriendo sentir cuán cansadas están, como intentando ver si llegan hasta la fosa por donde pasa el metro. Ella mira su reloj, inhala suavemente para luego exhalar fuertemente con un resoplido que hincha sus enrojecidas mejillas. Luego aprieta la mano de él y fija la mirada en un punto del lóbrego techo, deja caer su cabeza sobre el hombro de su novio y cierra los ojos. Siente una paz incomparable, no hay nada más reconfortante que ese instante, su mano aferrada a la de su hombre y una plenitud indestructible se desborda de cada centímetro cuadrado de su piel cuando apoya su cabeza en el hombro gentil de ese ser humano que en ese instante comparte el mismo asiento con ella.

Mientras la pareja descansa a la espera de la siguiente hilera de vagones, diversos personajes comienzan a hacer su aparición en la improvisada pasarela del andén. Un grupo de chicos y chicas de moda gótica pasan por delante, tienen la apariencia de murciélagos con rostro pálido. Algunos no caminan, se arrastran, y sus zapatos con plataforma estratosférica besan el suelo a cada paso. Alguno de ellos podría estar preparado y maquillado para protagonizar un filme de terror así, tal cual estaba. Las chicas llevaban lápiz labial negro y sombras azules en las mejillas y lilas en los párpados. Los chicos también, pero por más maquillaje decadente que puedan ponerse, con esos trajes de cuervo con correas de cuero negra y esas miradas de víctima acusadora, ninguno de ellos podría pasar por homosexual.

Luego llega una pareja dispareja. Un muchacho con gorra roja de los New York Giants camina balanceándose de un lado a otro, como desafiando al mundo, un rebelde sin causa. No es más que un mequetrefe de quince años, con pantalones negros anchos de tirantes y camisa dos tallas más grandes que la suya. De la mano de este latin king se coge una chiquilla de rostro y facciones finas. Camina apuradamente, no caminan juntos, él la lleva, como si la llevara camino a un matadero. Ella no se resiste. Solo sigue al agrandado niñato que la guía a una iniciación pandillista, o lo que es lo mismo, que la lleva al perder. A las tres de la madrugada ellos parecen salir de una fiesta, pero van camino a otra.

La pareja inicial que venía de la fiesta sigue esperando el metro. Siguen entrelazados, confundidos en una complicidad que se aísla del caos.

Luego llegan dos rastafaris risueños, dan la sensación de caerse al menor roce, sus amazacotadas trenzas les dan un aspecto relajado y desinteresado por la vida. Llegan y miran en la pizarra electrónica el horario de llegada del metro, luego se miran y se abrazan, la paz los inunda. Me pregunto si siempre son así, si cuando no se meten kilos y kilos de marihuana también son así de amorosos con su prójimo. Luego de abrazarse se distancian, se separan, dejan de murmullar aquello que el cannabis les inspiró en ese nirvana tan buscado por ellos, en ese éxtasis que les hace ver a Bob Marley desnudo jugando fútbol y deseando la paz con los dedos pulgares hacia arriba y los huevos al viento. Gracias a la Divina Providencia, o a que nunca me invitaron, jamás he probado alucinógenos ni me he acercado a ellos por voluntad propia.

La pareja inicial que venía de la fiesta sigue esperando el metro, siguen entrelazados, confundidos en una complicidad que se aísla del caos. En ese mundo que es la estación subterránea del metro, ellos dos parecen ser un universo pequeñito. Podrán llegar tarde a tomar el metro, podrá uno tomar el metro antes que el otro, pero el destino es el mismo. Una cama tibia los espera, una cama tibia que no sería nada sin la presencia de ambos, los aguarda.

Fueron cerca de diez minutos, muchas cosas se pueden apreciar en ese lapso. El metro llegó, se subieron todos menos yo. El quejido con eco del metro partiendo volvió a hacer estruendo en esta enorme vena de la ciudad que se esconde bajo la tierra. Me quedé allí sentado, quería estar solo. Es gracioso, pero pude encontrar un instante de soledad, un lugar con silencio, en esta ciudad enorme y tan llena de almas desalmadas. Miré a los dos costados, el andén estaba totalmente vacío. Cerré los ojos para añorar y sentir el susurro de unos ojos, la callada voz de unos labios, el sentir de esa piel que es mía y el siempre-luna-deseo de dulces sueños amor.

Cuando me di cuenta una lágrima rodaba por mi mejilla… y una caricia invisible intentaba limpiarla.

Vida mía.

Por Valery Bazán Rodríguez.

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