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Trujillo Beat

Amores nocturnos e imposibles: la defensa de la autenticidad. Por Jesús Escamilo

Autoficción, por Jesús Escamilo

Así pasó. Habíamos hablado poco, nada, pasaron las fiestas, el año nuevo. Un leve saludo – cómo estás-, solo cordialidad de ambas partes. Valentina y sus complicaciones habían desaparecido de mi vida. A cambio, mi personalidad había sufrido un trastorno, era un mejor tipo, menos arrogante, más agradecido por todo; Roberto prodigaba su fe y me hizo acreedor de todas sus palabras: da gracias, piensa siempre que te irá mejor, cholo di sí, y así será. Para mí eran cojudeces, como sebos que cuelgan de una mujer gorda, están ahí porque en fin no pueden ir a otro cuerpo.

A mí me gustaba ser mejor. Dejar las creencias para el resto. Lógica, razón, pensar muchas veces. Pero sí que hay cierto misterio en las cosas y en la vida; y antes que acabase el segundo martes del año, asesinaría mi imaginación para ver crecer una entusiasta serenidad. Aquello contra lo que rechinaba, entraría por mis oídos, por mi boca, amarraría mis órganos internos, llegaría hasta mi falo. Lo sabría después, el repulso, la secreción preseminal; mojado.

Estábamos de regreso a Trujillo, íbamos sentados en la parte posterior, adelante conducía el padrastro de Valentina y también estaba su madre, quien hablaba de rato en rato conmigo. Valentina estaba durmiendo en mis piernas, yo la abrazaba intentando hundirme en su cuerpo, no podía hacer mucho; y con la mano que tenía más cerca de su torso, la abrigué. Ahí estaba una casaca azul, seguro era de su madre, y aunque también había otras cosas, ninguna ayudaba a combatir su gelidez.

No es desconcertante, pero el frío que ella sentía también ayudó no solamente para que se tapase; ahora mi mano estaba metida debajo de esa casaca, y tocaba tímidamente la noble estadía que tenía entre las piernas, un regimiento oculto que después sentiría mojado. Su vagina estaba caliente, perduraba viva, con voluntad siniestra, como un animal que comienza a silbar y te atrae, y te seduce para heredarte un apocalipsis perfecto.

A lo largo de los dos o tres minutos que estuvo mi mano ahí, no preste atención a nada, el regreso de Huanchaco a Trujillo era lo de menos; el padrastro de Valentina, me pregunto dónde vivía, pero yo todavía estaba engarzado, sobando ese pantalón negro. Sabía que si intentaba meter mi mano otra vez sucedería lo mismo, iba a ser desterrado por segunda vez. Al menos los hombres en la oscuridad somos fanáticos de los intentos. Déjeme por aquí nada más, le respondí a Juan, muchacho te dejo en tu casa, prácticamente estuviste con nosotros desde las 8 y son más de las 11, indícame hasta dónde debo ir. Le indiqué la ruta, nada del otro mundo y llegamos.

La madre de Valentina seguro estaba cansada, no se enteró nada de lo que sucedió atrás. Tenía la apariencia de una mujer muy buena, de esas que te escuchan y lidian contra el tiempo, era joven, quizá no pasaba ni los cincuenta años. Pero lo que se cocía en la parte trasera, sí que desconocía.

Al final, una escena repetida toda la noche, la mujer que hace semanas era arisca y que daba trompadas metódicamente dentro de sus palabras, hoy con su cuerpo era dócil. Todavía, como para entender mucho menos me daba besos en el carro, se dejaba abrazar, y me acariciaba la pierna mientras hablaba con su madre.

Lo último de inmediato tuvo carácter tranquilizador, un beso de despedida con todas las de la ley. Supongo que sí se percató que su madre y Juan nos miraban de reojo, por qué lo hizo no lo sé; tampoco es bueno averiguarlo. Por su forma de despedirse, o bien se despedía para siempre o empezábamos otra vez a batallar y vernos frecuentemente. Me despedí, entré a casa, quise llamarla y no se pudo, las ganas se me quedaron con huecos.

Ya en cama recordé todo. Llamé a Roberto para restregarle su fe, y decirle algo muy parecido a lo que me había pasado; joderlo así, por joder. No me contestó. Yo volví a pensar en lo que me dijo días atrás por teléfono celular, brother sucederá si lo quieres. Lo llamé dos veces más, el tipo seguro estaba durmiendo, a veces Roberto duerme plácidamente como una roca.

Por supuesto, no me quedaba más, solo hacer memoria y echarme a dormir. La feminista segura ya andaba en mitad de su sueño peleándose con algún empleado/a, como dice ella. No entiendo el afán de circuncidar las palabras y para colmo darles un peso de sobra, pero esa huevada gramatical es otro rollo… Supongo que la feminista en mitad de su sueño estará asesinando a alguien, de hecho, a algún trabajador de la empresa operadora de telefonía Bitel.

Antes de nuestra salida me llamó para explicarme algo así, mira estoy sin línea celular, me cambié de Movistar a Bitel, pero ahora no da, me quedé sin línea, dicen que debo liberar mi teléfono por ser del extranjero ¿puedes acompañarme al centro o conoces a alguien que libere líneas de celular? ¿Puedes? Por razones obvias, sí nos vimos. Así parece haber empezado todo, o también puede ser un invento, este en donde estamos metidos Valentina y yo.

 

Primera parte – diario

13 de enero

Al menos me quedan las ganas de estar contigo. Verte, radicar, emborracharme tras tu maldita ausencia, como una ciudad imposible, como un perro que destaca su vida y sus noches con un miserable ladrido. Y hubiésemos sido un cuerpo que busca placer hurgándose los miembros en la oscuridad; los años que giran entre el desamparo y la victoria. Pero qué carajo somos; yo me hago más viejo, me siento viejo, sí, y de repente interrumpo actos como la masturbación para darte la bienvenida. Es posible, de noche cuando caen las ganas y el lenguaje de un par de idiotas se cose con los sueños, yo me iré, y aquí habrá zozobra.

Volví a fumar… en fin.

 

2 y 3 de enero

Hablé con C. Gálvez. Es otra mujer rara, me dijo que tenía un novio, se llama Tim Kohan. Repitió varias veces en nuestra conversación su nostalgia por las rosas, y que me parezco físicamente a su novio. ¿Quién es Tim Kohan? ¿Quién es C. Gálvez?

 

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