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«El retorno de Juan Carlos», por el Irredento Urbanita
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«El retorno de Juan Carlos», por el Irredento Urbanita

Juan Carlos tomó el avión de regreso a Perú un miércoles de setiembre. Sin amigos ni familiares que vayan a despedirse de él. En un cielo desolado, imagino ver su avión deslizarse lejos, hacia el oeste de Barcelona rumbo a su primera escala en Madrid.

Juan Carlos solo ha estado en Barcelona un año, lo suficiente para ganar y perder. Lleva bajo el brazo una maestría en la Universidad Autónoma de Barcelona, cincuenta lágrimas y cincuenta sonrisas. Porque así le gusta ver la vida, por el lado lleno del vaso semivacío. Recuerdo cuando salimos a tomar la primera sangría en el Barrio Gótico, nido de turistas aficionados a la juerga y españoles amantes de la noche, y sin habernos visto antes, creamos el primer hito de una amistad con un abrazo trujillano, ¿di?

Todo fue redondo en esa primera salida. Conversamos. Sin pausa y sin prisa, sobre nuestros distintos objetivos en la capital catalana. Aún vestía a la peruana, jeans y polo con cuello. Estuve a punto de decirle, con cachita, que no íbamos al Evaristo ni a Mecano, pero recordé mi primer fin de semana de juerga (juerga le llamo a los dos mojitos y la gaseosa que bebí tres meses atrás un sábado de verano). Estuve vestido igual que él, así que mi silencio me recomendó callar. Nos veíamos anticuados entre los excesivos maquillajes de las chicas, fantasiosas imitadoras de Amy Winehouse, y las multiformes crestas, estilizadas con fijador de cabello, de los jóvenes que formaban grupúsculos en constante griterío.

Ya sentados en una taberna, brindamos con la pequeña jarra de sangría de diez euros, por nuestra fobia a la cumbia, ese fenómeno musical que ha pasado de ser democrático y gustar a las grandes mayorías a volverse dictadura en el Perú.

Comenzamos a disparar verdades, nuestras verdades, debates estúpidos pero importantes a la vez. Nos trenzamos en un tópico funesto y mortal: el fútbol.  Sobre su camiseta crema y mi alma blanquiazul, nos rasgamos las vestiduras. Apostamos que Alan García la volverá a joder, y que el dos mil once volverá Toledo porque imaginar a Keiko de presidenta nos habría causado una repentina y pronta resaca vomitiva.

Ya cansados de exponer las mil formas en que arreglaríamos el Perú, partimos hacia cualquier chiringuito o bar en busca de algo para comer. Mientras surtíamos generosamente de mayonesa nuestro durum, esa especie de sándwich paquistaní, bocadillo imposible de hallar siquiera en los flamantes malls de Trujillo, Juan Carlos se acercó a una pareja por fuego para su cigarro.

Dos horas después, esa pareja y nosotros terminamos enfrascados en una alcoholizada conversación sobre la vida en México, país que nunca he visitado.

Hasta ahora me pregunto qué hacíamos dos trujillanos con tímidas ganas de desmadre, tirados en una banca de cemento, observados por una enorme gárgola que yacía frente a nosotros, conversando en inglés, convirtiéndonos en amigos de toda la vida de un francés aspirante a político revolucionario y de una finlandesa que no paraba de reírse, con o sin trago. Milagros del alcohol, proezas de la cebada y el lúpulo a favor de la amistad internacional.

El asunto fue que el mejor ingeniero informático de todos los tiempos, dígase Juan Carlos, y un genial y asombroso fotógrafo, dígase yo, habíamos roto la frontera del ridículo, en un país donde lo ridículo no siempre lo es.

En cualquier país lejano del Perú, cuando dos conocidos se encuentran, se hacen amigos; cuando dos amigos se reencuentran se hacen hermanos; cuando un amor a la distancia se rompe, no hay dios que sepa que pasará con aquel amor. Mi contemporáneo paisano perdió a su enamorada, porque ella le perdió el rastro a él, porque ambos perdieron el mapa para reencontrarse, ese mapa que la mariposita traicionera de la distancia esconde bajo la falda. Sus ilusiones también emigraron, sin decir a dónde.

He vuelto a mirar el cielo, y ya no veo el avión que se lleva a mi amigo Juan Carlos. Veo a dos amigos, sentados y con las piernas cansadas a las cinco de la mañana, esperando el metro para ir a casa. Como lo hicimos las cuatro veces posteriores a esa primera escapada. Por eso, en esa última partida rumbo a casa, el entrañable Juan Carlos ha ido solo, no he podido acompañarle, el trabajo me lo impidió.

La estación de metro se convirtió en el aeropuerto de El Prat y el viaje hacia ese hogar que es Trujillo no es de quince minutos pero sí de más de quince horas (escala incluida). Lo que no suele cambiar, cuando uno deja Barcelona, es el recuerdo. Barcelona duele, Barcelona cosquillea, Barcelona nunca es indiferente a sus visitantes, aunque Juan Carlos quiera olvidarla.

Compañero de sábados, te llevas una maestría para tu carrera, pero un doctorado para la vida.

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* Por Valery Bazán Rodríguez

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