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Eleodoro Vargas Vicuña
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Eleodoro Vargas Vicuña, orfebre. Por César Chambergo

Era el mediodía en el frío del mes de agosto. Estábamos en clases de química. Tercero de secundaria, edad imposible para estudiar. La directora del colegio tocó la puerta y anunció la llegada de un escritor. Nosotros, con tal de salir de esa olvidable sesión, inmediatamente lanzamos loas a la literatura.

Ingresamos a un aula más grande. (Recién en este momento reparo que nuestro colegio no tenía auditorio). Había una suerte de miniferia de libros. Recuerdo que al otro día compré fascículos de la revista Hyspamérica (portadas de color marrón) y dos libros en un solo volumen (Nahuín, Taita Cristo) de Eleodoro Vargas Vicuña. Es la experiencia más grata que tengo, en materia cultural, de la etapa escolar. De éste autor había leído un cuento (La Pascualina) que Benjamín Gutiérrez Verástegui incluyó en Lecturas Huancas. Con quince años cumplidos, volví al autor, esta vez de la mano de sus dos libros más conocidos.

Los modos de abordar la ficción con un lenguaje particular, de marcado vuelo poético, eran parte de su sello personal. Narraciones trágicas, escenarios muy reconocibles por mí, ya que rememora mi infancia aún latiente (era mi tercer año fuera del sur de Huancayo), hicieron que me involucre con estas ficciones. Y fue también un soporte para ir curando el recuerdo que con gran asedio me asaltaba de cuando en cuando.

Al modo de fotografías en primer plano para trazar la psicología de sus personajes, Vargas Vicuña va tejiendo historias de oraciones breves; sin embrago, el lenguaje sentenciador, como refranes y proverbios, es el verdadero protagonista. Existe una lectura de extrapolación que hace más trascendente al conjunto de sus prosas.

La reproducción del habla coloquial de los protagonistas andinos tiene belleza en la musicalidad de los diálogos. Es impagable. En el universo narrativo de este autor, no hay disociaciones entre los seres de la naturaleza. Aún recuerdo la dedicatoria en Taita Cristo:

Árbol, creo en ti.

Toro, creo en ti.

Hombre, creo en ti.

En el destino de los seres no hay delimitaciones: el huaico, la pérdida de los cultivos, el dolor humano, forman parte de su unidad. Eleodoro Vargas Vicuña, como en un fresco, retrata la alegría y el dolor del habitante andino, elevando su modo de narrar a una categoría de clásica en la narrativa peruana del siglo XX.

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