Home>Trujillo Beat>Contumazá, recaudo de un cielo diferente. Crónica de viaje.
Trujillo Beat

Contumazá, recaudo de un cielo diferente. Crónica de viaje.

El Quique; solo Don Hugo. Contumazá es sus personas y sus espacios.

Jesús Escamilo

Célebre y diáfano manantial dentro de la ciudad de Contumazá; tiene por mito o leyenda que la persona al beber el agua del Quique se quedará ahí o regresará a casarse con algún contumacino. Al pie de la vertiente, que es encaminada por un pequeño ángel, cae el agua entre piedra y cemento, y un hombre que juega a ser niño da ánimos con el detenimiento de sus palabras, y el agua sigue corriendo.

Hugo Alva Plasencia, llegó esa tarde antes que otro hombre a recoger agua, dice que esa agua y ninguna otra, es medicinal y le ayuda a verse más vigoroso. Y es cierto, tiene según sus palabras- poquitos años- 92 años que los cumplirá en diciembre. Mientras conversa, su rostro está intacto, lozano y no solo eso, su rostro casi de 100 años tiene cualquier otra edad, hasta cuatro o tres décadas menos. Al señor Hugo se le escaparon los años de su cara, se largaron o bebieron mucha agua.

Debe haber alguna explicación o el mito propaga salud, además de casamiento. Incredulidades y verdades surcan, y el hombre que además usa sombrero, y viste chompa azul y camisa a cuadros, saca de su bolsillo posterior su DNI, incorregiblemente tiene la edad que dice. Y vuelve a guardar su documento, como quien acoge verdades cada vez que habla. Tiene 30 nietos, y más de 24 bisnietos, cuando se le pregunta por cuántos hijos tiene la pregunta no fue resuelta, pero lo que dijo es: tengo un familión.

De acuerdo, mientras el color blanco de su piel se hace aún más áurica cuando sale de la sombra que cae de la estructura del segundo piso del Quique, no deja de mirar al que tiene a su lado. Entonces, por mejoría si este hombre resuelto te mira te cubres de agradecimiento y un magnánimo vigor.

En los alrededores del Quique hay una cueva de poca profundidad, mujeres tejen afuera, y algunas camionetas y curiosos transcurren por la calle. Es martes, y en el reloj son casi las 5 p.m. Don Hugo sigo entablando sus recuerdos a cada conversación, tiene una memoria limpia que examina con delicadeza personas y fechas. Piensa y dice que la actual gestión se preocupa mucho en las fiestas – se gasta demasiado en las celebraciones- que también se debería gastar ese dinero en más obras, sinceridad erosionando en cada diálogo, y afuera tras las rejas algunos siguen caminando.

Para Hugo Alva Plasencia, hablar es recordar el pasado, acordarse de que en la parte alta existía la fábrica de gaseosas “El Quique” de Augusto García Deza, pero que, por no tener cuidado con los preservantes, la gaseosa no fue bien recibida, se fue al tacho; también se acuerda que para las fiestas vendían el algodón de antaño, y que antes comercializar más sal y fósforo de lo debido era penado, por eso existía el contrabando. Este hombre habla de muchas cosas, pero de su familia solo lo que es necesario.

En resumen, acceder a conocer a Hugo Plasencia es albergar un mejor mañana, visto desde su lado el ayer fue mejor; en todo caso si existe hoy mejores carreteras y obras, hospitales y tecnología, es por el trabajo de los hombres, de los de ayer y los que intentan luchar por algo, aunque hoy es más difícil. Aunque lo que detesta este hombre es la contaminación, las falsas promesas y que la alforja de un hombre trabajador termine vacía.

6:10 p.m. es hora de despedirse y beber un poco de agua.

 

El Calvario

Para llegar al Calvario actualmente hay un acceso recientemente construido que consiste en una escalinata en forma de zigzag, una culebra de cemento que se encuentra totalmente empedrada, lo que permite un seguro y rápido acceso, mientras uno se voltea y observa lo que está quedando atrás. De inmediato, no existe el riesgo de quedar petrificado en un estatua de sal como quedaría cubierta y hecha, Sara. Es mejor seguir, descansar, y volver a sobresaltarse por la identificación con el lugar: Contumazá desde el Calvario.

Conforme se camina, es más fácil darse cuenta de la maravilla de ciudad que se va dejando debajo. Una idea que solo entienden quienes se permite subir y no renunciar a un ensayo muy parecido de los que predican los libros de autoayuda, sin embargo, aquí es real, cargas tu propio peso para seguir. Uno va, camina, suda, bebe agua, y cada vez la cruz tan delgada está más cerca.

En ese sentido “El Calvario” merece una reacción frecuente y agraciada, vista desde abajo y desde arriba, una instrucción afectuosa y seguida por una aproximación a observar todo y no perderse nada. La narración es simple, disfrutar y entregarse a lo admisible. El sol alto, las nubes y otros cerros, los tejados de las casas; la comodidad de estar arriba como un dios o como un super hombre, detenido por el fotograma incansable de ver cruces entrar y salir de los ojos. No negarse a nada, no sentir miedo, pensar en paralizar el aire. Vivir unos minutos, dejándose ser un pasajero sublime en lo que dura acordonarse ligeramente entre tanta belleza.

Desde arriba se examina íntegramente una semblante facsimilar y única de la ciudad: su plaza, su iglesia, sus calles, sus locales institucionales; a los pobladores que transitan por la ciudad, los agricultores cosechando, y nubes aletargando el día. También desde ahí se observa la campiña florida del mes de mayo, la cruz de Cajamarca, Shamón, la Cruz Blanca, y la Cruz Grande. Al parecer el Calvario siempre muestra un rostro amable y un cuerpo largo para quienes descansan incluso para caminar.

Crónica de nuestro colaborador Jesús Escamilo Jara.

Leave a Reply

This site uses Akismet to reduce spam. Learn how your comment data is processed.