Le cantas a la humanidad que vive dentro de cada uno. Dentro de mí, de ti. Nos miras, nos preguntas, no respondes más que con canciones; incluso cuando solo hablas te salen canciones. Observas el vivir de los demás, algunos se sientan en un banco, tienen una vida tan aburrida que esta se sienta a su lado a ver el tiempo pasar.
Algunos ven ese tren de los momentos que se va sin más, ven ilusiones trepadas a las puertas de ese tren transoceánico. Las ven, sin animarse a subir.
Pero no te entretienes en vacíos ni en lagos negros. Ya pasó esa época no muy lejana donde hasta tu abdomen te reprochó y la curva de la felicidad no estaba en tu estómago. Comías sin alimentarte y el sobrepeso de las penas te pasaba factura cuando mirabas la báscula. Ya ha pasado hermano, ya fue. Ahora estás en este lado de la vida, donde yo no sé si también estoy, pero al menos me acerco. En este lado de la lucha, de la rebeldía, en esta verita de la verdad, ¿suena a latín (lo de veritas) y certeza cierto? Lamento la ambigüedad, pero no la antigüedad de un romanticismo
que nunca morirá. Gracias por combatir la vulgaridad desde tu esquina con tu guitarra y tu tremendísimo corazón. Te soy sincero, aún no noto que hayas aprendido a decir que no. Tu staff de marketing lo acaba de demostrar.
Recuerdo cuando oí “Mi soledad y yo” por primera vez. No sé si era porque estaba solo o porque con tu canción me diste compañía, pero, y lo digo sin vergüenza, pero sin convertirme en un sinvergüenza, lloré calladito, sin saber por qué. Descubrí una nueva sensibilidad ante un sonido nuevo, ante una melodía muy humana, en una escena musical cada vez más inhumana, donde vender discos es como vender churros, y las ilusiones se basan en letras tan melosamente pasajeras como banalmente verdes, un verde color dólar.
Recuerdo “La fuerza del corazón” y entendí que coges nuestras historias como barajas, las lanzas al aire y la que caiga en tu pecho cobra vida en un pentagrama, revive en un piano, toma forma en tus manos y suena en mis orejas, tintinea en el bolsillo de mis nostalgias. Tu voz, hermano. Con sonido de cuero de tu alma.
Porque a todos nos suceden las mismas historias.
Era una época graciosa, mis amigos me vacilaban poniendo en tela de juicio mi virilidad por estar tan aferrado a tu música, a tu letra. Yo me reía sabiendo que pronto ellos callarían, ellos caerían… ellos, al final, cayeron por culpa de ellas. Ellas siempre nos hacen caer, luego con un beso nos levantan, nos resucitan. Dos de esos amigos que se reían de mí, luego terminarían conmigo bebiendo cerveza en el antiguo escarabajo Volkswagen blanco de uno de ellos, llorando sin llorar y cantando a todo pulmón “… Me has enseñado tú, tú has sido mi maestra para hacer sufrir, si alguna vez fui malo lo aprendí de ti…”. Éramos tres aprendices que jugaron a ser maestros y terminamos desangrándonos rojos bajo la luz azul-noche del cielo trujillano allá en la urbanización San Fernando, mirando ese óvalo de Leandro Alviña donde la pena daba círculos sin fin.
Los tres habíamos terminado con nuestras novias de mutuo acuerdo, que es lo que se dice cuando ellas nos terminan, para no quedar como perdedores.
Tu buen perder, tu hechicera pluma que convierte el sufrimiento en arte y tu solvente humildad que abrillanta tu éxito hasta hacerlo excelso, hicieron que cada disco tuyo sea esperado por mí con más ganas que cuando espero la navidad o un cumpleaños de número redondo. La edad, esa hipócrita estadística que está en nuestros DNIs, nunca es significado de sapiencia, ha sido síntoma de evolución, de caminata, de hallazgo, y en ese camino nos encontramos a nosotros mismos. Cuántas veces he reído con una serenata tuya dedicada al viento, a tus amigos, a tu padre, a tu hija, a ella, que se hace fría y se hace eterna, que cambia de voz y de nombre, hasta hacerse mar, oleada y sempiterna.
Mis amigos me decían que qué espero yo para hacer una columna sobre ti. Todo tiene su momento, las historias caen sobre mis dedos como las notas de un piano caen sobre el suelo-silencio de un teatro colmado de miles de fanáticas tuyas. ¿Lo ves? Ese artilugio que desprendes al mirar hacia tus centros es la veta mágica que nos contagia, nos encoge y nos infla el pecho. Pon la oreja Alejandro, y pon la nariz también. Dime cómo huele Alicia Keys, cuéntame si algún día me permitirás ver alguna de tus enormes pinturas allá en tu finca de Extremadura, esas que brotan con sutil influencia de Roberto Matta. Yo prometo presentarte a Gerardo Chávez, pinta como tú, sin arnés, pero con una inacabable escalera para llegar hasta allá arriba donde la inspiración se empina, se inspira en los monstruos que son las manchas húmedas de las casas antiguas. Gerardo es el hijo artístico de Roberto Matta y yo le tengo mucho cariño. La humedad rupestre le inspira y derrota al tiempo, y juega con él, al igual que tú, que tocas la batería con el horario y el minutero en las manos y te burlas del reloj. No acepto relojes, nos lo enseñó Cortázar, ¿recuerdas?
Tú cantas desde los cojones, con el alma a flor de piel. Con ALMA, esa palabra que te gusta tanto, esa palabra que podría reemplazar tu nombre sin ningún problema. Hablando de cojones, yo, una vez, grabé un concierto tuyo a escondidas, me sabrás disculpar. Metí una grabadora pequeñita en mis boxers, pasé la seguridad que resguardaba el recinto del Jockey Plaza en tu gira “El alma al aire” allá a inicios de siglo (¿qué lejos se ve ahora no?), me cachearon toda la silueta excepto los genitales, y allí guardé la grabadora y dos baterías en los talones, sin furia ni colmillos. Me dolieron los zapatos, más que la planta de mis pies. Una vez dentro, grabé todo el concierto. Era un regalo para una novia de ese entonces. Le entregué dos cintas del concierto con tu voz y ella fue feliz.
Escribo ahora acariciado en la espalda por las manos frías de la luna, luego voltearé y con mis palmas cálidas entibiaré las manos de ella. El paraíso, para mí, es derrumbar, a punta de guerras de amor y paciencia, aquellos muros que separan, es quemar banderas que limitan. El paraíso es abrazar a quienes amo, sentirlos cómplices por momentos, sentirme pleno y compartir. Para un lunático como yo, en este desierto con muchos oasis-paraísos, tu música es la mejor banda sonora para acompañar el guion de mi vida.
Gracias Alejandro. Gracias por ser y estar.




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